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sábado, 8 de septiembre de 2012

I'm Not There (2007)




Viendo esa gran fuente de inspiración en la que se ha convertido la cartelera del cine Doré me he encontrado con I’m Not There, una película del año 2007 sobre el genio de Duluth, Bob Dylan. La ocasión la pintaban calva para acudir al cine – llevo casi un año sin ir, siendo mi última escapada también al Doré para ver, si no recuerdo mal, The Reader – pero entre unas cosas y otras me quedé en casa. No obstante, el interés en la cinta era verdadero y, prácticamente el mismo día de su proyección, cuando ya era evidente que no iba a desplazarme hasta allí, comencé a verla (es relativamente sencillo encontrar una copia en la red).

  

No sé muy bien en que genero encuadrarla. Supongo que lo más sencillo es decir que es una película biográfica sobre el cantautor norteamericano lo que, no siendo mentira, no termina de quedarse corto a la hora de describirla. Y es que Todd Haynes utiliza seis historias independientes para desarrollar diversos aspectos de la vida de Dylan. Algunos ya los conocía, otros los he descubierto justo después por casualidad y seguramente habrán pasado desapercibidos otros tantos. Gustándome la música de Dylan, no soy en absoluto un experto en su obra.

Como decía, la película es una película “coral” que cuenta con hasta seis protagonistas. Woody Guthrie es un niño negro que cruza el país viajando en trenes como polizón, acompañado siempre de una guitarra con la inscripción This machine kills fascists característica de su ídolo del mismo nombre al que, finalmente, consigue visitar antes de su muerte en un hospital de Nueva Jersey, habiendo iniciado su camino en la Minnesota natal de Dylan. La admiración por Guthrie que sentía Dylan (y tantos otros), como padrino del movimiento folk que eclosionó en los años sesenta del pasado siglo, queda patente en esta historia. 

En otro momento, el actor Ben Whishaw, es interrogado sobre el papel que juega el artista frente a la sociedad. Confieso que esta ha sido la parte de la película que menos he entendido, pero supongo que en algún momento de su vida Dylan habrá tenido algún conflicto relacionado con este punto. El personaje interpretado por Whishaw, al ser preguntado por su nombre, responde diciendo que se llama Artur Rimbaud, como el poeta.

Por su parte, Christian Bale es un cantante folk de éxito, llamado Jake Rollins, que no consigue aceptar su nueva posición en la sociedad. Su historia es contada a través de un documental en el que participa la actriz Julianne Moore, en una suerte de Joan Baez. Me hizo especial ilusión ver, dentro de este “documental”, como hacían entrevistas a jóvenes en el Greenwich Village de Nueva York – barrio que fue el epicentro del movimiento folk – y ver, al fondo, el mítico Gaslight Café, lugar en el que han actuado varios de los grandes de la música de todos los tiempos (desde Bill Cosby a José Feliciano, pasando por el propio Bob Dylan o Jimmi Hendrix…todo esto según informa Wikipedia, creo haber leído en algún otro sitio una lista más extensa y, si cabe, con aún más lustre) y que sirvió de inspiración al nombre de mi banda favorita: The Gaslight Anthem, de la que ya he escrito en alguna ocasión en estas páginas.


El punto fuerte, en mi opinión, llega con las historia de Heath Ledger y Cate Blanchett. Ledger es un actor que está grabando una película sobre la vida de Jake Rollins, el cantante folk interpretado al mismo tiempo por Christian Bale, que conoce a una artista francesa – papel que es interpretado por Charlotte Gainsbourg – cenando durante el rodaje de la película. El romance es instantáneo, evocándose en algunas escenas la portada del disco de 1963 The Freewheelin’ Bob Dylan (el único disco original que, de momento, tengo de Dylan). El matrimonio se rompe años después y comienza una turbia pelea por la custodia de las dos niñas que tuvieron (reflejo de los problemas que experimentó el propio Dylan durante el divorcio de su primera mujer). Blanchett encarna a Judy Quinn otro cantante folk que se atreve a utilizar una guitarra eléctrica para disgusto – siendo suaves - de sus seguidores durante el festival de música de Nueva Inglaterra (tal y como le sucedió a Dylan en 1965 durante el festival de Newport Beach). Posteriormente Quinn viaja a Londres donde tiene que soportar la evolución constante del público – llegando a ser tachado de Judas durante una actuación, a semejanza de lo que, de nuevo, le ocurrió a Dylan en Manchester – viendo finalmente como el reportero cultural de la BCC, Keenan Jones, realiza un reportaje nada amable de su figura, descubriendo al mundo sus orígenes de clase media.

Hay un fragmento en esta historia bastante psicodélico en el que Quinn aparece saltando y corriendo por un parque con The Beatles (bajo un humo sospechoso), con el poeta Allen Ginsberg mientras ambos van en diferentes coches por la ciudad y, finalmente, en una fiesta junto a Brian Jones (de los Rolling Stones) y algún otro personaje que se asemeja a Andy Warhol.

La película se cierra con Richard Gere interpretando a un viejo Billy el Niño (Bob Dylan actuó y se encargó de la banda sonora de la película del mismo nombre dirigida por Sam Peckinpah en 1973) que lucha, sin demasiado éxito contra la construcción de una autopista que amenaza con acabar con el condado de Riddle y con las personas que allí habitan. Finalmente, y con esto se cierra la película, Gere sube a un tren donde encuentra la guitarra que tocaba el pequeño Guthrie al comienzo del filme.
 

sábado, 7 de abril de 2012

Matar a un Ruiseñor (1962)

Tengo esto medio abandonado. Mezcla de vida ajetreada y pocas ganas de dedicar tiempo a escribir sobre cualquier cosa. Recuerdo que cuando empecé con este me autoimpuse la obligación de mantener el blog actualizado y de escribir cada semana aproximadamente. Menudo iluso.

Tampoco me he encontrado con nada interesante en estas semanas, al menos lo suficientemente interesante para que me llevase a escribir algo aquí. Todo tiene su lado bueno y esta sequía no iba a ser menos: me noto más benevolente con las chorradas que en forma de columna leo diaria o semanalmente en los periódicos. Debe ser duro aparentar que se sabe de todo y tener que escribir algo día sí y día también.

