viernes, 3 de junio de 2011

El periódico de ayer

We have the illusion that people have conversations in order to communicate ideas; they communicate ideas in order to have conversations.   Nassim Nicholas Taleb

Tengo pendiente escribir una entrada sobre Fooled by Randomness, un libro de Nassim Nicholas Taleb (más conocido por un libro posterior llamado The Black Swan, sobre los fenómenos de gran impacto – como las crisis financieras – pero cuya frecuencia es muy baja). No sé si la escribiré, porque el libro hace ya más de mes y medio que lo acabé y, no sé si esto le pasa a más gente, pero tengo una capacidad increíble para olvidar rápidamente todo aquello que leo (a veces es algo frustrante). En cualquier caso, si finalmente escribo algo sobre el libro, no será más allá de la semana que viene, porque posteriormente me vienen ciertos compromisos que seguro harán que me olvide del tema. Es un libro altamente recomendable, en mi opinión.

 
Pero quería escribir aquí de otra cosa que he hecho a raíz de leer este libro y que ha sido suscribirme a la revista The New Yorker. Ya llevaba tiempo con esa intención pero me echaba para atrás el poco tiempo libre que tengo y no me apetecía pagar una suscripción para no poder leer nada luego (aquí viene al pelo esta noticia publicada en el diario satírico norteamericano The Onion, referida al semanario británico The Economist).

Una de las ideas que desarrolla Taleb en este libro es la excesiva importancia que prestamos al “ruido”, a elementos aleatorios, fuera de nuestro control, pero que afectan a las circunstancias en las que se desarrolla nuestra vida. Ponemos la radio y un “experto” indica que la bolsa ha subido en la sesión de hoy un 0.4% debido a la incertidumbre con el suministro de petróleo derivado del conflicto en Libia. Pero mañana es ese mismo conflicto – sin que haya habido ningún avance evidente – el que sirve al comentarista radiofónico para justificar una subida de los mercados. Leo – o leía – el periódico y me pregunto si es necesario saber al dedillo el nombre del Presidente de la Región de Murcia y las medidas que está llevando a cabo. O que músculo le duele a Ronaldo.

Ya llevaba algunos meses mascando esta idea, como comenté anteriormente, y creo que fue leyendo esta entrevista al editor de la revista, David Remnick, la que volvió a dar impulso a mis intenciones (como veis, soy de pensarme las cosas mucho). Aquí decía eso de no hay nada más viejo que el periódico de ayer o la revista Time de la semana pasada.

 
Leyendo Fooled by Randomness, Taleb afirmaba que, a pesar de ser un trader (es decir, que se dedica a operar en los mercados financieros comprando y vendiendo activos como parte de un fondo de inversión o un banco), prefería leer The New Yorker al Wall Street Journal (salvo la sección de obituarios, que no se la perdía). Esto y un tipo de cambio bastante atractivo hicieron que me convirtiera en lector de esta revista desde hace un mes aproximadamente.

Aún no la he cogido el tranquillo del todo, pero estoy bastante contento. Generalmente la revista contiene entre 5 y 6 piezas largas así como algunos artículos más cortos (The Talk of the Town y artículos sobre libros, cine y teatro) y también la – superflua mientras no viva en Nueva York – agenda cultural de la Gran Manzana. 

Lo que me gusta es que se trata de artículos atemporales, en el sentido de que no pasa nada si los lees el mes que viene, siguen siendo igual de interesantes y oportunos. Estoy seguro de que lo que vaya leyendo en esta revista me dará ideas para escribir aquí en el futuro.

Ahora os dejo con este artículo que acabo de leer y que mezcla el mundo de las relaciones personales…con el beisbol (hay también en la revista textos de ficción, artículos humorísticos como este y multitud de viñetas):

jueves, 26 de mayo de 2011

miércoles, 18 de mayo de 2011

Leap of Faith - Bruce Springsteen

It takes a leap of faith to get things going
It takes a leap of faith you gotta show some guts
It takes a leap of faith to get things going
In your heart you must trust

miércoles, 11 de mayo de 2011

La Ley del Silencio

La Ley del Silencio (el título original es On the Waterfront) es una película del director norteamericano de origen griego Elia Kazan, que está protagonizada por Marlon Brando y Eva Marie Saint.


