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sábado, 28 de mayo de 2011
sábado, 19 de marzo de 2011
Media Maratón Universitaria 2011
El último domingo corrí la Media Maratón Universitaria, que celebraba su trigésima edición por las calles de la ciudad universitaria de Madrid. Se trataba de la tercera carrera que corría en el último año (de hecho, desde la edición del año 2010 sólo había disputado la San Silvestre) y espero correr alguna más antes de la disputa de la próxima edición.
¡Y es que esta carrera me encanta! No transcurre por el centro de Madrid, no hay gente animando (al menos, no más de la habitual en cualquier otra carrera que se dispute por la capital a las nueve de la mañana de un domingo) y, en absoluto, se trata de un recorrido sencillo.
Campo de Rugby junto a la meta
Algo debe tener para dejarme con buen sabor de boca los dos años que la he corrido. En primer lugar, se trata de una carrera para todos los públicos. Me explico: al circuito (indicado más abajo) que tiene una longitud de siete kilómetros, se le dan tres vueltas, pudiendo el corredor entrar en meta en cualquier de ellas. De ahí que sea un carrera idónea para aquellos que están empezando a correr y que ven los 10 kilómetros (distancia estándar de la mayoría de las carreras populares) como “palabras mayores”, para aquellos que, por el contrario, no tienen la capacidad suficiente para correr una media maratón pero que se quedan con ganas tras correr 10 kilómetros (mi caso) y, por último, los 21 kilómetros (bien medida) es una prueba adecuada para la maratón madrileña de dentro de sólo unas semanas.
Pues bien, alrededor de cuatro mil corredores nos dimos cita el pasado domingo en la Glorieta del Cardenal Cisneros, dispuestos a correr más o menos metros, a mayor o menor intensidad, según la voluntad de cada uno. A mí me divierten estas carreras, al principio (en los dos últimos años), lo consideraba más como un reto, intentaba ver cuál era mi límite (dadas mis posibilidades de entrenamiento) en una distancia tan clásica como los diez mil metros. El domingo tenía pensado correr 14 kilómetros (ya lo había hecho el año pasado) pero sin más aspiraciones. No tenía la base de entrenamiento necesaria (apenas había corrido un par de veces sesenta minutos en los últimos dos o tres meses) y, aunque no tenía dudas de que iba a acabar sin problemas, no quería emocionarme para no tener que arrepentirme luego. Pero seguiré con el recorrido de la carrera y luego ya hablamos de mis sensaciones y de cómo acabe. ¡Que ya digo que si acabé!
Recorrido de la carrera
La salida se realiza desde dicha Glorieta – junto al Complejo Deportivo Sur - en dirección hacia el INEF. Allí se gira a la derecha hasta la parte de atrás de la Facultad de Periodismo. Los primeros dos o tres kilómetros son descendentes y el buen ambiente es la tónica habitual. Tras pasar Periodismo hay una cuesta de unos trescientos metros que interrumpe cualquier conversación que haya entre los corredores. La cuesta se suaviza pero el terreno es ascendente en el siguiente kilómetro y medio, más o menos. Pasamos por la Facultad de Biología y vamos rodeando el polideportivo Norte. Excepto policía, personal de la organización (excelente en todo momento, para mi experiencia) y algún familiar que ha acudido a animar, estamos solos. Otro pequeño repecho mientras rodeamos Farmacia y nos dirigimos, por la parte de atrás, hacía Medicina y ya afrontamos los últimos dos kilómetros de esta primera vuelta. Llegando de nuevo a la Glorieta del Cardenal Cisneros se encuentra el punto de avituallamiento. Es la primera vez que tomo avituallamiento en vaso (siempre hay botellas y ahí me manejo razonablemente bien para echar algún trago). Descubro que tengo que practicar mucho el avituallamiento en vaso si quiero triunfar en el Maratón de Nueva York, jaja, porque soy prácticamente incapaz de beber algo.
Toda la carrera la estoy haciendo a ritmo de 6:10 el kilómetro, quizá algo más lento de lo que puedo pero mi intención es acabar las dos vueltas, no hacer tiempo. El año pasado paré el reloj en una hora y dieciséis minutos (y yendo bastante tranquilo) y sé que este año no voy a poder acercarme a esos números. Los últimos trescientos metros son nuevamente de subida hacía el polideportivo sur y a mí se me hacen un poco agobiantes. Consigo coger una botella de agua y me dispongo a dar la segunda y última vuelta al recorrido. Volvemos a bajar pero ya no hay tantos gritos como la primera vez que pasamos por esas calles. Mi objetivo es llegar a las inmediaciones de Farmacia & Medicina sin sufrir (¡que no quiero sufrir, vaya!) y lo hago sin bajar el ritmo de la primera vuelta, de hecho creo que voy un pelín más rápido. Mis sensaciones son mejores, me noto menos agarrotado de piernas, casi con ganas de dar una tercera vuelta, aunque no voy a hacer locuras que tenemos que trabajar al día siguiente. Algún día correré veintiún kilómetros (¿y una maratón!) pero, como dijo Vito Corleone, ese día puede que no llegue nunca, así que de momento me centro en disfrutar estos últimos metros. Voy por el kilómetro doce o trece y no tengo ganas de parar, pareciera que podría correr todo el día.
Vuelvo a pasar por el avituallamiento y, esta vez, decido que es mejor pasarme que quedarme corto. Como resultado creo que he ingerido más Gatorade por la nariz que por la boca, menos mal que hay una baja en la que puedo recuperar el resuello. La última cuesta se me hace interminable y entro al polideportivo (Tercera vuelta recto, meta a la derecha, no paran de repetirme por megafonía). Quedarán doscientos o trescientos metros, la pista de ceniza del polideportivo es el final perfecto para toda carrera, un pequeño acelerón final y ya está. Catorce kilómetros en una hora y veinticinco minutos. Hace veinte minutos que ha llegado el primero en correr los veintiún kilómetros, pero esa no es mi liga. Too good.
