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jueves, 25 de agosto de 2011

Siguiendo con las hamburguesas...

Tengo el blog algo abandonado, en parte por mis ausencias veraniegas y en parte porque no he encontrado temas para tratar por aquí o no me ha pasado nada interesante. Y voy  retomarlo con un tema con el que me diverti mucho al escribir de él y que es el de las hamburguesas. Ahora bien, esta entrada será más corta que la primera y tendrá un toque más internacional.

Empiezo con el In Dreams Café, en el que he almorzado hoy mismo. Se trata de un local pequeño, antiguo y que no está preparado para ser restaurante, si no que es más un bar tranquilo – tiene pocas mesas y algunos sillones – pensado más para tomarse algo en la tarde/noche y que ha sido recientemente adecuado para servir comidas, de momento, en horario de 13.30 a 16 horas. Está situado en la calle San Mateo de Madrid, por la zona de la calle Fuencarral, al lado del metro de Tribunal.

La decoración del local no es profesional – al estilo del Tommy Mel’s o el Peggy Sue – pero es bastante buena: posters de la ruta 66, fotografías de Elvis y John Wayne, etc. La música, de los años cincuenta y sesenta, está muy bien escogida y ayuda a que te sumerjas en la experiencia americana.


Respecto a lo importante, he de decir que he acabado muy contento con la calidad de la comida. En este enlace dejo la carta para consultar la oferta actual. Yo me he tomado una hamburguesa Elvis, que quizá llevaba demasiada salsa, pero no tengo queja alguna de la carne ni del pan, que no era industrial. Además, venía acompañada de unas patatas fritas cortadas en trozos más grandes de lo habitual, que a mí me suelen gustar más. No sé, pero me ha recordado a alguna hamburguesa que me hecho en casa con pan chapata. En mi clasificación de hamburguesas madrileñas pasan directamente al segundo lugar, por debajo del New York Burger pero, en mi opinión, no tienen nada que envidiar a las del Peggy Sue (local que me encanta pero creo que en tamaño y “naturalidad” del producto no supera a esta hamburguesa) o al cercano TM Burger. Es una mezcla extraña, porque estás comiendo un producto típicamente yanqui en un local que está decorado con esos motivos pero, al mismo tiempo, lo ves más de la casa. Junto a la hamburguesa me pedi una naranjada que se me quedó algo corta (en la carta sólo tenían cocacola, naranjada y limonada y esto debería ser uno de los puntos a mejorar), un brownie con helado de vainilla (rico,  pero pequeño y aquí el resto de hamburgueserías tienen buenos  productos) y un café con hielo. ¿El precio? 10 euros. Todo. Increíble.

 Hamburguesa Elvis.

Y abrimos la sección internacional con el Great American Disaster, un diner americano en pleno corazón de Lisboa que me habían recomendado hace ya tiempo y al que tuve la oportunidad de acudir la semana pasada.

El continente lo tienen muy bien cuidado: posters antiguos sillas y mesas acordes a la situación, camareros vestidos como en las películas, etc. Igual o mejor que el Peggy Sue o el Tommy Mel’s. En lo que gana de calle este restaurante es en la selección musical (allí descubrí esta versión del Don’t Think Twice, It’s Alright de Dylan por parte de The Seekers) aunque quizá abusaban mucho de Elvis. En cualquier caso, nada comparable al Peggy Sue, en el que da la impresión de que tienen 15 canciones que están sonando siempre.




El menú es muy completo, con ensaladas, hamburguesas, pizzas  y carnes, además de batidos y postres. Las hamburguesas vienen acompañadas de ensalada – ¡aunque sin aliño! – y patatas fritas (algo industriales) y, aunque el pan también es industrial y es bastante malo, la carne de la hamburguesa lo compensa. Probé también un batido que no estaba muy conseguido y varios postres – tarta de manzana y bollo de chocolate – que sí estaban ricos, especialmente la tarta de manzana.

 Hamburguesa Legendary Lisbon, bañada en salsa de café.

El restaurante está situado en la Plaza del Marqués de Pombal, y tiene unas vistas espectaculares del Parque Eduardo VII, más aún, al atardecer, con el sol dando al parque y a la avenida.