La película pivota sobre la vida en el puerto de Nueva York. Allí, Johnny Friendly dirige con mano de hierro el sindicato de estibadores y, al mismo tiempo, tiene ciertos lazos con la mafia que le proporcionan un paraguas para sus actividades ilícitas. Terry Malloy (Marlon Brando) es un trabajador del puerto que, gracias a que su hermano es el abogado de Johnny, consigue también trabajo de vez en cuando haciendo chapuzillas para éste (y ya nos podemos imaginar qué tipo de chapuzas puede hacer).

Todo cambia cuando conoce a Edie (Eva Marie Saint) y se da cuenta de que es la hermana de su última víctima. Ahí comienza un período de transformación interna que le lleva a rebelarse y a luchar, no sin dificultades, contra Johnny Friendly y sus compinches.


Me he enterado ahora que esta película fue realizada por Elia Kazan justo después de testificar en la Comisión McCarthy – la conocida como caza de bruzas – contra varios de sus compañeros por comunistas, generando una amplia polémica. Brando, en la película, rompe con sus amigos, con su pasado, con la vida que había conocido hasta ese momento y lo hace de manera tajante. Algunos vieron en esta película una justificación de la posición que Kazan tomó en la caza de bruzas.

La película es buena y desde aquí la recomiendo, si no hay reparos en ver cine en blanco y negro de los años cincuenta. Además, la película dejó para la historia una de las mejores escenas del cine (quizá esta escena haya sido el motivo de que yo me haya decido a verla, en cualquier caso, ha sido una buena elección):




Otro clásico menos en la lista de pendientes. Probablemente cuando publique esto -  a veces me da por escribir y voy programando las entradas - ya haya visto otro más puesto que me he bajado Grupo Salvaje (The Wild Bunch), un western que tiene muy buena pinta. Por si fuera poco, este mes la Filmoteca tiene buena programación de nuevo y quizá me acerque a ver otro clásico que también está en la citada lista de cosas pendientes.

viernes, 6 de mayo de 2011

Un día en la sierra

Era domingo de Ramos y el plan consistía en pasar el día tranquilamente en la sierra, dando un tranquilo paseo por la montaña, respirando aire libre y comiendo unos bocatas tranquilamente.

No sé muy bien en que momento cambió el plan pero lo cierto es que, en un abrir y cerrar de ojos, la situación dio un giro de ciento ochenta grados y el nuevo objetivo era subir el pico de Peñalara por la parte difícil, es decir, atravesando el risco de los Pájaros y el de los Claveles.
 
 

Para lo que no lo sepáis, Peñalara es el pico más alto (más de dos mil cuatrocientos metros) de la Sierra de Guadarrama, situada a algo menos de una hora de Madrid. Se puede ir a la laguna de Peñalara, que es una excursión asequible y bonita, pero no, nosotros decidimos ir en busca de la grandeza. Y con zapatillas de running.

La temperatura era idónea hasta sólo cinco o diez minutos antes de llegar al punto de partida (el aparcamiento del Puerto de Cotos). En esos cinco o diez minutos pudimos experimentar una bajada de más de diez grados de temperatura y vimos con estupor como aún quedaba bastante nieve en las laderas de la montaña por la que pasaba la carretera.
 
 Lo único que veíamos al principio

Íbamos razonablemente bien abrigados y comenzamos la subida por la pista forestal. En un momento, giramos hacia la derecha (el camino de la izquierda era la sencilla subida a Peñalara por Dos Hermanas, según los entendidos). Hasta ese momento sólo había niebla en el ambiente, así que no conseguíamos apreciar el paisaje. Cruzamos el arroyo de Peñalara siguiendo el camino hacia la Laguna Grande. El  camino está siendo sencillo aunque nada más cruzar ese arroyo (por un puente, no os preocupéis) hay un pequeño tramo de piedras bastante empinado en el que empiezo a darme cuenta de que, tal vez, no haya sido tan buena idea esto de ir a pasar el día a la sierra.
 