El domingo por la tarde tuve un ligero dolor en la cara exterior de las rodillas, que desapareció enseguida. Lunes y martes tenía agujetas moderadas, nada con lo que no se pueda vivir, jaja. Se me cargó un poco el gemelo derecho pero ya no noto nada. En definitiva, una muy buena experiencia que me anima a continuar corriendo en estos próximos meses de primavera.
domingo, 13 de febrero de 2011
Super Bowl XLV
Ya había hablado antes de mi afición al fútbol americano. Lo cierto es que, por unas razones o por otras, he estado un poco desconectado en el último año y medio. Es duro, cuando tienes otras obligaciones y muchas otras cosas que te gustan – esto último es bueno, creo – dedicar tres horas a la semana a ver un partido, no digo ya el partido de tu equipo favorito. No quiero decir que no tenga tiempo, simplemente que tengo otras prioridades. Y aunque he seguido leyendo más o menos con asiduidad los periódicos americanos para mantenerme al día, este 2010 no he hecho más que ver un solo partido de mi equipo favorito (que son los Chicago Bears, por si no lo había comentado), un par de mitades de otros partidos (entre ellos el Detroit Lions – New England Patriots de Acción de Gracias), un partido en vivo en un estadio (sí, no todo iba a ser malo) y creo que nada más. Hace dos o tres años podría ver perfectamente cada semana al menos un partido universitario y otro profesional, incluso me llegaba a ver más de uno a la semana. Y obviamente no se me resistía ningún resumen.
Por si fuera poco, a la lista de inconvenientes se suma el hecho de que el día grande del fútbol americano – la Super Bowl – se celebra en Febrero, cuando uno generalmente está de exámenes. Vamos que, entre pitos y flautas, he visto sólo una Super Bowl completa como si fuera en directo (año 2008, los Patriots están imbatidos y juegan en Arizona contra New York, yo estoy en plenos exámenes de mi último año de carrera pero tengo un plan: me mato a estudiar la semana anterior y, como un asceta, evito todo contacto con el mundo online para poder ver una redifusión del partido al día siguiente…). Este año no he sido tan radical, pues el resultado del partido lo sé desde el lunes pasado, pero he evitado durante toda la semana leer nada acerca del mismo para poder disfrutar más del encuentro, aunque sea siete días más tarde. Hoy por la mañana se terminó de descargar el archivo: 2.84 megas (elegí calidad estándar porque tenía prisa…pero con un poco más de paciencia puedes tener verdaderas joyas en HD), 4 horas y 45 minutos (tenía ganas de vivir la experiencia yanqui en su plenitud, no me bastaba sólo con el partido, quiero el prepartido, los anuncios, el halftime show y el postpartido). Estaba todo dispuesto y ya sólo falta lo más fácil: sentarse frente a la pantalla y prepararse para la panzada que me esperaba.
Hay que reconocer que los americanos se venden bien. No tienen ni la décima parte de pasado que cualquier país europeo y, gracias a ellos, la mayoría de nosotros sabemos más de su historia que de la nuestra. Empiezo la velada con un vídeo donde Colin Powell y Roger Godell (este último es el comisionado – el presidente – de la liga profesional) comienzan hablando de la elaboración de la Declaración de Independencia. A continuación se intercalan cortes de jugadores presentes (Charles Woodson, Drew Brees, Donovan McNabb) y pasados (Jerry Rice, Anthony Muñoz) que posan junto a colectivos de la sociedad vinculados con los equipos en los que están o estuvieron (un instituto de Nueva Orleans, un conservatorio de música de Pittsburgh) leyendo la declaración. La cosa pinta bien.
Volvemos al partido. Troy Aikman dice unas cuantas obviedades: grandes defensas y grandes quarterbacks. Ya lo sabía. Entran los equipos al campo, para mi gusto la presentación es bastante light. Le toca el turno a Walter Payton. No a él, ya quisiéramos, si no a sus hijos, que presentan el premio que lleva el nombre de su padre al jugador que más se ha distinguido en sus actividades fuera del campo para conseguir un mundo mejor, o algo así. El galardonado este año es Madieu Williams (defensive back de los Minnesota Vikings). Primera ovación del estadio: el jugador no está presente pero deja un vídeo agradeciendo el premio grabado en el Golfo Pérsico, donde está visitando a las tropas. Posa con una camiseta de Sweetness. Me empiezo a poner más nervioso. Y eso que ya sé el resultado. Podrían poner el partido en sábado y así no sería tan difícil trasnochar.
El Cowboys Stadium, escenario del partido, desde fuera...
...y desde dentro, con su espectacular pantalla de setenta metros de largo.
Una tal Michelle Lee canta Glee, que debe ser una canción bastante patriótica, pues los jugadores están atentos y algunos se llevan la mano al pecho. Bush, el cuarenta y tres, está en el estadio. Viene el himno, me doy cuenta de que Christina Aguilera tiene más plástico del necesario para una persona que rondará la treintena. Comienza, es a capella, y en seguida me entra una duda…¿se me ha olvidado la letra del himno? Porque de algo estoy seguro, hay cosas que no me suenan. Me parece que ha titubeado al cantar una estrofa. Veo a dos jugadores que se miran. Acaba, pasan los cazas por encima del recinto (cubierto, así que la impresión que este vuelo suele tener es mucho menor aquí) y la cara de la chica es un poema. Sonrisa forzada. La ha cagado. En fin, hasta el mejor escribano tiene un borrón, ¿no?