Pero un poco de desidia por mi parte también ha existido. No se explica, si no es por eso, cómo he podido obviar el vigésimo aniversario del fallecimiento de Juan Gómez, Juanito, o el trigésimo del inicio de la Guerra de las Malvinas (recordado hasta la saciedad en la prensa el fin de semana pasado: argentinos dictadores malos, Thatcher con unos cojones muy grandes, bla bla bla). En cualquier caso, para el tema de Juanito hay un reportaje de Informe Robinson (se puede ver en internet) muy bueno y para la Guerra de las Malvinas, pues hace unas semanas vi Iluminados por el Fuego, la película argentina que trata el conflicto desde la perspectiva de los veteranos que, a semejanza de la Guerra de Vietnam, vuelvan a casa tras la derrota encontrando sólo silencio y olvido a su paso. Es una buena película y mejor aún fue verla con subtítulos en inglés ya que de vez en cuando era incapaz de entender algunas expresiones porteñas.

La semana santa me ha dado algo de tiempo libre que entre otras cosas, como ordenar algunos asuntos o descubrir a Sam Cooke, me ha permitido ver Matar a un Ruiseñor, la película de 1962 protagonizada por Gregory Peck que está basada en la novela homónima de Harper Lee que, a su vez, fue galardonada con el premio Pulitzer.


Estamos en los años treinta, en el Sur de los Estados Unidos, y Atticus Finch (Peck) trabaja como abogado en un pequeño pueblo mientras se ocupa en exclusiva de sus hijos de seis y diez años en solitario al haber fallecido su madre hace ya algún tiempo. La vida transcurre relativamente apacible – los niños pasan el verano jugando en la calle e investigado la casa de unos vecinos enigmáticos – dentro de la pobreza general – un campesino paga en especio a Atticus una deuda derivada de la defensa que éste le proporcionó en un pleito pasado – hasta que el abogado decide aceptar la defensa de Tim Robinson, un negro acusado de haber apaleado y forzado a una muchacha blanca.

Desde el principio es evidente que se trata de un encargo de riesgo. Atticus tiene que enfrentarse a la incomprensión y, en algunos casos, a la violencia de sus vecinos, que no entienden no ya como es posible que ese ejemplo de moralidad que es el señor Finch haya no sólo decidido defender al acusado negro, si no ya dar algo de crédito a la versión de este. En la vista del juicio queda claro que el caso tiene demasiadas lagunas. A pesar del buen hacer del abogado, estamos en los años treinta, en el sur, y la palabra de un blanco vale sigue valiendo más que la de un negro.

Esta película me ha recordado a La Ley del Silencio (de Elia Kazan y protagonizada por Marlon Brando, la vi el año pasado y hablé de ella aquí) por la temática – protagonista que persigue el bien a pesar de los obstáculos que encuentra en su entorno – los estibadores del puerto en un caso, los vecinos del pueblo en otro. Matar a un ruiseñor, a pesar de prolongarse un poco más de dos horas, no se me hizo larga en absoluto.


Y ya era hora de tener algo de suerte con el cine o la televisión. Últimamente he pinchado un poco con Tinker, Tailor, Soldier, Spy (en español se ha llamado El Topo), la típica película de espías – en este caso ambientada en la Europa de los años setenta – que me encanta pero que no consiguió impactarme mucho. No es descartable que parte de la culpa sea la dificultad que tuve para seguir todos los diálogos (me faltaron los subtítulos). También pinché, en este caso mucho, con J. Edgar, lo que los entendidos llaman biopic (película biográfica) de Clint Eastwood sobre J. Edgar Hoover, el que fuera director del FBI durante buena parte del siglo veinte y considerado por muchos uno de los hombres más importantes de Estados Unidos, en algunos casos, con mayor poder que el presidente de turno. De aquí sólo me quedo con el papel de Leonardo DiCaprio, que interpreta a Hoover a lo largo de toda su vida, hasta su vejez. Además de la ya mencionada Iluminados por el Fuego (que se puede ver) en esta semana santa he caído en las garras de Homeland, la serie americana estrenada en otoño del pasado año sobre Nicholas Brody, un marine que tras pasar detenido en Iraq ocho años es encontrado por fuerzas especiales y enviado de regreso a casa.

La tématica me parecia interesante y soy fan de Damian Lewis, el actor que interpreta al sargento Brody, desde que hizo de Richard Winters en Hermanos de Sangre. El problema, la CIA tiene la sospecha de que Brody ha podido pasarse al enemigo y formar parte de una célula terrorista preparada para atacar en suelo americano. He visto la serie entera – 12 capítulos tiene esta primera temporada y, seguramente, habrá más – a pesar que desde el tercero ya se venía venir que lo que parecía una buena idea se estaba convirtiendo en una fantasmada de serie. A riesgo de parecer un snob, no sé si podré ver alguna serie de televisión más tras haber visto The Wire. ¡Maldita HBO!

 Nicholas Brody.

martes, 6 de diciembre de 2011

PJ20


I mean sure I can read it, you know, and I read it. I read it on the airplanes. But I don’t take it seriously. If I want to find anything I’m not gonna read Time Magazine. I’m not gonna read Newsweek. I’m not gonna read any of these magazines. I mean, ‘cause they’ve just got too much to lose by printing the truth. Bob Dylan

Acabo de ver Pearl Jam Twenty, el pedazo de documental dirigido por Cameron Crowe sobre los primeros veinte años de esa banda de Seattle, y he tenido que venir aquí directo a escribir sobre ello. Cuando acabe (será algo corto y malo, como siempre), iré a Amazon a comprar algún trabajo de este grupo al que hasta ahora he sometido a un inmerecido ostracismo. Cada vez escribo más finolis.

 Los miembros de Pearl Jam, recientemente.

El documental describe el nacimiento de esta banda dentro de la escena grunge del Seattle de finales de los ochenta y principios de los noventa, el crecimiento estratosférico hacía el estrellato absoluto y el camino, siempre fiel a ellos mismos, que tomaron desde entonces y que les ha valido el conservar un público extremadamente fiel aunque quizá no tan numeroso como a mitad de los años noventa.