Voy acabar hablando del Ed’s Easy Diner, una cadena de restaurantes del Reino Unido en los que he tenido la ocasión de cenar un par de veces. Lo he hecho concretamente en el situado a la salida de la estación de tren de London Euston (que está cerca de Regent’s Park o de King’s Cross).

Quizá por las circunstancias que rodean mis visitas – suelo cenar allí cuando vuelvo cansado de trabajar todo el día – me parece el mejor restaurante: unas patatas con salsa de queso azul, la hamburguesa original y una cocacola de cereza ayudan a que te cambie el humor para el resto de la tarde. El continente – yo lo valoro casi más que el contenido – además acompaña: gramolas en la barra, mensajes graciosos en las paredes (idénticos a los del Tommy Mel’s) y música acorde. Un día tuve que comer en la barra – como el típico camionero que viene de Nebraska – y los cocineros (se les puede ver mientras te preparan los platos ya que la cocina no es cerrada) se pusieron a cantar y bailar la canción que sonaba.

 Having dinner at the counter!

¡Vaya! Escribir esto me ha devuelto las ganas de ir allá a zamparme otra hamburguesa…

lunes, 11 de julio de 2011

Mellencamp & Manchester

Como amenacé en su momento, he hecho una escapada a Manchester con ocasión del concierto que allí dio John Mellencamp en el marco de la gira europea en la que está presentando su trabajo No better than this. Así que las próximas líneas serán una recopilación de idas y venidas de la ciudad y del concierto.

John Mellencamp, en los viejos tiempos.

Tengo cierta predilección por aquellas ciudades de segunda fila pero con historia que, como Manchester, mantienen su identidad a rebufo de otra hermana más agraciada: prefiero Amberes a Bruselas, Munich a Berlín o Burdeos a Paris (que fea es Paris, por cierto). Con Manchester me pasa igual, no es que la prefiera sobre Londres, pero tiene algo más de sosiego y tranquilidad que la dan un toque especial.

Es una ciudad pequeña, muy pequeña, que se puede recorrer andando sin ningún problema, quizá sólo haya que coger el transporte público para ir a las afueras, a la zona de los Quays (Salford), refugio del Imperial War Museum North, Old Trafford, un Outlet, una sede de la BBC y unos edificios de apartamentos bastante elegantes.

Llegué allí un viernes a media tarde, con el tiempo justo para dejar los bártulos en el hotel, hacer una rápida merienda cena y dirigirme, sin apenas ver nada de la ciudad (un poco de Piccadilly Gardens y de la estación de tren de Manchester Piccadilly), hacia las afueras por una amplia avenida rodeada de espacios residenciales. Muchos ventanales grandes y pocas rejas, buena señal. Y es que en las afueras estaba el recinto – Manchester Apollo – en el que el señor Mellecamp daba el recital. Me tome un helado en el McDonald’s adyacente, convenientemente decorado con fotos de los músicos de la zona, y me puse en la cola de la entrada, rodeado de gente que me sacaba unos veinte o treinta años, todos ellos con camisetas del artista. 


El Manchester Apollo me pareció bastante bonito por fuera. Está situado en una medio curva de la avenida y es imposible no verlo según se sale de Manchester hacia el sur. Una vez dentro la opinión del local no puede sino aumentar. Caben casi mil personas sentadas – como era la ocasión – y más de dos mil quinientas de pie, en un espacio de dos plantas, coqueto y sin dar sensación de agobio.

Tras un documental de una hora sobre la gira americana del cantante comenzó el espectáculo. He de decir que, a parte de sus mayores éxitos (Small Town, Jackie Brown o Jack & Diane), no conocía ninguna canción más de él. Punto. Me gusta lo que había oído hasta entonces y, como digno representante del llamado Heartland Rock, no podía perderme el concierto. Fueron dos horas que se me pasaron volando: guitarras eléctricas, teclados, parte acústica, violín, momento banjo y, finalizando, de nuevo la parte más rockera. Otra muesca más al revólver de las experiencias y, de vuelta al hotel, sorpresa al constatar como en Manchester cerraban la mayoría de los pubs a las once de la noche (estoy hablando de pubs en el centro de la ciudad).



