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viernes, 11 de noviembre de 2011

Dulce et Decorum Est

Hace hoy 93 que acabó la Primera Guerra Mundial. No sé mucho de Historia pero no se me ocurre un mejor ejemplo de la futilidad de la guerra. Más de cuatro años dedicados en exclusiva a masacrarnos unos a otros, luchando en pedazos de terreno sin ningún valor estratégico, simplemente porque así lo quisieron unos gobernantes que, unos días antes de que un anarquista asesinase al sobrino del Emperador en Sarajevo (sobrino que, de haber sucedido a su tío, hubiera accedido a las demandas nacionalistas de los pueblos eslavos) se intercambiaban cariñosamente la correspondencia. La guerra para acabar con todas la guerras. Qué equivocados estaban, qué equivocados estamos:

Bent double, like old beggars under sacks, 
Knock-kneed, coughing like hags, we cursed through sludge, 
Till on the haunting flares we turned our backs 
And towards our distant rest began to trudge. 
Men marched asleep. Many had lost their boots 
But limped on, blood-shod. All went lame; all blind; 
Drunk with fatigue; deaf even to the hoots 
Of tired, outstripped Five-Nines that dropped behind.


Gas! Gas! Quick, boys!---An ecstasy of fumbling, 
Fitting the clumsy helmets just in time; 
But someone still was yelling out and stumbling, 
And flound'ring like a man in fire or lime... 
Dim, through the misty panes and thick green light, 
As under a green sea, I saw him drowning.


In all my dreams, before my helpless sight, 
He plunges at me, guttering, choking, drowning.


If in some smothering dreams you too could pace 
Behind the wagon that we flung him in, 
And watch the white eyes writhing in his face, 
His hanging face, like a devil's sick of sin; 
If you could hear, at every jolt, the blood 
Come gargling from the froth-corrupted lungs, 
Obscene as cancer, bitter as the cud 
Of vile, incurable sores on innocent tongues,--- 
My friend, you would not tell with such high zest 
To children ardent for some desperate glory, 
The old Lie: Dulce et decorum est Pro patria mori.

Wilfred Owen

jueves, 21 de abril de 2011

Caminando con el destino. Winston Churchill y España. 1874 -1965

Hasta el día 5 de Junio es posible ver en Madrid la exposición Caminando con el destino. Winston Churchill y España: 1874 -1965 en el Complejo “El Águila”, antigua fábrica cervecera de la capital.

Me considero bastante atraído por la figura del estadista británico. En su dilatado paso por este mundo (vivió 90 años a pesar de su afición a los puros y al buen licor) tuvo tiempo de trabajar como periodista, militar, político (destacó su paso como Ministro de Marina – Primer Lord del Almirantazgo – aunque ocupó también otras carteras ministeriales antes de dirigir como Primer Ministro a un país que se encontraba ante su peor amenaza: la Alemania nazi y su Blitzkrieg que ponía en peligro la histórica invulnerabilidad de las islas) y, entre otros, escritor (fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1953). Disfruté leyendo la edición que se hizo para España de la parte de su autobiografía que versaba sobre la Segunda Guerra Mundial (dos tomos de alrededor de mil páginas...siendo los originales seis tomos) y, en cuanto pude, visité las Churchill War Rooms en Londres: las habitaciones privadas – refugios – situadas en Whitehall, a  escasos metros de Downing Street, desde donde se dirigió gran parte de la guerra (la mayoría de los cuartos se mantienen intactos, entre ellos, el salón de mando donde aún se puede observar el sillón del Primer Ministro).



No es extraño, pues, que esta exposición fuese una cita ineludible en mi agenda. La sala donde se ubica forma parte del Complejo “El Águila”, que incluye el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid y la Biblioteca Pública “Joaquín Leguina”. Este complejo está construido sobre la base de la antigua fábrica de cervezas “El Águila” y el conjunto arquitectónico es bastante bonito, a la par que extraño de ver tan cerca del centro (no frecuenté mucho la otra fábrica de cervezas de Madrid, la Mahou frente al estadio Vicente Calderón). Está situado en la calle Ramirez de Prado nº3, a escasos diez minutos andando desde Atocha (justo detrás de la estación de tren de Delicias).