Cameron Crowe, que en aquella época era periodista de la revista Rolling Stone, creo que muestra muy bien como era Seattle en aquellos años, con multitud de bandas que parecían hermanos, puesto que los cantantes se conocían entre ellos y tocaban casi todos los días. Hablar de Pearl Jam obliga a hacerlo de Mother Love Bone, banda liderada por el carismático Andrew Wood. Wood murió de sobredosis y dos de los miembros de la banda, Jeff Ament y Stone Gossard, formaron Pearl Jam tras contactar con Eddie Vedder, el vocalista, que por aquel entonces trabajaba en Los Angeles como vigilante de seguridad.

Mother Love Bone


En esta primera parte del documental (lleno siempre de documentos que no habían visto la luz antes) se observa el rápido ascenso a la fama del grupo, primero en Seattle y alrededores (imprescindibles las imágenes con Kurt Cobain) y luego a nivel nacional. El desfase en esos primeros conciertos era evidente y como muestra vale el concierto que dieron en la presentación de la película Singles, dirigida por Crowe y que cuenta con su State of Love and Trust en la banda sonora.

Como decía, pronto llega el éxito nacional. Pearl Jam aparece en todos los noticiarios y programas de televisión, Eddie Vedder sale en portada de la revista Time, la prensa les agobia y ellos quieren desaparecer. Las drogas hacen su aparición en el grupo y, en estas, aparece el gran Neil Young, uncle Neil como le llama Eddie, y les lleva de gira por Europa. Era la figura adulta que necesitaban.




Destacable también – quizá porque he sido víctima hace poco de estos sinvergüenzas – el apartado que el documental dedica a su enfrentamiento con Ticketmaster por considerar que cobraban (y siguen haciéndolo, por cierto) unas comisiones desproporcionadas por un servicio inexistente, lo que les llevo incluso a liderar un boicot y a hacer una gira en sitios alternativos fuera del alcance de los tentáculos de esta empresa.

La parte final del documental se centra en estudiar más a fondo la personalidad de sus miembros, adentrándose en el camino seguido, lejos del estrellato ganado en sus inicios, pero fiel a sus ideas lo que les ha permitido seguir contando con un público prácticamente inseparable. El documental me ha gustado mucho y creo que a los fans les gustará aún más, no sólo por lo que se cuenta sino por la cantidad de material “de calidad” que se ha utilizado en el mismo. Y ahora voy directo a Amazon, no sé si comprarme Ten, Vs., Vitalogy o los tres.

domingo, 4 de septiembre de 2011

The Wrestler



Ayer vi en el Cine Doré The Wrestler, la película de 2008 dirigida por Darren Aronofsky y protagonizada por Mickey Rourke, Marisa Tomei y Evan Rachel Wood que, entre otros, ganó el León de Oro del Festival de Venecia.

A pesar de que el nombre no dejaba lugar a dudas, entré al cine convencido de que iba a ver una película de boxeo. Lo cierto es que el protagonista no es boxeador sino, evidentemente, luchador profesional (de aquella mítica lucha libre que tanta fama tuvo en los años noventa, con Hulk Hogan y compañía).

Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) es un viejo luchador al que su tiempo de gloria – los años ochenta – le queda ya muy lejos. Sobrevive luchando en circuitos independientes, en pueblos pequeños de Nueva Jersey, con pocos asistentes y, por tanto, pocos ingresos y con un trabajo a tiempo parcial de reponedor en el supermercado del pueblo. Vive en una casa pórtatil aunque las deudas le acechan y más de una vez ha tenido que pasar la noche en su furgoneta. Su casero no le fía y el supervisor del supermercado se mofa de sus combates de fin de semana, parece que sólo los niños del barrio sienten aún admiración por el héroe que, en su momento, fue.

Randy está viejo para combatir pero no sabe hacer otra cosa. La espalda, las rodillas, los codos; no hay calmante que le alivie el dolor y, además, hace uso de esteroides para mantener el cuerpo. Tras un duro combate recibe la señal – un infarto – que le obliga a replantearse su vida. Tras el bypass debe dejar la lucha libre. Consigue un empleo a tiempo completo en el supermercado en el que ya trabajaba e intenta retomar el contacto con su hija a la que hace años que no ve. Los últimos veinte o treinta minutos son para mí apoteósicos. Él intenta “socializarse”, pero el rechazo de Cassidy, una stripper con la que tiene amistad, tras sus acercamientos desata una tormenta que le hace retomar aquello que le hizo feliz.

Gran papel de Mickey Rourke, que comparte características con Randy ya que, por una parte, fue boxeador en los años noventa (gracias a ello y a un cirujano torpe debemos su rostro) y, por otra, The Wrestler era su segunda película en los círculos comerciales en casi veinte años tras retirarse por primera vez, protagonizando una “vuelta” como la de Randy tras veinte años de su último gran combate. Lo dicho, película que hace pensar, con momentos graciosos (Randy de charcutero no tiene desperdicio) y buena, muy buena música. Sólo el discurso final (que incluyo a continuación) merece ver la película:

sábado, 27 de agosto de 2011

Too Big To Fail: una historia de la crisis financiera internacional.



Too Big To Fail es un documental estrenado en la cadena televisión HBO a principios de este año que trata sobre la crisis financiera internacional iniciada en 2007 centrándose en la crisis alrededor del banco de inversión norteamericano Lehman Brothers.

Como todo lo que sale de esa casa, este producto está muy cuidado. Está basado en un libro del mismo nombre de Andrew Ross Sorkin (un periodista del New York Times que, que yo sepa, no guarda relación con el guionista Aaron Sorkin) y dirigada por Curtis Hanson (director de L.A. Confidential). En el reparto hay que destacar a William Hurt (bordando el papel de Hank Paulson, secretario del Tesoro), Paul Giamatti (brillantemente caracterizado como Ben Bernanke – presidente de la Reserva Federal – y que a mí me sorprendió por primera vez hace ya unos años en su papel de John Adams en la serie del mismo nombre, también de la HBO), James Woods (como Dick Fuld, jefe de Lehman que no quería ver la realidad), Bill Pullman (Jamie Dimon, jefe de JP Morgan Chase) o Cynthia Nixon (asesora del secretario del Tesoro).