El día siguiente era día de turismo, totalmente reservado para conocer la ciudad. La preparación no había sido buena en absoluto por cuestiones de tiempo, pero unas cuantas ideas sí tenía claras: el barrio de Malasaña (Northern Quarter), las bibliotecas (Chetham – luego descubrí que cerraba el fin de semana, una pena pues es aquí donde Engels y Marx escribieron gran parte de sus obras -, John Reylands (una joyita en Deansgate donde, junto con estudiantes de la Universidad de Manchester que aprovechan la tranquilidad del sitio para conectarse a sus portátiles puedes contemplar un ejemplar de 1611 de la Biblia del Rey Jorge) o la Central Library…cerrada por obras hasta 2013), la zona comercial, la catedral y el ayuntamiento. Según se diese el día, se podrían afrontar otras empresas como el Museo de Ciencia y Tecnología o la Universidad).

El día, no sé si bien o mal, empezó pronto. Estaba en pie y ya desayunado cuando aún faltaba una hora y media para que las primeras tiendas comenzasen a abrir y la gente empezase a inundar las arterias de la ciudad. Había que improvisar. Y sólo tenía un plano del centro bastante flojo. Tras hacer un paseo por el Northern Quarter – que sirvió también para calcular distancias y ver las tiendas que luego abrirían – me dirigí al este, hacia el City of Manchester Stadium, que está dentro de un complejo polideportivo construido con ocasión de los juegos de la Commonwealth que se celebraron en Manchester en 2002. Me di la vuelta de rigor por el campo, entré en la tienda oficial del equipo que allí juega (Manchester City, no tan conocido como sus vecinos del United) y volví, paso ligero, al centro. El Northern Quarter es un mini-malasaña repleto de tiendas con ropa vintage y discos de segunda mano. Affleck’s, un edificio lleno de tiendas de este estilo, es parada obligada si se va a visitar el barrio.

Affleck's

Sin hacer ninguna compra pues no había nada del otro jueves, paseé por las calles comerciales en dirección a la catedral. Algunas de estas calles, como por ejemplo Market Street, recuerda bastante a la calle principal de Amberes (no recuerdo el nombre pero es la calle que va desde la estación de trenes hasta el mar…aunque la calle de Amberes es mucho más grande y señorial). Entre el bullicio de los consumidores te encontrabas con remansos de paz como la plaza de St. Ann, donde un músico y un mercado de productos italianos le daban un toque completamente distinto al panorama que, hasta entonces, estaba viendo.


Una potente bomba del IRA en 1996 destruyó todo el centro de Manchester y constituyo una oportunidad para la revitalización del mismo. Los centros comerciales, la noria, los cines y edificios modernos que se mezclan con la catedral o la Chetham Library son herencia de ese esfuerzo. No soy muy amigo de esas mezclas de modernidad con antigüedad pero aquí en Manchester tengo que hacer una excepción. 


Como voy bastante bien de tiempo me dirijo por Deansgate hasta el Museo de Ciencia e Industria (Manchester y Liverpool fueron la cuna de la Revolución Industrial). El museo, gratuito, me pareció muy bueno, aunque creo que lo hubiera aprovechado mejor si aún recordara mis clases de historia del instituto. 

Tras ver unas seudo ruinas romanas bajo toda Oxford Street (con sus edificios de ladrillo rojizo – como el del Palace, frente a la estación de tren – que me recuerdan a Saint Pancreas o King Cross, que nunca me aclaro) paseando entre los edificios de la Universidad de Manchester. Está bien, pero me vuelvo al centro, que alguna compra tenía que hacer (todo sensiblemente más barato que aquí, en fin). 