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La exposición me defraudó un poco. Es verdad que es gratuita pero creo que se podía haber estirado la materia un poco más. Quizá soy demasiado exigente. Está compuesta básicamente de fotografías de Churchill, así como de cartas, medallas y otros documentos. Quitando cuatro o cinco fotografías donde aparece Churchill con personalidades españolas (el Rey Alfonso XIII, el embajador Merry del Val, de vacaciones en Tenerife o jugando al polo en el Club de Campo) el resto de imágenes no guardan ninguna relación con nuestro país (recordemos que la exposición – según el título – explora las relaciones del mandatario británico con nuestro país). En cuanto a los documentos existentes, se reproducen cartas personales de su infancia/juventud y otras posteriores. Destacan aquí cartas dirigidas por los embajadores de los dos bandos de la guerra civil a su persona, cartas enviadas a su hijo en las que le aconseja sobre qué hacer en España durante la guerra civil (el hijo estuvo aquí en ese período) y cartas durante la Segunda Guerra Mundial en la que discute con otros mandatarios las acciones a tomar en el caso de que España entrase en la contienda e invadiese Gibraltar. También, me olvidé, hay cartas de Arsenio Martínez Campos, capitán general de Cuba, autorizando la presencia de Churchill entre las tropas españolas en dicho conflicto (como una especie de observador militar). 

Se pueden ver también diversos objetos como un abrigo utilizado por Churchill, una pajarita, su pasaporte o las medallas españolas a él otorgadas (Cruz al Mérito Militar y Medalla de la Campaña de Cuba), aunque no son las originales suyas sino otras idénticas. Las originales se pueden ver en las Churchill War Rooms. Por último, en la primera planta de la exposición, se pueden ver algunas pinturas realizadas por él así como utensilios suyos.

En definitiva, se trata de una exposición algo pobre – no se tarda más de treinta minutos en verla completa, y eso que anduve por cada muestrario y leí todos los carteles – y creo que hubiese sido posible darle algo más de empaque. Además, se hace mucho peso en la relación con España y luego no hay tanto material al respecto.

Pero bueno, la verdad es que para hacer algo “diferente” quizá no sea un mal plan.

domingo, 6 de febrero de 2011

Momentos estelares de la humanidad

Creo que podría definir mi vida con tres o cuatro pinceladas. Esas pinceladas, experiencias,  decisiones, acontecimientos, momentos determinan lo que soy ahora y, con alguna otra pincelada más (¡espero!), en lo que me convertiré. Esos momentos, inesperados, fruto de la casualidad, han ido moldeando mi vida. A veces un simple hecho ha condicionado mi comportamiento durante años y otras veces ha sido justo al contrario: temporadas de trabajo gris, que pareciera sin sentido, han cristalizado en algún acontecimiento importante que provocaba un cambio fundamental en lo que estaba haciendo. No sé si al resto del mundo le pasa igual, pero yo tengo está sensación y así lo cuento.
 
E igual que me pasa a mi también le pasa a la Historia. Dice Stefan Zweig cuando comienza el libro al que da título esta entrada que la Historia tiene estos momentos estelares, concretos, efímeros, que marcan el discurrir de los acontecimientos desde ese preciso instante en adelante durante mucho tiempo. Se trata, en definitiva, de estrellas que sobresalen en la vida por otra parte aburrida de los pueblos durante años y décadas.
 
En este libro, cuyo subtítulo es Catorce miniaturas históricas, el escritor austriaco se dedica a diseccionar catorce momentos estelares que él ha elegido - hay más, por supuesto - y que han tenido una importancia indubitada en la configuración de la humanidad. Esos momentos tienen varios rasgos en común: la casualidad (en la toma de Constantinopla o en la batalla de Waterloo), el espíritu emprendedor (la conquista del Polo Sur o la implantación del telégrafo en el océano Atlántico conectando así los Estados Unidos con el continente europeo), la mezquindad del ser humano (el asesinato de Cicerón o el abandono de Europa a Constantinopla ante la amenaza otomana), la incapacidad del hombre para colaborar entre sí (el fracaso de Wilson a la hora de alcanzar una paz del futuro en el Tratado de Versalles,  bien es cierto que también hay en este mismo libro muchos ejemplos de justo lo contario, pero el haber descubierto esta cita justo hoy creo que me ha hecho resaltar este aspecto aquí), la injusticia más flagrante (J.A. Suter y el descubrimiento de El Dorado) o las paradojas más evidentes (el militar no revolucionario que compone, prácticamente en dos destellos, La Marsellesa, o la vuelta a Rusia de Lenin a través de Alemania, al estallar la revolución)
 
Sweig fotografía estos momentos y se recrea en los detalles, en las circunstancias que rodean a los personajes y que quizá sirvan para explicar el rumbo que tomará la Historia una vez terminen los mismos. Gustándome como me gusta la Historia - creo firmemente que somos el resultado de nuestro pasado, y cuando más ignoremos del mismo más mediocre será nuestro comportamiento - me parece un libro entretenido, aunque se presupone que el lector conoce los hechos que se están narrando, cosa que en mi caso no es verdad (gracias, sistema educativo español!). Pero bueno, si algo tiene la Historia, es que no cuesta nada aprenderla.