Como decía, el documental narra la crisis del 2008 focalizando su atención en la caída de Lehman Brothers desde la perspectiva de la actuación de la secretaría del Tesoro estadounidense. Las idas y venidas de Paulson con su equipo, con Ben Bernanke, con Timothy Geithner (presidente en ese momento de la Reserva Federal de Nueva York – la mayor de las doce que componen el sistema – y posterior sustituto de Paulson como secretario del Tesoro en la administración Obama), la relación con sus homólogos extranjeros (reguladores en Reino Unido y con la Ministra de Finanzas de Francia) y con la cúpula de los grandes bancos de Wall Street ocupan la práctica totalidad de la película.

Ya desde el principio, cuando vemos a los presidentes Reagan, Clinton y Bush hijo durante la firma de leyes consideradas beneficiosas para la banca o dando discursos contrarios a la excesiva regulación del sector, queda claro el hilo argumental que se repetirá varias veces a lo largo de la película. Estoy cansado de oír siempre la misma historia en la que sólo hay un malo, la banca, que además está forrada de dinero. Siendo evidentes los errores que se cometieron en los años anteriores a la crisis, me cuesta pensar que todo el mundo hiciese la vista gorda ante lo que se venía encima “porque estaban ganando mucho dinero”. Podían haber ganado menos dinero y seguir ganándolo ahora, digo yo. Por supuesto que lo hicieron mal, que se evaluó mal el riesgo de lo que había en balance de los grandes bancos y que eso trajo el caos. Todos los días vimos, vemos, como la culpa es de Wall Street, pero me gustaría ver más a menudo como se glosan los pecados de main street que, evidentemente, los hubo también. Todo ello, no olvidemos, en el seno de un sector que, a nivel mundial, puede ser el más regulado que existe: yo mismo podría poner un bar hoy en día – si tuviese ahorros para ello – y cobrar las cañas a lo que quisiese; lamentablemente no puedo poner un banco – tengo que cumplir unos requisitos especiales para ello y reunir una serie de características – ni, mucho menos, tengo libertad absoluta a la hora de poner precio a los servicios que ofrezco (¿por qué si nos parece una extralimitación que el Estado regule el precio de las cañas no tenemos la misma opinión cuando ese mismo sujeto fija – arbitrariamente – el precio del dinero?). Bueno, que yo venía a comentar la película y no a soltar bilis sobre el sistema y/o la sociedad (hay una escena bastante concluyente en la que el presidente de General Electric – un conglomerado estadounidense que tiene prácticamente de todo – llama a Hank Paulson tras la crisis de crédito producida por la quiebra de Lehman exigiéndole que tome alguna medida ya que General Electric no está consiguiendo liquidez para financiar sus operaciones diarias; cuando nuestro sistema está basado en el crédito para la más simple o rutinaria de las actividades es que algo está fallando).


Dejando a un lado todas estas consideraciones, la película me parece bastante buena. En general se entiende bien sin subtítulos – aunque para alguien que no esté habituado al lenguaje financiero le será difícil comprender algunas partes – y la tensión se mantiene durante los poco más de noventa minutos de duración fruto, supongo, del caos e incertidumbre que se vivió en esos días. Todo ello aderezado con alguna nota de humor (protagonizando Warren Buffet una de ellas).

sábado, 23 de julio de 2011

Wristcutters: a love story

A veces me pregunto qué es lo que pasa por la mente de los suicidas. Creo haber leído que, en España, hay más muertos por suicidios que por accidentes de tráfico (el silencio de los medios sobre este asunto puede hacernos olvidar su existencia). Quizá por ello o tal vez porque actuaba el gran Tom Waits me decidí a ver la película independiente Wristcutters: a love story, del director croata Goran Dukic. No tenía muchas expectativas de encontrar una respuesta sobre mi pregunta inicial ya que sabía de antemano que la película era una comedia negra pero, una vez vista, he quedado bastante satisfecho con la misma. De vez en cuando apetece ver algo que no tiene ninguna aspiración y que, sin embargo, consigue transmitirte algo.

La película comienza con el protagonista, Zia, poniendo en el tocadiscos Death and Lonely del mencionado Waits tras despertarse. Ordena su cuarto que está hecho una pocilga y, una vez acabado, hace honor al título del filme.

¿Y qué sucede después? ¿Adónde va? Pues a un mundo idéntico al que acaba de dejar, solo que más triste (nadie sonríe), anodino y gris. Ah, y sólo poblado por suicidas. Aquí Zia pasa los días bien tirado en la cama o bien trabajando en la pizzería donde su compañero de piso, un austriaco grandullón con un pequeño moratón circular en la sien que da idea de la forma elegida para llegar a este mundo, le buscó una ocupación. Por las noches suele frecuentar un local donde conoce a Eugene (mientras suena Love will tear us apart, de Joy Division, cuyo cantante también cometió suicidio; posteriormente compruebo en la wikipedia que también estaba sonando Deathwish de Christian Death, cuyo líder corrió la misma suerte que Ian Curtis) un cantante de rock – menuda forma más original de suicidarse – que está acompañado por toda su familia en esta nueva etapa (sus padres y su hermano menor).

En una visita habitual al supermercado, Zia se encuentra con un viejo amigo que le informa de que su ex novia, Desiree (probablemente la causa del suicidio de Zia), está también aquí con ellos. Así que Zia tarda poco en convencer a Eugene a emprender un viaje en el viejo y destartalado coche de este último para buscarla.

El grado de surrealismo del viaje no para de crecer, especialmente con la incorporación de Mikal, una chica a la que ambos recogen haciendo autostop y que no para de explicar a todo el que se encuentra que está en este mundo por error y que quiere hablar con quién este al mando (people in charge o, simplemente, P.I.C.). El zénit del viaje coincide con la aparición de Kneller (Tom Waits), una especie de líder de una pequeña comunidad donde los milagros (gente levitando, colores que cambian, cerillas que vuelan) son el pan nuestro de cada día.