No hay tiempo para regodearse en las desgracias ajenas…ya está la clase de 2011 del Hall of Fame sobre el campo para asistir a la ceremonia del lanzamiento de moneda (¿veis como se venden bien?). Deion Sanders hace rugir al estadio por segunda vez, pero a mí el que me hace rugir es Richard Dent que por fin ha entrado en Canton (sede del Hall of Fame). Veinticinco años después de aquella Super Bowl, su jugador más valioso es recompensado por ello.
Comienza el partido y, no quiero chafar a nadie, pero me noto que no voy a poder aguantar cinco horas aquí sentado. He decidido pasar de los anuncios (aún así consigo ver alguno gracioso, como el de Doritos o el de Bridgestone). Troy Aikman tenía razón, las defensas son muy buenas y los ataques no consiguen empezar a carburar. De repente, Rashad Mendenhall enlaza dos carreras para más de veinticinco yardas (a este chico le conocía de su etapa universitaria, en Illinois). Por el otro lado, tras un par de pases caídos, Rodgers conecta con Nelson, no será la primera ver en toda la noche.
Enfocan al palco y podemos ver al matrimonio Bush junto a John Madden (sí, el del videojuego, que tendrá ochenta años y miedo a volar, pero está mandando un SMS con más soltura que yo), a sólo unos metros aparece Condoleeza Rice y atrás está Michael Douglas (que ha narrado un vídeo patriótico bastante bueno que me he olvidado de comentar y que pondré aquí abajo ahora) ya recuperado de su cáncer y su esposa. En otro palco vemos como Cameron Diaz le mete un nacho en la boca a Alex Rodriguez. En la parrilla (como también se conoce al rectángulo de juego), Starks comienza a mover las cadenas para los Steelers…y entonces Aaron Rodgers (AR12, siguiendo la moda de CR7) vuelve a encontrar a Nelson: 29 yardas y marcador inagurado, 7 – 0 para Green Bay. Viendo estoy aún las repeticiones de ese touchdown cuando, en la primera jugada desde la línea de scrimmage tras la anotación, Ben Roethlisberger es presionado y lanza de mala manera el ovoide, de tal forma que es interceptado por Nick Collins, que llega hasta la end zone y pone el 14 – 0 en el luminoso. Mala pinta tiene esto. A perro flaco todo se le vuelven pulgas. Roethlisberger (al que ahora llamaré Big Ben – que es su apodo – para no tener que comprobar si he escrito bien el apellido cada vez que lo cito) ha sido golpeado tras un pase y cojea ostensiblemente. No puede doblar la rodilla derecha. Pittsburgh no pide tiempo muerto. Hay que jugar el balón. ¡Pero era una farsa! Big Ben sale corriendo tras no encontrar a ningún receptor abierto y consigue el primer down y más. Se está entonando, realiza un par de pases buenos, pero peligrosos. Y cae otra intercepción. A poco que los receptores de Green Bay no se dejen caer los pases de Rodgers el partido va a finalizar antes del descanso. Pero voy a tener suerte: en prácticamente dos minutos Pittsburgh llega dos veces a la end zone y coloca el 21 - 10 en el marcador. Hay una distancia considerable aún pero, tal y como han ido las cosas, pueden estar muy contentos.
Llegamos al ansiado halftime show. El primero que recuerdo es de 2007, con Prince cantando el Purple Rain bajo la lluvia de Miami. Al año siguiente descubro a Tom Petty, con su American Girl y su I won’t back down. Luego Bruce Springsteen y The Who. Antes – en esta misma década – hubo tiempo para el Pezón-gate (Justin Timberlake y Janet Jackson) o para U2 y ese Where the streets have no name tras el 11-S.
Este año les toca a los Black Eyed Peas. Mis expectativas son cero. No me gusta demasiado ese tipo de música, no digo que la aborrezca, pero no espero nada de este espectáculo. Otra vez los americanos, quién si no (¿los chinos?), mostrando al mundo como montar un concierto en mitad de un partido en menos de diez minutos. Empieza el show, y los cantantes salen desde el techo, esta vez los espectadores que están junto al escenario forman parte de la coreografía, moviéndose al hilo de la música. De pronto, emerge desde la plataforma Slash (¡sí!), de los Guns n’ Roses, y los acordes del Sweet Child of Mine retumban por el recinto. Valorando estas actuaciones como deben hacerse (no fijándose en lo que dicen las canciones – porque no dicen nada – ni en la voz de los cantantes – porque menudos gallos cuando no se pueden hacer arreglos en el estudio de grabación) creo que hay que darles un notable alto.
Fergie y Slash.
Habíamos dejado el partido con los Steelers envalentonados. Más aún cuando prácticamente al comenzar la segunda parte el juego de carrera fluye vertiginosamente y Mendenhall acorta distancias de nuevo. 21 – 17. It’s a one-score game, folks!
Y la grada vuelve a rugir, pero ahora es por Salvatore Giunta, el sargento al que le concedieron la Medalla de Honor el pasado diciembre (primer receptor vivo de dicha condecoración desde la Guerra de Vietnam) por un episodio que tuvo lugar durante su estancia en Afganistán. Intenté escribir una entrada sobre él pero no me salió nada suficientemente bueno (al menos lo que publico intento que lo sea). Pienso que se debe sentir como una fiera en un circo, pues no paran de mostrarlo en cualquier evento (ya apareció en el Army-Navy game de hace un par de meses). Me preguntó que se le pasará por la cabeza y si se sentirá cómodo en su situación. Pero bueno, es un héroe.