El último día estaba reservado para Salford, una zona de las afueras recientemente revitalizada. Había varias torres de apartamentos muy, muy interesantes pero por lo demás, no mereció mucho la pena (Old Trafford me dejó igual y el Imperial War Museum North me pareció desaprovechado, aunque imponente desde fuera). Seguramente la mañana se hubiese aprovechado mejor en Liverpool, pero no me quejo, así hay excusa para otra visita a la zona.

sábado, 25 de junio de 2011

London Feis 2011



No sé cómo comenzó esto. Bueno sí. Me compré el DVD Live in Hyde Park de Bruce Springsteen hará un año por estas fechas. Un directo de tres horas en pleno Hyde Park. Grabado en el año 2009. Es el turno de No Surrender. Y Bruce llama a un tal Brian Fallon a escena. Aparece un chico joven, con camisa de leñador remangada que deja a la vista sus múltiples tatuajes. Y la interpretación del tema es soberbia. The boss is outbossed.



Y esto empezó así, no sé si por Brian Fallon o por la envidia que me dio ver a tanta gente en un festival en el centro de Londres. Brian es el líder de la banda de punk-rock The Gaslight Anthem, que ya lleva unos añitos en escena y cuenta con varios trabajos publicados. Muchos les consideran, por la temática de sus letras, los claros sucesores de Springsteen. Además, provienen del mismo estado y son amigos.

Es al final del 2010 cuando me adentro más en The Gaslight y escucho prácticamente toda su discografía. Aquí es cuando me pongo como objetivo ir a verles tocar en el nuevo año que va a empezar. En esos momentos ellos están de gira por Australia y Japón, luego en primavera tocarán en Estados Unidos y para el verano vendrán a Europa tocando en la mayor parte de festivales existentes.

Pongo el punto de mira en Rock Werchter, un festival belga que, bien aprovechado, me permite visitar Holanda, un país que me encanta. Pero el día que tocan The Gaslight Anthem también lo hace Coldplay y las entradas se agotaron ya en febrero. La siguiente opción es Pinkpop, en Holanda, donde tocan el mismo día que los Kings of Leon. Por diversas cuestiones tampoco es factible esta opción. Soy bastante exigente en cuanto a fechas porque no quiero gastar días de vacaciones en esto.

Pasan los días y, de pronto, me entero de que telonearán a Foo Fighters en Madrid, así que no pierdo el tiempo (las entradas volaron) y compro mi ticket to the promised land. La cosa está ya solucionada. Y entonces aparece él. Robert Zimmerman. Y es que me entero también que en Junio hay un festival de música irlandesa en la que tocan The Gaslight Anthem y, entre otros, Bob Dylan. Qué mejor oportunidad de ver a estos dos personajes en directo, sobre todo por la parte de Dylan, puesto que el maestro de Duluth tiene ya setenta años y no creo que tenga muchas más oportunidades de verle en directo. La decisión está tomada: Junio 2011, London Feis Festival.


El festival durá dos días pero sólo tenía entradas para el sábado. El domingo, entre otros, tocaban Van Morrison (al que me hubiera gustado ver) y Thin Lizzy. Se celebra en un parque del norte de la ciudad, Finsbury Park, cercano al estadio de fútbol del Arsenal. Para ir hacía allá monto en un autobús de dos plantas, cómo no, en la zona de Whitechapel y que me llevará hasta la puerta del parque en aproximadamente tres cuartos de hora. El trayecto me confirma que Londres sigue siendo una desconocida para mí y que, por más feo y soso que me parezca el centro (salvo la zona de Whitehall, se puede decir que odio el resto: Picadilly, Trafalgar, Regent Street, Oxford Circus, etc.), las afueras son siempre una sorpresa: calles residenciales, mercados de frutas, tiendas con productos de diversas partes del mundo, parques, etc.


Llegó al festival a la hora de comer y, hacer alguna parada técnica por ese barrio (lleno de bares y tiendas), entramos al parque, embarrado tras la lluvia continuada de toda la semana. En seguida vemos que el escenario principal (hay otros dos), va a ser nuestro centro de operaciones. En ese momento están tocando The Undertones pero luego, sin solución de continuidad, será el turno de The Waterboys, The Gaslight Anthem, The Cranberries, Christy Moore y Bob Dylan.