Cuando parece que la película se está estropeando – tanto surrealismo no es bueno – se produce un giro inesperado que permite la finalización con una sonrisa, al menos en mi caso. Y es que se trata de una película sin pretensiones, divertida, con buena música, que, además, se puede ver bien en inglés ya que los diálogos no son ni muy rápidos ni muy enrevesados.

sábado, 11 de junio de 2011

Into the Wild (2007)

“Rather than love, than money, than fame, give me truth.” Thoreau



El fin de semana pasado, en un momento de aburrimiento, me puse a cotillear el twitter de Esteban Granero, canterano del Real Madrid. La verdad es que la imagen de dandy que cultiva – le llaman el pirata por su barba y su aire desaliñado – le hace justicia. En los últimos días había realizado en la red social comentarios sobre el programa Redes, citado a San Juan de la Cruz y había enlazado vídeos de Bob Dylan (con ocasión de su cumpleaños), Leonard Cohen (y su mítico Hallelujah, que fue objeto de una de mis primeras entradas aquí) y una canción de Eddie Vedder que se llama Society.

La canción quizá sea la más conocida de la banda sonora de la película Into the wild, íntegramente compuesta por Vedder, el líder de la banda Pearl Jam. Leí un poco sobre esa película y tarde poco – no hace ni una semana que descubrí el twitter de Granero, repito – en bajármela y verla. 

La película está basada en la historia real de Christopher McCandless quien, tras graduarse en la Universidad de Emory, decide romper con su vida, con su familia y, en definitiva, con la sociedad, y lanzarse a la aventura, viviendo por si mismo y combinando pequeños trabajos esporádicos que le llevarán por lugares tan variopintos como Arizona, Dakota del Sur, México (en una travesía en kayak por el río Colorado), Los Ángeles y el norte de California para llegar, finalmente, a Alaska.

 McCandless en su "casa" de Alaska

Me gustó la película si bien me parece algo larga (dos horas y media), recreándose demasiado para mi gusto en aspectos triviales de la aventura. McCandless estaba influenciado por escritores como Jack London y Henry Thoreau y, a semejanza de este último, intentaba con esta aventura hacer un ejercicio de separación del mundo que le rodea para así poder conocerse más a sí mismo. 

Este viaje, especialmente en la etapa de Alaska, muestra a mi parecer cómo nos complicamos la vida nosotros mismos, con lo fácil que es vivir prácticamente sin nada. No creo que haya que llevar las cosas al extremo como ocurre en la película (no hace falta irse a Alaska prácticamente sin nada: sin mapas, víveres, etc.) pero muchas veces nos complicamos la existencia y sufrimos por cosas superfluas. 

No obstante, como se muestra en la película, la naturaleza no es siempre amable y al final nuestro protagonista descubre que la verdadera felicidad sólo puede encontrarse cuando es compartida, cosa con la que estoy bastante de acuerdo.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La Ley del Silencio

La Ley del Silencio (el título original es On the Waterfront) es una película del director norteamericano de origen griego Elia Kazan, que está protagonizada por Marlon Brando y Eva Marie Saint.


La película pivota sobre la vida en el puerto de Nueva York. Allí, Johnny Friendly dirige con mano de hierro el sindicato de estibadores y, al mismo tiempo, tiene ciertos lazos con la mafia que le proporcionan un paraguas para sus actividades ilícitas. Terry Malloy (Marlon Brando) es un trabajador del puerto que, gracias a que su hermano es el abogado de Johnny, consigue también trabajo de vez en cuando haciendo chapuzillas para éste (y ya nos podemos imaginar qué tipo de chapuzas puede hacer).

Todo cambia cuando conoce a Edie (Eva Marie Saint) y se da cuenta de que es la hermana de su última víctima. Ahí comienza un período de transformación interna que le lleva a rebelarse y a luchar, no sin dificultades, contra Johnny Friendly y sus compinches.


Me he enterado ahora que esta película fue realizada por Elia Kazan justo después de testificar en la Comisión McCarthy – la conocida como caza de bruzas – contra varios de sus compañeros por comunistas, generando una amplia polémica. Brando, en la película, rompe con sus amigos, con su pasado, con la vida que había conocido hasta ese momento y lo hace de manera tajante. Algunos vieron en esta película una justificación de la posición que Kazan tomó en la caza de bruzas.

La película es buena y desde aquí la recomiendo, si no hay reparos en ver cine en blanco y negro de los años cincuenta. Además, la película dejó para la historia una de las mejores escenas del cine (quizá esta escena haya sido el motivo de que yo me haya decido a verla, en cualquier caso, ha sido una buena elección):




Otro clásico menos en la lista de pendientes. Probablemente cuando publique esto -  a veces me da por escribir y voy programando las entradas - ya haya visto otro más puesto que me he bajado Grupo Salvaje (The Wild Bunch), un western que tiene muy buena pinta. Por si fuera poco, este mes la Filmoteca tiene buena programación de nuevo y quizá me acerque a ver otro clásico que también está en la citada lista de cosas pendientes.

jueves, 28 de abril de 2011

El Manantial

El Manantial es una película de King Vidor, realizada en 1949 y protagonizada por Gary Cooper y Patricia Neal, que está basada en la novela homónima de Ayn Rand.



Me bajé la película hace aproximadamente un mes ya que la proyectaron en el mes de Marzo en la Filmoteca. Generalmente me cuesta un poco ir allí así que veo la programación de cada mes y de allí saco ideas para ver películas en mi casa. Como decía, la película llevaba ya algún tiempo en el disco duro de mi ordenador. Me acordé de ella el otro día cuando leí que en Estados Unidos iban a estrenar Atlas Shrugged, otra película basada en una novela de Ayn Rand (el título en español de la novela es La Rebelión del Atlas), y decidí ver El Manantial. Anteriormente ya había leído críticas de la misma que no eran buenas (en comparación con el libro) pero como yo no he leído el libro pensé que no tenía nada que perder.

La historia de El Manantial es la de Howard Roark, un arquitecto que se mantiene fiel a su idea de la arquitectura y, por ello, lucha contra todo: sus amigos, compañeros de profesión, la crítica de la prensa, etc. Ser fiel a uno mismo le lleva, al principio, a pasar penurias e incluso a tener que trabajar en una cantera al no tener nadie que quiera contratarle para que diseñe edificios. Roark es un hombre íntegro, individualista, que no pretende coaccionar o poner de su parte a los demás, en contraposición a otros personajes que van apareciendo en la película (otros arquitectos, críticos de periódicos, etc.) que carecen de coherencia o lealtad a unas ideas en cuanto se encuentran en una situación en la que éstas pueden verse en peligro.