Vuelvo al partido, que me pierdo. Como diría Bob Dylan, las cosas están cambiando. Ahora la defensa de Pittsburgh no deja maniobrar a Green Bay, y Big Ben está cada vez más cómodo. Se nota la ausencia de Charles Woodson, que se ha lesionado el hombro justo antes del descanso. Hay que ver cómo cambia la situación cuando se modifica ligeramente algún aspecto del juego. Pittsburgh puede dar la vuelta al marcador en cualquier instante. Quedan menos de quince minutos y parece que Green Bay aún está en los vestuarios. Este tercer cuarto ha sido desastroso. Pero entonces aparece Clay Matthews para forzar el fumble de Mendenhall y recobrar la posesión del balón. Y ahora Aaron Rodgers vuelve a soltar el brazo encontrando a sus receptores. Lleva tres pases de touchdown. Ninguna intercepción. En este drive consigue dos conversiones en tercer down importantísimas. Si no fuese por los pases que se han dejado caer sus receptores podríamos estar hablando de una actuación comparable a las de Montana en este tipo de partidos. Están a punto de finiquitar el partido, pero no, la defensa de Pittsburgh limita los daños, forzando a Green Bay a intentar sólo un field goal. Y vuelven a la carga, Big Ben conecta con Wallace y en la conversión de dos puntos realiza el pitch - ¿estamos viendo fútbol universitario? – para Randle El. Me acabo de dar cuenta de que esta última anotación de Pittsburgh fue en realidad antes del field goal de Green Bay. Perdonadme, pero llevo más de tres horas aquí sentado y empiezo a notar las consecuencias. Ya sólo quedan dos minutos, unas ochenta yardas, un solo tiempo muerto. Big Ben tiene el balón y los comentaristas se encargan de recordarnos que hace dos años, en una situación casi idéntica, Pittsburgh se llevó el partido ante Arizona. Sin embargo, este año es el de Green Bay. Quizá el primero de muchos, otra nueva dinastía, como las de Aikman (hoy en la cabina de comentaristas), Montana o el mismo Bart Starr en la franquicia del estado de Wisconsin.
Aaron Rodgers completó un partido excepcional
Hasta aquí esta narración un tanto alocada de lo que se me ha pasado por la cabeza mientras veía este espectáculo que es la Super Bowl. Si alguno ha conseguido leerlo todo le felicito, porque a la longitud del artículo hay que sumar el nulo esfuerzo que he mostrado en intentar explicar el juego, por lo que entiendo que mis comentarios sobre jugadores o lances del partido habrán sonado a chino. Lo que me recuerda que tengo que preparar una entrada sobre por qué me gusta este deporte y dar ahí unas pinceladas sobre sus reglas básicas. Pero eso será más adelante. De momento, el espectáculo echa el cierre hasta Septiembre.
domingo, 2 de enero de 2011
La última carrera del año
A veces no recuerdo la razón de muchas cosas. Creo que tengo que llevar un cuaderno e ir apuntando los detalles. Quizá el blog ayude a ello. No suelo recordar, entre otras cosas, la razón por la que me empiezo a interesar por algo. Me gusta el fútbol americano y cuando alguien me pregunta desde cuándo y por qué, titubeo y me acabo medio inventado una historia. Recuerdo que hace cuatro o cinco años (¡cómo pasa el tiempo!), para relajarme en los exámenes, me jugaba unas partiditas al tetris en una página web y allí había un juego bastante rudimentario de fútbol americano. Recuerdo que intenté comprender las reglas porque por aquel entonces veía algo de rugby y encontré una página en español muy completa (la web de Diego Pérez). Luego llegó la tele de pago y la posibilidad de ver partidos en directo y de ir aprendiendo las reglas y la filosofía del juego. Recuerdo que el primer partido que ví fue un domingo de Diciembre del 2005 que se jugaba en el campo de Washington (juro que no me enteré de nada). Los recuerdos más formados los tengo del mes siguiente: Enero de 2006. Jugaban Pittsburgh e Indianápolis, y los últimos minutos fueron de infarto (intercepciones, fumble de Jerome Bettis en la goal-line, field goal fallado por Vanderjagt...aquí un resumen).
Después de todo este rollo del fútbol americano sigo sin acordarme con certeza cuando me empezó a gustar salir a correr. Me parece que un amigo dijo algo de apuntarse a la San Silvestre hace ya cuatro años...y nos quedamos sin plazas. Desde entonces y hasta el viernes no he faltado a la cita (salvo por lesión el primer año, lo que le dio más emoción a mi primera participación). Y, sin ser algo que me apetezca hacer todos los días (lo de salir a correr), estoy saliendo más a menudo que nunca y el gusanillo de las carreras me llama cuando pasan un par de meses sin apuntarme a ninguna.
La San Silvestre Vallecana nace en 1964 a semejanza de la San Silvestre Paulista que se celebra en São Paulo todos los años. De los 57 participantes de aquel año a las 34.000 inscripciones agotadas en menos de cinco días de esta edición han tenido que pasar muchas cosas. Propio del día de nochevieja, el ambiente es muy festivo. Sólo los que salen en las primeras oleadas van a competir y a intentar hacer marca. De la mitad para atrás abundan los disfraces (Bob Esponja ha sido el más repetido este año) y el ambiente distendido. La prueba comienza en la plaza de los Sagrados Corazones (detrás del Bernabéu, a la altura de La Esquina) y la cola de corredores esperando la salida llega a cruzar la Castellana. Es tal la aglomeración que la salida se demora casi una hora. Según el tiempo que hayas acreditado en pruebas anteriores, tienes derecho a colocarte más adelante en la salida (en los denominados "cajones") y la salida se va realizando en oleadas, de manera que, desde que salieron los primeros (a las 17.30) hasta que salieron los últimos (los corredores sin dorsal y, por tanto, sin acceso a los cajones de salida), transcurrieron al menos tres cuartos de hora.