El tiempo pasa rápido, aún no estoy muy cansado, y The Gaslight Anthem empieza a tocar. Salvo clásicos como Here’s Looking at you kid, 59’ Sound o Old White Lincoln lo estoy pasando mal porque no me sé las letras de las canciones del último disco, que es el que más están tocando. El sonido creo que no es lo más nítido del mundo pero lo estoy disfrutando bastante. Me acerco un poco más al escenario para verles mejor la cara y llego hasta unos treinta metros de ellos, justo delante de mí hay unas quinceañeras francesas sentadas en el césped estudiando, supongo que tendrán exámenes finales. No me defraudan The Gaslight y tengo aún más ganas de verles la próxima vez. Además estos chicos son camaleónicos, acaban de tocar en el Download Festival (entre grupos heavies) y ahora vienen aquí, a un festival de música irlandesa. Un diez.



Me dirigo a la cola de los baños puesto que pensé que The Cranberries era un grupo venido a menos (todo ello porque la cantante se tiñó el pelo de negro y se lo cortó, y yo en los carteles pensé que era un hombre y que ella había abandonado el grupo). Craso error. La función comienza con Zoombie y con Animal Instint. Creo que es la mejor voz de todo el día. Tras darnos una vuelta por otros escenarios (estaba Shane Mcgowan en ese momento) volvemos al principal y disfrutamos los últimos coletazos de The Cranberries, su Just my Imagination y su Dreams.



Tras otro paseo para relajar las piernas – y ver a los chicos de Afro Celt Music System – que también me sirve para perderme toda la actuación de Christy Moore (no se puede tener todo), cogemos, no sin dificultad, la posición para disfrutar de Dylan. Tengo algo de miedo porque he leído/oído que suele ser bastante arisco con la gente y me vienen pesadillas: quizá toque una canción y se vaya, o toque cosas poco conocidas (no soy muy fan así que sólo conozco los grandes éxitos). 

Es verdad que es algo seco y no habla con el público – algo que, por otro lado, no me importa lo más mínimo – pero el ambiente está animado y la gente está disfrutando de la actuación. Es curioso pero cambia totalmente el ritmo de las canciones (quizá lo haga para poder cantar algunas, ya que la edad no perdona). Esto es algo que descubro cuando estoy oyendo la letra de Tangled Up in Blue con otro ritmo totalmente distinto. Posteriormente toca también Ballad of a Thin Man, Highway 61 y A Hard Rain is Gonna Fall. En el turno de los bises llega el apoteosis. Creo que toco el cielo con Like a Rolling Stone al que luego siguen All Along The Watchtower y, para cerrar, Blowing in the Wind.


En definitiva, una experiencia única: por haber visto por primera vez a The Gasligth Anthem, por haber estado en un festival de música y por haber disfrutado de Bob Dylan. 

El festival en sí a mi me gustó bastante. Había gente de todas las edades, no sólo jóvenes, sino también padres con sus niños y gente mayor y el ambiente, quizá por eso, me gustó. Si es cierto que el alcohol hace mella y a última hora se podía ver a alguno que otro bastante perjudicado pero creo que, en general, la situación estaba bajo control. Además, fue en fin de semana, con lo que no hay que perder días de vacaciones y está en Londres por lo que, si no eres muy de acampar (como es mi caso) el alojamiento no es problema ya que a la finalización de cada día aún hay transporte público.

¿Repitiré? Pues no lo sé. Supongo que para siguientes ocasiones uno es más exigentes y, por tanto, quizá dependa de quiénes toquen en próximas ediciones, pero es una opción nada descartable. Otras posibilidades son acudir a festivales europeos con más caché como Werchter, Pinkpop o Roskilde. De hecho, incluso me estoy planteando Glastonbury para el 2013 (no hay edición el próximo año) tras ver el cartel de esta edición, que se está celebrando este fin de semana, y que cuenta con Morrisey, Radiohead, U2 o Coldplay. Pero bueno, no hay que hacer planes tan a largo plazo. El London Feis ha sido una experiencia única como dije antes que se ha disfrutado mucho.

viernes, 6 de mayo de 2011

Un día en la sierra

Era domingo de Ramos y el plan consistía en pasar el día tranquilamente en la sierra, dando un tranquilo paseo por la montaña, respirando aire libre y comiendo unos bocatas tranquilamente.