Junto a esto, hay un triángulo amoroso que le da un poco de pimienta a la historia y que recalca las ideas generales de la misma. Parece ser que, a pesar de que Ayn Rand impuso un férreo control sobre el guión de la película (a semejanza de Roark a la hora de presentar los diseños de los edificios, cuando exigía únicamente que se respetase el diseño que él había hecho y que no se incorporasen modificaciones), los admiradores del libro no quedaron muy contentos con el resultado final (por ejemplo, el papel de Roark debía haber ido para un actor no tan maduro como Gary Cooper, algo mayor en el momento de la realización de la película). A mí me ha parecido una película interesante, que presenta una problemática cuya importancia no es menor actualmente, como es la disquisición entre individuo y sociedad.

Dejo aquí un video sobre el juicio final en el que se resume esta problemática (quizá algo simplificada):

miércoles, 30 de marzo de 2011

The Wire


If a tree doesn't bend, it breaks. But if it bends too much, it's already broken Cedric Daniels

Este último fin de semana di la puntilla a The Wire con los últimos cinco capítulos. La sensación de vacío que tengo ahora no la había experimentado casi nunca, creo.  Quiero escribir sobre esta serie pero la verdad es que no sé cómo hacerlo.



Empecé a verla un día de Marzo de 2009, me acuerdo. Vi el primer capítulo de manera online…y ahí lo dejé. El capítulo estaba bien, pero no te dejaba con la intriga propia de otras series. Supongo que aparqué el proyecto a esperas de mejor ocasión. Creo que la primera temporada la vi a principios del año pasado. Y me gustó. Dejé pasar el tiempo y creo que la segunda temporada la comencé a ver en el verano. Paré a los dos o tres capítulos y lo retomé a final de año. Ahí ya sabía que iba a ver esta serie hasta el final. Sólo tenía que dejar pasar un tiempo prudencial entre temporada y temporada porque, una vez empiezas, no hay forma de parar hasta ver la temporada entera. Y, repito, esta serie no está concebida para provocar al espectador la intriga de, por ejemplo, Prison Break. Las tres últimas temporadas (unos diez o doce capítulos de una hora de duración cada uno) las he visto en lo que llevamos de 2011.

Vaya, dos párrafos y aún no sé cómo voy a escribir lo que quiero escribir. Lo primero que quiero decir, por si alguien lee esto, es que si va a ver la serie que lo haga con subtítulos al menos. Hace ya algunos años que deje de ver televisión y todo lo que veo, ya sea cine o series, es en versión original. Creo que esto empezó precisamente con Prison Break. Así que primero fue con subtítulos en español, luego en inglés y finalmente, en parte porque yo lo valgo y en parte por vaguería, sin subtítulos. A pelo. Pues bien, con The Wire no hagáis esto, niños. A no ser que me sorprendáis y estéis muy duchos en el slang de West Baltimore, creo que es bastante probable que no tengáis el oído acostumbrado al lenguaje habitual del narcotraficante Baltimoriano. Las dos últimas temporadas las he visto con subtítulos y he de decir que el aprovechamiento de la serie ha sido mucho mayor.

Bueno, vamos al grano. La serie está compuesta de cinco temporadas de unos diez capítulos cada uno de una hora de duración. Está ambientada en la ciudad de Baltimore y, si bien cada temporada tiene un foco especial en algún grupo o alguna característica de la ciudad, creo que puedo decir que gira en torno a la policía de la ciudad, el negocio de la droga y la actuación de los políticos. La segunda temporada se centra más en la vida en el puerto, la tercera en las cañerías del poder, en la cuarta se ve el problema de las drogas desde los colegios y en la quinta adquiere protagonismo los medios de comunicación, en concreto los conflictos que se viven en el diario Baltimore Sun, que no pasa por sus mejores momentos y en el que los despidos son habituales, donde se observa una lucha entre periodistas que no dudan en mantener la honestidad y otros que se lanzan a la búsqueda de la publicidad sacrificando la veracidad de sus historias.

Voy a intentar no profundizar mucho en las tramas de cada temporada, para no fastidiar a alguno que piense verla (y que esté leyendo esto). Lo que me gusta de la serie y lo que creo que la diferencia del resto de las series de televisión es su capacidad por captar la realidad. Es una serie en gran parte policiaca pero no queda dentro de los esquemas tradicionales de crimen+investigación+resolución, típico de otros productos (me estoy acordando ahora de CSI, por ejemplo). Aquí hay que sentarse tranquilamente, empezar a ver la serie, dejar que las tramas se vayan desarrollando. Las cosas pasarán cuando tengan que pasar, así que podemos estar una hora viendo un capítulo y que no transcurra “nada”, aunque esto no es del todo cierto. Pero bueno, la vida es así, ¿no? Hay que esperar durante mucho tiempo para que pasen cosas importantes.

Otro ejemplo de la realidad que impregna esta serie lo encontramos en sus personajes y sus historias. Aquí los policías se emborrachan por la noche, se equivocan, llegan tarde cuando hay un crimen, etc. La perfección no existe. El señor de la droga de Baltimore va a la Universidad por la noche y lee a Adam Smith. El personaje preferido de Barack Obama es Omar Little, una especie de Robin Hood de Baltimore. Un hombre que se dedica a robar a camellos y narcotraficantes como medio de vida. Y es homosexual. 

Yo! Omar's comin' yo!

El personaje que quizá mejor resume la serie es el detective Jimmy McNulty. Pasa las noches borracho con su compañero de andanzas Bunk ya sea en el bar irlandés de policías en el que se reúnen o en las vías del tren. Durante el día, cuando no está discutiendo las órdenes de sus superiores y a veces con sus compañeros, se dedica a resolver casos, para lo que tiene un talento indiscutible. Talento que no disfraza su incapacidad para mantener una relación más allá de un par de horas. Tiene una especie de aire de superioridad o de sensación de que todo el mundo está contra él que le hace vulnerable.

 Jimmy McNulty

Me gustaría resaltar también la valentía de los temas tratados. Ya en el primer capítulo Carver y Herc aparecen discutiendo sobre lo que están haciendo dejan bien claro que no vamos a ver una serie llena de clichés: 




Este tema es prácticamente una constante a lo largo de toda la serie. En un capítulo un simple camello se pregunta por qué les persigue la policía. Discute con un compañero si es por las muertes (violentas) que vienen aparejadas al tráfico de drogas. Concluyen que ellos no son  sino empresarios y desean que la policía les deje en paz y no les moleste mientras están trabajando.