La carrera empieza muy fuerte con una subida de unos 200/300 metros de la calle Concha Espina hasta hacer un giro brusco a derechas para tomar el cómodo descenso de la calle Serrano. Salvo algún repecho pequeño (como el que subimos al cruzar María de Molina), el recorrido será llano o descendente hasta la parte final donde la Avenida de la Albufera se irá cobrando sus víctimas (los que corrieron demasiado al principio, los que nunca estuvieron preparados para esto; ¡qué noche más larga les espera!). Salgo a las seis de la tarde y, a pesar de que ya es de noche, el alumbrado público aún tarde quince minutos en encenderse. Es por ello que el primer tramo de Serrano, zona de embajadas y pequeños chalets, aún no está muy animado (aunque ya me conozco a un niño en uno de esos chalets que nos pega unos berridos como si fuese el mismísimo demonio). Los espectadores (ausentes en cualquier otra carrera madrileña que se celebre un domingo a las nueve, como es habitual) comienzan a aparecer a la altura de El Corte Inglés de Serrano con las luces de navidad, luego otros pocos en Colón, algunos en el giro de Alcalá y, ya desde el Paseo del Prado, cada vez hay más y más gente que no para de animar: niños que te chocan la mano, señoras con cacerolas haciendo ruido. A veces parece que estás subiendo un puerto de montaña del Tour de Francia.
El ruido en Atocha es sorprendente. La avenida Ciudad de Barcelona está toda cortada para los corredores, pero la gente se arremolina en la mediana y hace más ilusión correr por la derecha que por la izquierda, a espaldas del público. En algún momento, ya en la avenida de la Albufera, los corredores profesionales (que saldrán a las ocho de la noche) se desvían y callejean por Vallecas. Los aficionados seguimos subiendo por la gran avenida con ganas de ver cuando hacemos ese giro de noventa grados a la derecha que nos indica que prácticamente hemos llegado al último kilómetro (que ya es descendente). A mí este último kilómetro se me hace más largo de lo habitual, aún así sigo adelantando gente porque parece que puedo bajar de 55 minutos. Enseguida me doy cuenta de mi error, aún no había pasado la pancarta del kilómetro nueve y, cuando lo hago, sólo me quedan tres minutos y medio para alcanzar ese mini objetivo. Las calles son otra vez más estrechas y adelantar, que nunca ha sido fácil, se complica otra vez un poco más (si cada uno se pusiese donde le corresponde en los cajones de salida otro gallo cantaría, pero esto me temo que es predicar en el desierto). Sigo corriendo a tope y me empiezo a preocupar porque no veo indicaciones de la llegada a meta (hay una llegada para aquellos que corren sin dorsal y luego la llegada "oficial", tras una cuesta de 100 metros que estoy empezando a temer). Al fin llega, veo mi reloj y llevo 56 minutos y diez segundos. Creo que es la primera vez que no tengo necesidad de esprintar al final (no sé como lo hago pero en todas las carreras cuando estoy llegando a meta veo que quedan 10 o 20 segundos para alcanzar un determinado minuto y siempre esprinto para bajar de ese tiempo) y aprovecho la ocasión, dejándome ir los últimos metros. Sigo andando hasta ver un lugar más despejado para quitarme el chip de la zapatilla mientras voy recuperando el aliento. San Silvestre 2010, otra muesca en mi revólver. Ahora la vuelta a casa, con el metro lleno de corredores, a intentar sobrevivir a la noche de la forma más digna posible.
Es verdad que, a pesar de tener un recorrido favorable, es imposible correr (no sólo por el hecho de ser más de treinta mil personas, sino también por el "morro" de muchos que se ponen donde no deben). Es verdad que por 19 euros (el doble de lo que pagas en cualquier carrera de diez kilómetros) podríamos recibir mucho más (por ejemplo, una camiseta sin cuello de elefante). Es verdad que la gente no tiene vergüenza (tercera vez que lo digo ya aquí): adelantar a una familia entera (sin dorsal) que van de la mano por Serrano incrementan mis ganas de convertirme en Travis Bickle y montar una carnicería. Pero algo tiene esta carrera - no sé si son las ganas de fiesta de los participantes, el público, la idea de acabar el año haciendo deporte o una mezcla de todo lo anterior - que me dice que repetiré mientras pueda.
Y nada más. Mi primera entrada de este año nuevo para la última carrera del año viejo. Y Tom Waits de fondo, no sé cómo podría estar mejor. Dejo aquí un vídeo que da fe de que todo lo que he escrito - o la mayor parte - es verdad:
Después de todo este rollo del fútbol americano sigo sin acordarme con certeza cuando me empezó a gustar salir a correr. Me parece que un amigo dijo algo de apuntarse a la San Silvestre hace ya cuatro años...y nos quedamos sin plazas. Desde entonces y hasta el viernes no he faltado a la cita (salvo por lesión el primer año, lo que le dio más emoción a mi primera participación). Y, sin ser algo que me apetezca hacer todos los días (lo de salir a correr), estoy saliendo más a menudo que nunca y el gusanillo de las carreras me llama cuando pasan un par de meses sin apuntarme a ninguna.
La San Silvestre Vallecana nace en 1964 a semejanza de la San Silvestre Paulista que se celebra en São Paulo todos los años. De los 57 participantes de aquel año a las 34.000 inscripciones agotadas en menos de cinco días de esta edición han tenido que pasar muchas cosas. Propio del día de nochevieja, el ambiente es muy festivo. Sólo los que salen en las primeras oleadas van a competir y a intentar hacer marca. De la mitad para atrás abundan los disfraces (Bob Esponja ha sido el más repetido este año) y el ambiente distendido. La prueba comienza en la plaza de los Sagrados Corazones (detrás del Bernabéu, a la altura de La Esquina) y la cola de corredores esperando la salida llega a cruzar la Castellana. Es tal la aglomeración que la salida se demora casi una hora. Según el tiempo que hayas acreditado en pruebas anteriores, tienes derecho a colocarte más adelante en la salida (en los denominados "cajones") y la salida se va realizando en oleadas, de manera que, desde que salieron los primeros (a las 17.30) hasta que salieron los últimos (los corredores sin dorsal y, por tanto, sin acceso a los cajones de salida), transcurrieron al menos tres cuartos de hora.