No sé muy bien en que momento cambió el plan pero lo cierto es que, en un abrir y cerrar de ojos, la situación dio un giro de ciento ochenta grados y el nuevo objetivo era subir el pico de Peñalara por la parte difícil, es decir, atravesando el risco de los Pájaros y el de los Claveles.
 
 

Para lo que no lo sepáis, Peñalara es el pico más alto (más de dos mil cuatrocientos metros) de la Sierra de Guadarrama, situada a algo menos de una hora de Madrid. Se puede ir a la laguna de Peñalara, que es una excursión asequible y bonita, pero no, nosotros decidimos ir en busca de la grandeza. Y con zapatillas de running.

La temperatura era idónea hasta sólo cinco o diez minutos antes de llegar al punto de partida (el aparcamiento del Puerto de Cotos). En esos cinco o diez minutos pudimos experimentar una bajada de más de diez grados de temperatura y vimos con estupor como aún quedaba bastante nieve en las laderas de la montaña por la que pasaba la carretera.
 
 Lo único que veíamos al principio

Íbamos razonablemente bien abrigados y comenzamos la subida por la pista forestal. En un momento, giramos hacia la derecha (el camino de la izquierda era la sencilla subida a Peñalara por Dos Hermanas, según los entendidos). Hasta ese momento sólo había niebla en el ambiente, así que no conseguíamos apreciar el paisaje. Cruzamos el arroyo de Peñalara siguiendo el camino hacia la Laguna Grande. El  camino está siendo sencillo aunque nada más cruzar ese arroyo (por un puente, no os preocupéis) hay un pequeño tramo de piedras bastante empinado en el que empiezo a darme cuenta de que, tal vez, no haya sido tan buena idea esto de ir a pasar el día a la sierra.
 
 El arroyo de Peñalara

Una vez coronamos ese pequeño repecho y, tras andar por otro camino (todo está bien señalizado) un rato, vemos nieve. Pero no como la habíamos visto hasta ahora. Aquí no ha hecho sol en toda la primavera. Hay un manto tremendo de ese polvo blanco que llega a cubrir prácticamente toda la laguna desde la ladera de la montaña.
 
 

De momento no hay peligro pues aún se puede andar por la tierra (o el barro), sólo hay que tener cuidado con los resbalones. Es en este momento cuando hacemos la primera parada para comer, tras llevar unas dos horas caminando.

La parada es bastante rápida y casi sin descanso retomamos la marcha, primero hacía la Laguna de los Claveles (cubierta completamente por la nieve) y luego hacía la de los Pájaros, momento en el cual tendremos que emprender la subida a Peñalara por el lado difícil (por la cara norte, vamos).

En este momento ya no nos queda más remedio que caminar sobre la nieve (recuerdo, con zapatillas de correr, con su membrana fina y todo eso). Estamos con los pies bastante calados (en algún momento nos hemos hundido hasta la rodilla) y, subiendo unos doscientos metros desde la laguna de los Pájaros hacía el risco del mismo nombre (hasta la altura de un primer collado), nos damos cuenta de que esto no es Misión Imposible, pero se le está empezando a parecer demasiado (con toda la chabacanería española de serie, por supuesto). Así que decidimos pensar un poco y desistir de nuestro objetivo (yo creo que tampoco lo hubiésemos logrado de hacer buen tiempo, pues no llevábamos la preparación adecuada y la montaña estaba muy empinada, a mi parecer).
 
Algo de vida (una mariquita) entre tanto frío

El camino de vuelta, algo aburrido por ser por el mismo sitio y no haber podido cerrar el círculo, nos sobresalta de vez en cuando ante comentarios del estilo: ¿por aquí hemos venido antes? Estos comentarios se repitieron cada diez, quince minutos, mostrando nuestra pericia como montañeros.
 
A la vuelta no había niebla

En el último tramo de la vuelta ya lucía el sol y se podía apreciar mejor el paisaje que no pudimos ver por la mañana.
 
 

Tras unas cinco horas de caminata, nos montamos en el coche y vimos el Monasterio de El Paular (yo tendré que volver porque mi grado de agotamiento hizo que no fuese consciente de nada) que está a apenas diez minutos continuando por la misma carretera. Seguidamente fuimos a tomar un refrigerio (estupenda tarta de chocolate y pera, en mi caso) a Rascafría y de allí emprendimos la vuelta a casa. Menuda forma de empezar la Semana Santa.