Más adelante, es el Mayor Colvin, jefe de un distrito policial, el que le echa valor y, antes las necesidades de disminuir la tasa de criminalidad (estamos en campaña electoral), decide legalizar de facto el tráfico de drogas (ver el capítulo Hamsterdam y siguientes) en unas determinadas zonas de su distrito. El resultado es que el resto del barrio recobra la vida, la gente sale a las calles, los niños pueden jugar y los vecinos se ocupan de adecentar su trozo de vía pública.

No me quiero extender mucho más para que esto no se convierta en un ladrillo infumable. Sólo comentar que también me parece original la utilización que hacen de la música. Salvo en los montajes de final de temporada (y en la canción de los créditos iniciales, que se trata de “Way Down In The Hole” de Tom Waits interpretada por diferentes cantantes en cada temporada) la música siempre aparece dentro de la escena: bien sea un personaje que la tararea, una radio de un coche o la televisión. Me parece que son detalles muy bien cuidados.


Al detective Roland "Prez" Pryzbylewski le gusta Johhny Cash

Bueno, pues eso, a ver la serie.

domingo, 6 de marzo de 2011

Season endings

Acabé ayer de ver la tercera temporada de The Wire y me veo casi obligado a poner aquí los últimos minutos del capítulo final. Son unos pocos minutos en el que nos cuentan qué pasa con todos los que me han tenido en vilo en las últimas trece horas una vez acabada la temporada. Me pareció muy bueno, incluso mejor que aquéllos finales de The West Wing y eso que siempre me encantó la selección musical que tenía aquella serie (especialmente para los finales de temporada) pero hay que reconocer que The Wire es incluso superior. Creo en parte que es porque The Wire es lo más parecido a la realidad que he visto nunca en televisión. No es una serie "al uso". Pero bueno, de eso ya hablaré cuando me ventile las dos temporadas que me quedan y que me temo que va a ser pronto (y digo me temo porque no pueden ser buenas las panzadas que me estoy metiendo a ver capítulos). Bueno, aquí van esos minutos, la canción es Fast Train en voz de Solomon Burke:


Como decía, The West Wing también trataba muy bien este tipo de finales. Dejo aquí el de la segunda temporada. Un día de perros, tras el funeral de la Señora Landingham (o como se escriba, pero la secretaría del presidente me encantaba, sobre todo cuando ofrecía caramelos a unos colaboradores del presidente y se los negaba a otros), el presidente se dirige a la prensa, puesto que se acaba de filtrar que tiene esclerosis múltiple y hay una pregunta en el aire: ¿buscará la reelección? La música es Brothers in Arms de los Dire Straits:



sábado, 19 de febrero de 2011

Autokratie


Ayer viernes vi La Ola, una película alemana del año 2008 basada en el experimento “La Tercera Ola”, que fue llevado a cabo en un instituto de California en la década de los sesenta. El objeto de dicho proyecto era mostrar el peligro de que movimientos totalitarios pudiesen nacer de nuevo en el seno de sociedades libres y democráticas.

En la película, un profesor de un instituto alemán tiene que dar un curso de una semana sobre Autocracia. Sus métodos no son muy ortodoxos y, ya desde el principio, busca la reflexión y la participación activa de sus alumnos. Todos ellos niegan la posibilidad de que un movimiento autoritario pueda enraizar en su sociedad. El profesor, provocativo, inicia un experimento: a partir de ese momento, durante toda la semana, en su clase se actuará conforme a las reglas del movimiento que acaba de crear y del que es líder. Al principio son aspectos muy sencillos: tratar de usted al profesor, levantarse para hablar, sentarse erguido. Enseguida las cosas empeoran – uniforme, saludos, símbolos propios – y el experimento no tarda en sobrepasar el ámbito de la clase. 




El profesor Weigner (La Ola) no es tan diferente al Señor Keating

No contaré más sobre la historia, por si acaso. Pero es una película que da que pensar. ¿Sería posible que sucediese eso aquí y ahora? ¿Es posible que una mayoría aborregada sea cautiva de algún charlatán que aparezca de un día para otro? ¿O una minoría activa – pero igualmente equivocada – pueda provocar el mismo efecto? ¿Tengo yo razón o quizá esté desatinado?


En cualquier caso, sí tengo clara una cosa. Hemos sido criados para reconfortarnos en el calor de la masa, cualquier atisbo de iniciativa propia es visto con recelo por la sociedad, que espera ansiosa nuestro fracaso para burlarse, a ser posible a nuestras espaldas. En este contexto no es raro que mucha gente, aún siendo consciente de esto y teniendo muchas cosas que aportar (a ellos mismos, a sus amigos, a la sociedad), esté todavía hoy estática, inerme, temiendo el inevitable error y la desaprobación de quienes les rodean. ¡Qué fácil es hablar y qué difícil vencer ese miedo a actuar!

sábado, 18 de diciembre de 2010

Cine Doré

Hace un tiempo descubrí, por casualidad, que en Madrid existe una cosa que se llama Filmoteca Nacional, a la que puedes ir a ver cine...¡por sólo 2.5 euros! No son estrenos, son películas más o menos antiguas (¡o no!) que, en el mejor de los casos, podrás comprar en DVD o ver por la tele (si tienes capacidad de aguantar los anuncios, yo me di por vencido hace ya mucho tiempo).





La Filmoteca cuenta con el Cine Doré como el vehículo para mostrar sus fondos y también para proyectar películas extranjeras. Este cine fue construido en 1923 y, exitoso en sus primeros años, fue perdiendo fuelle pasando a convertirse en un cine de barrio, languideciendo poco a poco hasta su cierre en 1963. Casi 20 años más tarde, en 1982, el Ayuntamiento inicia los planes para recuperar el cine, puesto que el edificio en el que se ubica cuenta con gran valor artístico (la fachada es preciosa y la sala principal también, si bien los asientos son algo incómodos). Finalmente, las obras de modernización finalizan en 1989, lo que quiere decir que esta joya estaba aquí desde hace 21 años y yo no me he enterado hasta hace 21 días.