La carrera empieza muy fuerte con una subida de unos 200/300 metros de la calle Concha Espina hasta hacer un giro brusco a derechas para tomar el cómodo descenso de la calle Serrano. Salvo algún repecho pequeño (como el que subimos al cruzar María de Molina), el recorrido será llano o descendente hasta la parte final donde la Avenida de la Albufera se irá cobrando sus víctimas (los que corrieron demasiado al principio, los que nunca estuvieron preparados para esto; ¡qué noche más larga les espera!). Salgo a las seis de la tarde y, a pesar de que ya es de noche, el alumbrado público aún tarde quince minutos en encenderse. Es por ello que el primer tramo de Serrano, zona de embajadas y pequeños chalets, aún no está muy animado (aunque ya me conozco a un niño en uno de esos chalets que nos pega unos berridos como si fuese el mismísimo demonio). Los espectadores (ausentes en cualquier otra carrera madrileña que se celebre un domingo a las nueve, como es habitual) comienzan a aparecer a la altura de El Corte Inglés de Serrano con las luces de navidad, luego otros pocos en Colón, algunos en el giro de Alcalá y, ya desde el Paseo del Prado, cada vez hay más y más gente que no para de animar: niños que te chocan la mano, señoras con cacerolas haciendo ruido. A veces parece que estás subiendo un puerto de montaña del Tour de Francia.
El ruido en Atocha es sorprendente. La avenida Ciudad de Barcelona está toda cortada para los corredores, pero la gente se arremolina en la mediana y hace más ilusión correr por la derecha que por la izquierda, a espaldas del público. En algún momento, ya en la avenida de la Albufera, los corredores profesionales (que saldrán a las ocho de la noche) se desvían y callejean por Vallecas. Los aficionados seguimos subiendo por la gran avenida con ganas de ver cuando hacemos ese giro de noventa grados a la derecha que nos indica que prácticamente hemos llegado al último kilómetro (que ya es descendente). A mí este último kilómetro se me hace más largo de lo habitual, aún así sigo adelantando gente porque parece que puedo bajar de 55 minutos. Enseguida me doy cuenta de mi error, aún no había pasado la pancarta del kilómetro nueve y, cuando lo hago, sólo me quedan tres minutos y medio para alcanzar ese mini objetivo. Las calles son otra vez más estrechas y adelantar, que nunca ha sido fácil, se complica otra vez un poco más (si cada uno se pusiese donde le corresponde en los cajones de salida otro gallo cantaría, pero esto me temo que es predicar en el desierto). Sigo corriendo a tope y me empiezo a preocupar porque no veo indicaciones de la llegada a meta (hay una llegada para aquellos que corren sin dorsal y luego la llegada "oficial", tras una cuesta de 100 metros que estoy empezando a temer). Al fin llega, veo mi reloj y llevo 56 minutos y diez segundos. Creo que es la primera vez que no tengo necesidad de esprintar al final (no sé como lo hago pero en todas las carreras cuando estoy llegando a meta veo que quedan 10 o 20 segundos para alcanzar un determinado minuto y siempre esprinto para bajar de ese tiempo) y aprovecho la ocasión, dejándome ir los últimos metros. Sigo andando hasta ver un lugar más despejado para quitarme el chip de la zapatilla mientras voy recuperando el aliento. San Silvestre 2010, otra muesca en mi revólver. Ahora la vuelta a casa, con el metro lleno de corredores, a intentar sobrevivir a la noche de la forma más digna posible.
Es verdad que, a pesar de tener un recorrido favorable, es imposible correr (no sólo por el hecho de ser más de treinta mil personas, sino también por el "morro" de muchos que se ponen donde no deben). Es verdad que por 19 euros (el doble de lo que pagas en cualquier carrera de diez kilómetros) podríamos recibir mucho más (por ejemplo, una camiseta sin cuello de elefante). Es verdad que la gente no tiene vergüenza (tercera vez que lo digo ya aquí): adelantar a una familia entera (sin dorsal) que van de la mano por Serrano incrementan mis ganas de convertirme en Travis Bickle y montar una carnicería. Pero algo tiene esta carrera - no sé si son las ganas de fiesta de los participantes, el público, la idea de acabar el año haciendo deporte o una mezcla de todo lo anterior - que me dice que repetiré mientras pueda.
Y nada más. Mi primera entrada de este año nuevo para la última carrera del año viejo. Y Tom Waits de fondo, no sé cómo podría estar mejor. Dejo aquí un vídeo que da fe de que todo lo que he escrito - o la mayor parte - es verdad:
sábado, 11 de diciembre de 2010
Army - Navy Game
El fútbol americano universitario (en adelante, college football o, simplemente, college) es un deporte que está plagado de rivalidades. A lo largo de cada - corta - temporada se puede disfrutar de rivalidades metropolitanas (UCLA y USC), estatales (Alabama y Auburn), interestatales (Texas y Oklahoma o Michigan y Ohio State) o nacionales (Notre Dame y USC). Ninguna de ellas es comparable a lo que significa para un cadete o un midshipmen (nombre que reciben los alumnos de las academias militares y navales, respectivamente) el Army - Navy Game a lo largo de su periplo universitario. Fue Roger Staubach quién, tras volver de Vietnam para ganar 2 Superbowls con los Dallas Cowboys, dijo eso de que jugar una Superbowl era casi como jugar un Army-Navy Game.