No siendo muy montañero (por falta de tiempo, de ganas, por el motivo que sea), me gustó la experiencia y me gustaría repetir. Claro, cuando ya no haya nieve. Y quizá con rutas más asequibles (tampoco me voy a comprar botas y el resto de equipamiento para ir dos días al año a la montaña). Let’s see.

Me gustaría comentar algo que un amigo denominó como la falsa camaradería de los montañeros. No entiendo porque hay que decir hola cada vez que te cruzas con alguien por la montaña…a mi me pasa también cuando voy a correr, que si me cruzo con alguien muchos saludan (y yo tengo que hacer un ademán con la mano, porque hablar no puedo, jaja). A ver, no me molesta, se dice hola y ya está. Pero, no sé, cuando voy al Corté Ingles no voy diciendo hola a la gente. Me gustaría saber si estos montañeros que saludan a desconocidos el lunes por la mañana les dan los buenos días a sus compañeros de trabajo.

sábado, 29 de enero de 2011

Panteón de Hombres Ilustres


"Show me the manner in which a nation or community cares for its dead
and I will measure with mathematical exactness the tender mercies of
its people, their respect for the laws of the land, and their loyalty
to high ideals." 


William E. Gladstone

Acabo de dar a borrar sin querer y me ha desaparecido el artículo que tenía ya medio escrito desde hace una semana. Vamos a no entrar en pánico y a intentar salir de este contratiempo de la forma más honrosa posible, así que vuelvo a comenzar.

La semana pasada visité el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid. Se trata de un edificio pensado para que reposen en él los restos de personajes de especial significancia para la nación. Se encuentra en la calle Julián Gayarre, a apenas cinco minutos caminando de la estación de Atocha, yendo por el Paseo de la Reina Cristina.



La idea se remonta a 1837,  cuando las Cortes Generales aprobaron un proyecto por el que se instaba la conversión de la iglesia de San Francisco el Grande (que aún no he visitado) en Panteón de Hombres Ilustres. Poco después se formó una comisión destinada a estudiar, en primer lugar, qué personajes eran merecedores de ser incluidos en dicho Panteón y, una vez realizada esa tarea, localizar sus restos. Es por ello se dieron por ilocalizables los restos de Cervantes, Lope de Vega o, entre otros, Velázquez. 


Por fin, en 1869, se inaugura el Panteón en una ceremonia grandiosa en la que participan bandas de música, unidades militares, estudiantes, religiosos y políticos formando una comitiva que se extiende por cinco kilómetros. Entre los primeros ocupantes de este edificio se encuentran militares como el Gran Capitán, arquitectos como Ventura Rodríguez o escritores como Quevedo. 


Sucede que los restos permanecieron durante un tiempo en el Panteón para posteriormente volver a sus lugares de origen, quedando el Panteón vacío de contenido y olvidándose poco a poco la idea inicial. En 1890, se retoma ésta con más impulso, ahora sí, en su emplazamiento habitual, aprovechando el enterramiento en la contigua Basílica de Nuestra Señora de Atocha (por aquel entonces, Cuartel de Inválidos) de personajes de una importancia indiscutible como los generales Prim, Castaños y Palafox.

 En 1901 finalizan los trabajos de adecentamiento del nuevo Panteón y se trasladan a él los restos de los militares antes citados, además de personajes ilustres como Mendizábal, Cánovas, Sagasta, Dato o Canalejas (en los años posteriores). 


Sagasta y, al fondo, Eduardo Dato (me gustó la inscripción: nacido para la Patria, muerto por ella)

Monumento funerario de Antonio Cánovas del Castillo.