Y, si bien no es un momento estelar de la humanidad (o quizá sí), esta noche se juega la Superbowl, el partido que pone punto y final hasta Septiembre a la liga profesionial de fútbol americano en Estados Unidos. Así que: Go Steelers!

 
 

sábado, 29 de enero de 2011

Panteón de Hombres Ilustres


"Show me the manner in which a nation or community cares for its dead
and I will measure with mathematical exactness the tender mercies of
its people, their respect for the laws of the land, and their loyalty
to high ideals." 


William E. Gladstone

Acabo de dar a borrar sin querer y me ha desaparecido el artículo que tenía ya medio escrito desde hace una semana. Vamos a no entrar en pánico y a intentar salir de este contratiempo de la forma más honrosa posible, así que vuelvo a comenzar.

La semana pasada visité el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid. Se trata de un edificio pensado para que reposen en él los restos de personajes de especial significancia para la nación. Se encuentra en la calle Julián Gayarre, a apenas cinco minutos caminando de la estación de Atocha, yendo por el Paseo de la Reina Cristina.



La idea se remonta a 1837,  cuando las Cortes Generales aprobaron un proyecto por el que se instaba la conversión de la iglesia de San Francisco el Grande (que aún no he visitado) en Panteón de Hombres Ilustres. Poco después se formó una comisión destinada a estudiar, en primer lugar, qué personajes eran merecedores de ser incluidos en dicho Panteón y, una vez realizada esa tarea, localizar sus restos. Es por ello se dieron por ilocalizables los restos de Cervantes, Lope de Vega o, entre otros, Velázquez. 


Por fin, en 1869, se inaugura el Panteón en una ceremonia grandiosa en la que participan bandas de música, unidades militares, estudiantes, religiosos y políticos formando una comitiva que se extiende por cinco kilómetros. Entre los primeros ocupantes de este edificio se encuentran militares como el Gran Capitán, arquitectos como Ventura Rodríguez o escritores como Quevedo. 


Sucede que los restos permanecieron durante un tiempo en el Panteón para posteriormente volver a sus lugares de origen, quedando el Panteón vacío de contenido y olvidándose poco a poco la idea inicial. En 1890, se retoma ésta con más impulso, ahora sí, en su emplazamiento habitual, aprovechando el enterramiento en la contigua Basílica de Nuestra Señora de Atocha (por aquel entonces, Cuartel de Inválidos) de personajes de una importancia indiscutible como los generales Prim, Castaños y Palafox.

 En 1901 finalizan los trabajos de adecentamiento del nuevo Panteón y se trasladan a él los restos de los militares antes citados, además de personajes ilustres como Mendizábal, Cánovas, Sagasta, Dato o Canalejas (en los años posteriores). 


Sagasta y, al fondo, Eduardo Dato (me gustó la inscripción: nacido para la Patria, muerto por ella)

Monumento funerario de Antonio Cánovas del Castillo.


 Sin embargo, en el siglo XX se vuelve a producir el éxodo de personajes: Castaños a Bailén, Gravina al Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, Prim a Rosas, etc. Y de ahí nos encontramos en la situación actual. Con un edificio prácticamente desconocido y deshabitado,  que sólo cuenta con los restos mortales de José Canalejas y, eso sí, con cinco o seis monumentos funerarios que a mí me han parecido muy bonitos. Nada más entrar esta el monumento de Práxedes Mateo Sagasta, que si no me equivoco era el que se turnaba en el gobierno con Cánovas del Castillo a finales del siglo XIX. A continuación está el de Eduardo Dato y seguidamente el enorme monumento de Cánovas. Completa el trío de primeros ministros asesinados José Canalejas, que es el único que todavía reposa allí, con un monumento en el que tres personas le están trasladando hacia su tumba, me pareció muy bonito. Los monumentos de Ríos Rosas y el marqués del Duero son algo más "convencionales". En el patio interior está el mausoleo conjunto, con los restos de Mendizábal, Ponzano, Argüelles o, entre otros, Martínez de la Rosa que no pude visitar al encontrarse cerrado el patio.