Los Midshipmen, en primer plano y los Cadetes.
Lo cierto es que las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de Staubach (aunque en los sesenta ya comenzó la decadencia de las academias militares fruto, por un lado, de la guerra de Vietnam y, por otro, del comienzo de la profesionalización de este deporte) y, más aún, desde los años de Mr. Inside y Mr. Outside (Doc Blanchard y Glenn Davis), años en los que Army se paseaba cada otoño por todos los campos en los que les tocaba jugar. Hace décadas que ambas academias no están entre las powerhorses que cada año luchan por ser la mejor, si bien es remarcable los años, prácticamente toda esta década, que lleva Navy paseándose por el escaparate nacional año sí y año también, de upset en upset y de bowl en bowl.
Antes de continuar, voy a explicar qué sucede con el "hermano menor" de estas dos academias militares. Y digo hermano menor porque de las cinco academias militares de Estados Unidos, Army es "la mayor" (fundada en 1802) y Navy es la segunda (en 1845), mientras que Air Force fue fundada, tan sólo, en 1954. El síndrome del hermano del medio lo tendrían la Academia de la Guardia Costera (dependiente del Departamento de Seguridad Nacional aunque en tiempos de guerra, si Wikipedia no engaña, puede pasar a depender del Departamento de la Marina) y la Academia de la Marina Mercante (cuyos alumnos son reservistas de la Marina por un periodo de 8 años).
Como iba diciendo, la Academia de la Fuerza Aérea (con sede en Colorado Springs), fue la última en llegar pero, al menos en lo que respecta al college football, no perdió el tiempo: en este tiempo han jugado veinte bowls, por sólo 16 de Navy en toda su historia y 5 de Army. Desde la instauración del Trofeo "Commander in Chief" (una suerte de triangular entre las tres academias) Air Force lo ha ganado en diecisiete ocasiones, por doce de Navy y sólo 6 de Army. A pesar de ello, un Air Force - Navy o un Air Force - Army nunca conseguirá el impacto ni atraerá la atención de tanta gente como un Army - Navy. No sé si esto es justo o no, pero es un hecho, y es un hecho que a los Falcons les "jode". Como también les "jode" tanto a cadetes como a midshipmen, con doscientos años de historia a sus espaldas, que vengan estos "hermanos pequeños" y, casi sistemáticamente, les hagan morder el polvo.
La verdad es que no sería capaz de identificar las razones de está abrumante superioridad de Air Force. Quizá - esto es sólo una hipótesis - el hecho de no contar con una historia tan grande detrás la liberó de prejuicios para poder implementar un ataque triple option (como se está demostrando - sólo hay que ver qué poco ha tardado Army en ser bowl-eligible tras haber renegado de este tipo de ofensivas durante casi diez años - es la única opción viable ante el tipo de limitaciones con las que se encuentran las academias en materia de reclutamiento de jugadores de tamaño elevado) desde practicamente sus inicios le haya dado cierta ventaja. Otra razón importante radica en la localización de estas academias. Las tres compiten por un mismo tipo de jugador (definamosle como queramos, pero en definitiva es un jugador que generalmente no ha recibido ofertas de college grandes, sólo de algún programa pequeño, quizá de la Ivy League si es un alumno brillante y que, además, no tiene ningún reparo en afrontar el correspondiente servicio militar una vez acabé su periodo formativo). La cuestión es que Army y Navy se canibalizan a los jugadores de la costa Este, dada la cercanía de ambas academias, mientras que Air Force, con toda comodidad, bebe sin problemas del caladero de California. Incluso el estado de Texas, donde el football es una religión, está más cerca de Colorado Springs (si bien Army sigue manteniendo mucha atracción allí y de hecho, tiene un partido programado casi todos los años para no dejarse comer el terreno). Otra razón que se da es el hecho de que las condiciones de vida en Colorado Springs son mejores que en cualquiera de las dos academias de la costa este: hay menos marchas por el campo, algún lujo más (televisión en los cuartos), etc. Y luego, supongo, Top Gun hizo el resto.
Los Midshipmen, en primer plano y los Cadetes.
Lo cierto es que las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de Staubach (aunque en los sesenta ya comenzó la decadencia de las academias militares fruto, por un lado, de la guerra de Vietnam y, por otro, del comienzo de la profesionalización de este deporte) y, más aún, desde los años de Mr. Inside y Mr. Outside (Doc Blanchard y Glenn Davis), años en los que Army se paseaba cada otoño por todos los campos en los que les tocaba jugar. Hace décadas que ambas academias no están entre las powerhorses que cada año luchan por ser la mejor, si bien es remarcable los años, prácticamente toda esta década, que lleva Navy paseándose por el escaparate nacional año sí y año también, de upset en upset y de bowl en bowl.
Antes de continuar, voy a explicar qué sucede con el "hermano menor" de estas dos academias militares. Y digo hermano menor porque de las cinco academias militares de Estados Unidos, Army es "la mayor" (fundada en 1802) y Navy es la segunda (en 1845), mientras que Air Force fue fundada, tan sólo, en 1954. El síndrome del hermano del medio lo tendrían la Academia de la Guardia Costera (dependiente del Departamento de Seguridad Nacional aunque en tiempos de guerra, si Wikipedia no engaña, puede pasar a depender del Departamento de la Marina) y la Academia de la Marina Mercante (cuyos alumnos son reservistas de la Marina por un periodo de 8 años).