 Sin embargo, en el siglo XX se vuelve a producir el éxodo de personajes: Castaños a Bailén, Gravina al Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, Prim a Rosas, etc. Y de ahí nos encontramos en la situación actual. Con un edificio prácticamente desconocido y deshabitado,  que sólo cuenta con los restos mortales de José Canalejas y, eso sí, con cinco o seis monumentos funerarios que a mí me han parecido muy bonitos. Nada más entrar esta el monumento de Práxedes Mateo Sagasta, que si no me equivoco era el que se turnaba en el gobierno con Cánovas del Castillo a finales del siglo XIX. A continuación está el de Eduardo Dato y seguidamente el enorme monumento de Cánovas. Completa el trío de primeros ministros asesinados José Canalejas, que es el único que todavía reposa allí, con un monumento en el que tres personas le están trasladando hacia su tumba, me pareció muy bonito. Los monumentos de Ríos Rosas y el marqués del Duero son algo más "convencionales". En el patio interior está el mausoleo conjunto, con los restos de Mendizábal, Ponzano, Argüelles o, entre otros, Martínez de la Rosa que no pude visitar al encontrarse cerrado el patio.




Salgo del Panteón y vuelvo sobre mis pasos hacia la estación de Atocha. Continuo andando por el Paseo del Prado hasta Neptuno, veo el Monumento a los Héroes del Dos de Mayo, medio olvidado y escondido, como por vergüenza, que supuestamente recuerda a todos los caídos por España. Y no puedo evitar acordarme de la cita del principio de esta entrada que abría un libro que leí el año pasado sobre el cementerio de Arlington. O sobre la tumba del soldado desconocido del Arco del Triunfo en París. O sobre como nunca faltan coronas de amapolas en los diversos monumentos en honor a los muertos que hay en Londres. 

Alguna vez fuimos como ellos. O lo intentamos.

martes, 16 de noviembre de 2010

Passchendaele (2008)

El pasado verano pasé unos días de vacaciones en Bélgica. Conforme preparaba cosas del viaje - qué ver, dónde alojarse, etc. - iba encontrando sitios cercanos, relacionados con diversas batallas históricas, que me llamaban la atención . Al final, ver ciudades como Bruselas, Brujas o Gante no dejaba tiempo para más, así que habrá que esperar a otra ocasión para visitar Bastogne, Waterloo, los puentes sobre el Rhin objetivo de la Operación Market Garden o el cementerio luxemburgués de Ham donde se encuentra enterrado Patton.

Hace unos días estuve en Londres y me volví a acordar de Bélgica porque todo el mundo llevaba una amapola de papel en la solapa del traje o en el abrigo, los taxistas la lucían en sus coches y los períodicos llevaban la amapola en su cabecera. Se podían adquirir - a cambio de un donativo - en tiendas, empresas o estaciones de tren. Yo mismo me agencié una. Todo Londres, toda Inglaterra y, probablemente, todo el mundo anglosajón, estaba dominado por el Poppy Appeal. La razón: Remembrance Day. Es decir, el día en el que se recuerda a los combatientes en la Primera Guerra Mundial, cuyo armisticio se firmó el 11 de Noviembre de 1918.




No sé mucho de la Primera Guerra Mundial (los libros y la televisión me hicieron profundizar más en la Segunda). Puedo identificar a los bandos, el comienzo del conflicto, las razones del mismo y, simplemente, me suenan el nombre de algunas batallas importantes: Verdún, Somme, Gallipolí y la batalla naval del mar de Jutlandía, por nombrar las que se me vienen ahora mismo a la cabeza (alguna gorda me dejaré).

Pero si ha habido algo que verdaderamente me ha llamado la atención de ese conflicto ha sido la ceremonia que, prácticamente sin interrupción desde poco después de acabar la guerra, se desarrolla en la ciudad flamenca de Yprés diariamente (a las 20:00 horas) para honrar a los fallecidos allí (Yprés, por su importancia estratégica, vivió tres batallas importantes).

Yprés me llevó a ver la película canadiense Passchendaele, de 2008. La peli, ni fu ni fa. Me ha pasado igual que con Pearl Harbour, es más una historia de amor que otra cosa. Comienza y termina con escenas de combate (muy fantasmas las finales) que muestran las pésimas condiciones que había en las trincheras y el relleno es la historia de un soldado canadiense que, de vuelta del frente, se enamora de una enfermera y se alista de nuevo. Bastante previsible.
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