Salgo del Panteón y vuelvo sobre mis pasos hacia la estación de Atocha. Continuo andando por el Paseo del Prado hasta Neptuno, veo el Monumento a los Héroes del Dos de Mayo, medio olvidado y escondido, como por vergüenza, que supuestamente recuerda a todos los caídos por España. Y no puedo evitar acordarme de la cita del principio de esta entrada que abría un libro que leí el año pasado sobre el cementerio de Arlington. O sobre la tumba del soldado desconocido del Arco del Triunfo en París. O sobre como nunca faltan coronas de amapolas en los diversos monumentos en honor a los muertos que hay en Londres. 

Alguna vez fuimos como ellos. O lo intentamos.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La paradoja de Stockdale

Leyendo un libro sobre la guerra de Vietnam me encuentro con la historia de James Stockdale. Para ser más precisos, la historia de Stockdale la he buscado yo más adelante. En el libro - hasta donde he llegado - simplemente se le nombra por, como dijo él, haber sido un testigo de excepción en el segundo incidente del golfo de Tonkin (se trata de unas escaramuzas entre pequeñas embarcaciones norvietnamitas y el destructor americano Maddox que tuvieron lugar en Agosto de 1964;  en este segundo incidente tanto el Maddox como el Turner Joy estuvieron zigzagueando y repeliendo ataques "imaginarios" que el propio Stockdale contempló desde el aire - formaba parte de la tripulación del portaaviones Ticonderoga - indicando que no había habido tal ataque; posteriormente este "incidente" tuvo un peso muy importante en la escalada de las hostilidades en Vietnam...pero de esto ya hablaré cuando me acabe el libro). 

Lo que me llamó la atención de Stockdale fue que se mencionase que posteriormente (en Septiembre de 1965) su avión fuese derribado en el curso de una misión en Vietnam del Norte, perdiendo una pierna en el incidente (esto puede que sea un error del libro porque no lo he visto informado en ningún otro sitio), internado en el "Hanoi Hilton", tras cuya salida (¡después de ocho años!) se le concedió la Medalla de Honor del Congreso.

Rápidamente, quise comprobar que méritos le hacían acreedor de tal distinción, porque el hecho de haber sido abatido y estar en una prisión no me parecían suficientes. Vamos, que me indigné. Lo que encontré fue que James Stockdale no era un prisionero de guerra más en Hanoi, si no que fue el oficial de más alta graduación allí recluido, que formó parte de la "Banda de Alcatraz" (un grupo de once presos, considerados los cabecillas de la prisión, que fueron sometidos a internamiento individual por cuatro años), que no dudó en autolesionarse para que los norvietnamitas no pudieran utilizarle con fines propagandísticos y que, incluso, proporcionaba información de inteligencia en las cartas que escribía a su mujer. 

A su regreso, en 1973 tras la firma de los Acuerdos de París, Stockdale se encontraba muy debilitado por las lesiones sufridas. Aún así la Armada lo mantuvo en servicio activo hasta su jubilación con el empleo de Almirante. La Medalla de Honor le fue concedida por el Presidente Gerald Ford en 1976. Transcribo literalmente la citación que contenía (las negritas son mías):

"For conspicuous gallantry and intrepidity at the risk of his life above and beyond the call of duty while senior naval officer in the Prisoner of War camps of North Vietnam. Recognized by his captors as the leader in the Prisoners' of War resistance to interrogation and in their refusal to participate in propaganda exploitation, Rear Adm. Stockdale was singled out for interrogation and attendant torture after he was detected in a covert communications attempt. Sensing the start of another purge, and aware that his earlier efforts at self-disfiguration to dissuade his captors from exploiting him for propaganda purposes had resulted in cruel and agonizing punishment, Rear Adm. Stockdale resolved to make himself a symbol of resistance regardless of personal sacrifice. He deliberately inflicted a near-mortal wound to his person in order to convince his captors of his willingness to give up his life rather than capitulate. He was subsequently discovered and revived by the North Vietnamese who, convinced of his indomitable spirit, abated in their employment of excessive harassment and torture toward all of the Prisoners of War. By his heroic action, at great peril to himself, he earned the everlasting gratitude of his fellow prisoners and of his country. Rear Adm. Stockdale's valiant leadership and extraordinary courage in a hostile environment sustain and enhance the finest traditions of the U.S. Naval Service"

Tras su retiro, Stockdale fue Presidente de una universidad militar en Carolina del Sur (The Cidatel) y luego fue miembro de la Hoover Institution perteneciente a la universidad de Stanford. Por si fuera poco, en 1992 ocupó el puesto de vicepresidente en la candidatura encabezada por el independiente Ross Perot, que alcanzó casi el 19% de los votos en las elecciones en las que Clinton derrotó a Bush padre.