Como iba diciendo, la Academia de la Fuerza Aérea (con sede en Colorado Springs), fue la última en llegar pero, al menos en lo que respecta al college football, no perdió el tiempo: en este tiempo han jugado veinte bowls, por sólo 16 de Navy en toda su historia y 5 de Army. Desde la instauración del Trofeo "Commander in Chief" (una suerte de triangular entre las tres academias) Air Force lo ha ganado en diecisiete ocasiones, por doce de Navy y sólo 6 de Army. A pesar de ello, un Air Force - Navy o un Air Force - Army nunca conseguirá el impacto ni atraerá la atención de tanta gente como un Army - Navy. No sé si esto es justo o no, pero es un hecho, y es un hecho que a los Falcons les "jode". Como también les "jode" tanto a cadetes como a midshipmen, con doscientos años de historia a sus espaldas, que vengan estos "hermanos pequeños" y, casi sistemáticamente, les hagan morder el polvo.
La verdad es que no sería capaz de identificar las razones de está abrumante superioridad de Air Force. Quizá - esto es sólo una hipótesis - el hecho de no contar con una historia tan grande detrás la liberó de prejuicios para poder implementar un ataque triple option (como se está demostrando - sólo hay que ver qué poco ha tardado Army en ser bowl-eligible tras haber renegado de este tipo de ofensivas durante casi diez años - es la única opción viable ante el tipo de limitaciones con las que se encuentran las academias en materia de reclutamiento de jugadores de tamaño elevado) desde practicamente sus inicios le haya dado cierta ventaja. Otra razón importante radica en la localización de estas academias. Las tres compiten por un mismo tipo de jugador (definamosle como queramos, pero en definitiva es un jugador que generalmente no ha recibido ofertas de college grandes, sólo de algún programa pequeño, quizá de la Ivy League si es un alumno brillante y que, además, no tiene ningún reparo en afrontar el correspondiente servicio militar una vez acabé su periodo formativo). La cuestión es que Army y Navy se canibalizan a los jugadores de la costa Este, dada la cercanía de ambas academias, mientras que Air Force, con toda comodidad, bebe sin problemas del caladero de California. Incluso el estado de Texas, donde el football es una religión, está más cerca de Colorado Springs (si bien Army sigue manteniendo mucha atracción allí y de hecho, tiene un partido programado casi todos los años para no dejarse comer el terreno). Otra razón que se da es el hecho de que las condiciones de vida en Colorado Springs son mejores que en cualquiera de las dos academias de la costa este: hay menos marchas por el campo, algún lujo más (televisión en los cuartos), etc. Y luego, supongo, Top Gun hizo el resto.
Me centro, desde ahora, en Army y en Navy.
Y es que fue en 1890, es decir, hace 120 años, cuando Army fue vapuleada por Navy en West Point dando inicio a esta tradición (me refiero a la tradición del partido, no a la tradición de que Navy destroze a Army como, por desgracia, me ha tocado experienciar desde que soy aficionado a este deporte). Casi desde los inicios este partido fue todo un éxito el que confluían no sólo las habilidades de cada equipo sino también los valores que estos jugadores representaban. No obstante, no todo fue un camino de rosas. En 1893 el partido se suspendió por espacio de 6 años tras unos incidentes derivados de un duelo entre un almirante y un general que estaban presenciando el encuentro. Tras la reanudación de la rivalidad, en Philadelphia, el partido se convirtió un éxito de público e incluso el Presidente de la época (Theodore Roosevelt) asistió al mismo (inagurando, por cierto, la tradición de presenciar una mitad en la grada de Army y otra en la de Navy).
Miles de anécdotas rodean este partido y dan muestra de la importancia - que transciende al deporte en sí - que tiene este encuentro en la sociedad norteamericana. Cuando en 1944 se enfrentaron las dos academias (en aquel momento, Army era el mejor equipo del país y Navy el segundo mejor) el general Douglas MacArthur envió un telegrama al entrenador de Army felicitándole por la victoria que decía: "The greatest of all Army teams. We have stopped the war to celebrate your magnificient success". En 1963 el partido se suspendió como consecuencia del asesinato del Presidente Kennedy...para ser jugado una semana después a petición de la familia Kennedy.
Como dije anteriormente, Navy lleva ganando este encuentro desde el año 2002, lo que implica que desde 2006 (los alumnos estan 4/5 años en la academia) los jugadores de Army se han ido graduando sin saber lo que significa ganar a la academia rival. No son habituales rachas tan grandes, sin embargo, en los años 90 hubo otra racha - esta a favor de Army - que fue más corta pero no menos dolorosa, pues Army se llevó los cuatro duelos celebrados entre 1992 y 1995 por el margen total de ¡6 puntos!
Me gustaría poder realizar aquí un análisis de ambos equipos, pero no realizo un seguimiento tan pormenorizado del fútbol americano (vamos, que cualquier cosa que escribiese sería invención mía). La verdad es que Navy sigue siendo la favorita, aunque Army ha mejorado a pasos agigantados, y si no hay ningún imprevisto, aún está un peldaño por encima de Army pero, como la Copa Davis en el tenis, en este partido entran en juego muchos sentimientos (tradicionalmente es la última vez que los seniors de cada equipo jugarán al fútbol americano ya que, tras la graduación, tienen que cumplir con sus obligaciones militares y no pueden continuar con su carrera en el mundo profesional, aunque siempre hay alguna excepción; señalar también que este Army - Navy no será el último partido para los seniors pues ambas academias jugarán a finales de mes sus respectivas bowls) y la posibilidad de una sorpresa siempre está presente. Yo ya estoy preparado. La cita es hoy, 11 de Diciembre, a partir de las 20:30 desde Philadelphia (escenario neutral de la mayoría de los partidos). Sólo me queda decir:
Go Army, beat Navy!
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