El cine dispone de dos salas y hay 3 o 4 proyecciones diarias. La programación cambia mensualmente (en Diciembre hay ciclos sobre Woody Allen, Chaplin, el centenario de la CNT, cine y deporte, los Goya, etc.) y, creo, cada mes hay dos posibilidades de ver cada película (estoy hablando de películas pero también hay documentales). Además de cine, también hay una cafetería que tiene muy buena pinta y una librería especializada...pero no puedo decir mucho más de ellas porque de momento sólo he estado una vez y no con el tiempo suficiente para parar ahí. Como tampoco puedo corroborar nada de los comentarios leídos por internet acerca de la elevada densidad de culturetas que circulan por esos ambientes (no digo que no los haya, digo que no lo aprecié).  El público es mayoritariamente aunque no exclusivamente joven y algo internacional. Por lo menos así era ayer.


Aprovechando el ciclo de Woody Allen, me acerqué a ver Hannah y sus hermanas (he de decir que todas las películas se proyectan en versión original subtituladas al español), protagonizada por Mia Farrow (Hannah), Michael Caine (su marido), Barbara Hershey (su hermana), Dianne Wiest (su otra hermana) y el propio Allen (su ex marido).



Apoyándose en las celebraciones de Acción de Gracias de esa peculiar familia a lo largo de tres años, la cinta muestra la vida de estas tres hermanas, sus maridos, sus ex maridos y sus padres, a modo de historias entrelazadas. Como denominador común, la fragilidad o inseguridad de los personajes (Max Von Sydow, que hace de marido de Lee, una de las hermanas, parece el único personaje que no sufre de problemas emocionales...aunque a costa de ser una persona completamente antisocial), los sueños rotos, las infidelidades, el miedo a la muerte y la búsqueda de una solución a esos problemas en la religión.

A pesar del dinamismo de la historia (mejor dicho, de las historias, que se separan y se vuelven a unir a lo largo de la película) y de los continuos gags (especialmente los del hipocondriaco Allen, pero no sólo esos), permanece un regusto amargo, como queriendo remarcar esa fragilidad de los personajes sin que parezca que haya una solución a los problemas (el final, que no desvelaré, me dejó esa impresión).

¡Y nada más por hoy! El cine se encuentra en la calle Santa Isabel 3 (ni a un minuto andando del metro Antón Martín), en una barrio muy curioso (para ser el centro de Madrid), con muchas tiendas de alimentos tipo mercado (sin escaparate de cristal), pero en la propia calle...además justo al lado hay una tienda de posters y carteles que tendré que saquear pronto para decorar mi cuarto.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Ira Levin, Los Nikis y DDT

¿Qué pueden tener en común un escritor americano del siglo XX, una banda madrileña de pop-punk de los años ochenta y un pesticida?

 Vamos a empezar por el final, que a veces es lo más útil. En este caso, DDT no es un pesticida. Me refiero aquí a otra banda, también madrileña, también de pop-punk, que, de momento, que yo sepa, no es muy conocida por los ambientes habituales (vamos, que me parece que no los ponen en los 40 Principales). Parece que hemos resuelto ya algunas incógnitas. Sigamos, ahora sí, por el principio.

 Ira Levin es un autor newyorquino fallecido hace tres años que no tiene un historial demasiado grande. Comenzó escribiendo guiones para cine y televisión y, posteriormente, algunas de sus novelas más importantes fueron llevadas a la gran pantalla. Es de esto de lo que quiero hablar aquí. 

El otro día vi Rosemary's Baby (en España se tradujo como La Semilla del Diablo), la que quizá sea la novela más conocida de este autor. La pelicula es de los años sesenta, está dirigida por Roman Polanski y protagonizada por Mia Farrow y John Cassavettes.  La película narra la historia de este joven matrimonio y de su ¿accidentado? embarazo en el marco de su nueva vida en el edificio Dakota de Nueva York, aprovechando los primeros éxitos de él como actor, gracias a alguna que otra carámbola. Es un clásico del género de terror y, a pesar de que pueda pensar que no provoca el miedo que otras películas menos viejas han provocado, lo cierto es que casi sin querer te vas acongojando con los señores Castevet - especialmente con ella, ¡qué arpía! -   que no son otros que los vecinos que les han tocado en suerte a nuestro matrimonio. Me pareció que la historia va creciendo conforme se va desarrollando y el final me cogío casi totalmente desprevenido. Y mira que la inquietante musiquita inicial ya avisaba de que nada bueno se podía esperar de esta historia. En general, recomiendo la película, me ha parecido entretenida  y, quizá, le dé una oportunidad al libro.


Otra opción más rápida al libro y a la película es oír esta canción...de los DDT:



Lo que más me gusta de este grupo es la crítica que hay en muchas de sus canciones: Tere se ha intoxicado, Vivir sin pagar, Salgo en la tele, Masacre en Marina D'Or, etc. No faltan tampoco canciones graciosas - sin que esto implique que las anteriores no lo sean - como Yo sólo bebo DYC o Adictos a mi consola y, personalmente, a mi me gustan también canciones como Increible hombre menguante (con esa mención del gran Tachenko) o Yuri Alekséyevich Gagarin.

Y junto a ellos están Los Ramones de Algete, como eran cariñosamente conocidos Los Nikis (si bien hay una corriente poderosa que afirma que los otros eran Los Nikis de Forrest Hills). Tras la archiconocida El Imperio Contraataca, hay auténticas joyas, canciones otra vez divertidas como Ernesto, críticas como Por el interés te quiero Andrés y verdaderos ejemplos de memoria histórica como Venganza (A finales del siglo XVI / el rey Felipe no sale de su habitación / Algo trama, no saben lo que es / y Jaime Peñafiel consigue la información). 

Fueron Los Nikis quienes, antes que DDT, transformaron en canción un libro de Ira Levin: Los niños del Brasil. La historia se centra en la huída al país carioca de jerarcas nazis tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y los esfuerzos necesarios para evitar un nuevo Tercer Reich. El libro fue también llevado al cine en una producción protagonizada por Laurence Olivier (en el papel de cazanazis) y Gregory Peck (como el malvado Doctor Mengele). Tras todo lo que he escrito aquí, creo que estoy obligado a verla.


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