Es evidente que Stockdale es un ejemplo de esfuerzo, superación, disciplina...como se le quiera llamar. No soy el primero que me doy cuenta de ello y James Collins le entrevistó para un libro titulado Good to Great. La paradoja aparece explicada a continuación, en las razones que esgrime Stockdale para explicar su supervivencia y para señalar que rasgos en común tenían aquellos que no consiguieron sobrevivir a la guerra.

Respecto a la primera cuestión:

"I never lost faith in the end of the story, I never doubted not only that I would get out, but also that I would prevail in the end and turn the experience into the defining event of my life, which, in retrospect, I would not trade."

Y respecto a qué características comunes tenían aquellos que no lograron sobrevivir a la  guerra (y aquí está la clave):

"Oh, that’s easy, the optimists. Oh, they were the ones who said, 'We're going to be out by Christmas.' And Christmas would come, and Christmas would go. Then they'd say, 'We're going to be out by Easter.' And Easter would come, and Easter would go. And then Thanksgiving, and then it would be Christmas again. And they died of a broken heart." 

Me ha parecido muy interesante, especialmente porque considero el optimismo sin motivo o porque sí no es sostenible en el medio o largo plazo. La clave está, por tanto, en hacer una autoevaluación honesta de nuestra situación, no ocultando los peligros, las ventajas, los desafíos y, una vez identificado nuestro objetivo, no perder nunca la fe en nuestra capacidad para conseguirlo.

Y como las alegrías dicen que nunca vienen solas, gracias a esta paradoja he encontrado un blog que, de momento, me está pareciendo muy interesante.  

martes, 16 de noviembre de 2010

Passchendaele (2008)

El pasado verano pasé unos días de vacaciones en Bélgica. Conforme preparaba cosas del viaje - qué ver, dónde alojarse, etc. - iba encontrando sitios cercanos, relacionados con diversas batallas históricas, que me llamaban la atención . Al final, ver ciudades como Bruselas, Brujas o Gante no dejaba tiempo para más, así que habrá que esperar a otra ocasión para visitar Bastogne, Waterloo, los puentes sobre el Rhin objetivo de la Operación Market Garden o el cementerio luxemburgués de Ham donde se encuentra enterrado Patton.

Hace unos días estuve en Londres y me volví a acordar de Bélgica porque todo el mundo llevaba una amapola de papel en la solapa del traje o en el abrigo, los taxistas la lucían en sus coches y los períodicos llevaban la amapola en su cabecera. Se podían adquirir - a cambio de un donativo - en tiendas, empresas o estaciones de tren. Yo mismo me agencié una. Todo Londres, toda Inglaterra y, probablemente, todo el mundo anglosajón, estaba dominado por el Poppy Appeal. La razón: Remembrance Day. Es decir, el día en el que se recuerda a los combatientes en la Primera Guerra Mundial, cuyo armisticio se firmó el 11 de Noviembre de 1918.




No sé mucho de la Primera Guerra Mundial (los libros y la televisión me hicieron profundizar más en la Segunda). Puedo identificar a los bandos, el comienzo del conflicto, las razones del mismo y, simplemente, me suenan el nombre de algunas batallas importantes: Verdún, Somme, Gallipolí y la batalla naval del mar de Jutlandía, por nombrar las que se me vienen ahora mismo a la cabeza (alguna gorda me dejaré).

Pero si ha habido algo que verdaderamente me ha llamado la atención de ese conflicto ha sido la ceremonia que, prácticamente sin interrupción desde poco después de acabar la guerra, se desarrolla en la ciudad flamenca de Yprés diariamente (a las 20:00 horas) para honrar a los fallecidos allí (Yprés, por su importancia estratégica, vivió tres batallas importantes).

Yprés me llevó a ver la película canadiense Passchendaele, de 2008. La peli, ni fu ni fa. Me ha pasado igual que con Pearl Harbour, es más una historia de amor que otra cosa. Comienza y termina con escenas de combate (muy fantasmas las finales) que muestran las pésimas condiciones que había en las trincheras y el relleno es la historia de un soldado canadiense que, de vuelta del frente, se enamora de una enfermera y se alista de nuevo. Bastante previsible.
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