 El arroyo de Peñalara

Una vez coronamos ese pequeño repecho y, tras andar por otro camino (todo está bien señalizado) un rato, vemos nieve. Pero no como la habíamos visto hasta ahora. Aquí no ha hecho sol en toda la primavera. Hay un manto tremendo de ese polvo blanco que llega a cubrir prácticamente toda la laguna desde la ladera de la montaña.
 
 

De momento no hay peligro pues aún se puede andar por la tierra (o el barro), sólo hay que tener cuidado con los resbalones. Es en este momento cuando hacemos la primera parada para comer, tras llevar unas dos horas caminando.

La parada es bastante rápida y casi sin descanso retomamos la marcha, primero hacía la Laguna de los Claveles (cubierta completamente por la nieve) y luego hacía la de los Pájaros, momento en el cual tendremos que emprender la subida a Peñalara por el lado difícil (por la cara norte, vamos).

En este momento ya no nos queda más remedio que caminar sobre la nieve (recuerdo, con zapatillas de correr, con su membrana fina y todo eso). Estamos con los pies bastante calados (en algún momento nos hemos hundido hasta la rodilla) y, subiendo unos doscientos metros desde la laguna de los Pájaros hacía el risco del mismo nombre (hasta la altura de un primer collado), nos damos cuenta de que esto no es Misión Imposible, pero se le está empezando a parecer demasiado (con toda la chabacanería española de serie, por supuesto). Así que decidimos pensar un poco y desistir de nuestro objetivo (yo creo que tampoco lo hubiésemos logrado de hacer buen tiempo, pues no llevábamos la preparación adecuada y la montaña estaba muy empinada, a mi parecer).
 
Algo de vida (una mariquita) entre tanto frío

El camino de vuelta, algo aburrido por ser por el mismo sitio y no haber podido cerrar el círculo, nos sobresalta de vez en cuando ante comentarios del estilo: ¿por aquí hemos venido antes? Estos comentarios se repitieron cada diez, quince minutos, mostrando nuestra pericia como montañeros.
 
A la vuelta no había niebla

En el último tramo de la vuelta ya lucía el sol y se podía apreciar mejor el paisaje que no pudimos ver por la mañana.
 
 

Tras unas cinco horas de caminata, nos montamos en el coche y vimos el Monasterio de El Paular (yo tendré que volver porque mi grado de agotamiento hizo que no fuese consciente de nada) que está a apenas diez minutos continuando por la misma carretera. Seguidamente fuimos a tomar un refrigerio (estupenda tarta de chocolate y pera, en mi caso) a Rascafría y de allí emprendimos la vuelta a casa. Menuda forma de empezar la Semana Santa.

No siendo muy montañero (por falta de tiempo, de ganas, por el motivo que sea), me gustó la experiencia y me gustaría repetir. Claro, cuando ya no haya nieve. Y quizá con rutas más asequibles (tampoco me voy a comprar botas y el resto de equipamiento para ir dos días al año a la montaña). Let’s see.

Me gustaría comentar algo que un amigo denominó como la falsa camaradería de los montañeros. No entiendo porque hay que decir hola cada vez que te cruzas con alguien por la montaña…a mi me pasa también cuando voy a correr, que si me cruzo con alguien muchos saludan (y yo tengo que hacer un ademán con la mano, porque hablar no puedo, jaja). A ver, no me molesta, se dice hola y ya está. Pero, no sé, cuando voy al Corté Ingles no voy diciendo hola a la gente. Me gustaría saber si estos montañeros que saludan a desconocidos el lunes por la mañana les dan los buenos días a sus compañeros de trabajo.
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