sábado, 23 de julio de 2011

Wristcutters: a love story

A veces me pregunto qué es lo que pasa por la mente de los suicidas. Creo haber leído que, en España, hay más muertos por suicidios que por accidentes de tráfico (el silencio de los medios sobre este asunto puede hacernos olvidar su existencia). Quizá por ello o tal vez porque actuaba el gran Tom Waits me decidí a ver la película independiente Wristcutters: a love story, del director croata Goran Dukic. No tenía muchas expectativas de encontrar una respuesta sobre mi pregunta inicial ya que sabía de antemano que la película era una comedia negra pero, una vez vista, he quedado bastante satisfecho con la misma. De vez en cuando apetece ver algo que no tiene ninguna aspiración y que, sin embargo, consigue transmitirte algo.

La película comienza con el protagonista, Zia, poniendo en el tocadiscos Death and Lonely del mencionado Waits tras despertarse. Ordena su cuarto que está hecho una pocilga y, una vez acabado, hace honor al título del filme.

¿Y qué sucede después? ¿Adónde va? Pues a un mundo idéntico al que acaba de dejar, solo que más triste (nadie sonríe), anodino y gris. Ah, y sólo poblado por suicidas. Aquí Zia pasa los días bien tirado en la cama o bien trabajando en la pizzería donde su compañero de piso, un austriaco grandullón con un pequeño moratón circular en la sien que da idea de la forma elegida para llegar a este mundo, le buscó una ocupación. Por las noches suele frecuentar un local donde conoce a Eugene (mientras suena Love will tear us apart, de Joy Division, cuyo cantante también cometió suicidio; posteriormente compruebo en la wikipedia que también estaba sonando Deathwish de Christian Death, cuyo líder corrió la misma suerte que Ian Curtis) un cantante de rock – menuda forma más original de suicidarse – que está acompañado por toda su familia en esta nueva etapa (sus padres y su hermano menor).

En una visita habitual al supermercado, Zia se encuentra con un viejo amigo que le informa de que su ex novia, Desiree (probablemente la causa del suicidio de Zia), está también aquí con ellos. Así que Zia tarda poco en convencer a Eugene a emprender un viaje en el viejo y destartalado coche de este último para buscarla.

El grado de surrealismo del viaje no para de crecer, especialmente con la incorporación de Mikal, una chica a la que ambos recogen haciendo autostop y que no para de explicar a todo el que se encuentra que está en este mundo por error y que quiere hablar con quién este al mando (people in charge o, simplemente, P.I.C.). El zénit del viaje coincide con la aparición de Kneller (Tom Waits), una especie de líder de una pequeña comunidad donde los milagros (gente levitando, colores que cambian, cerillas que vuelan) son el pan nuestro de cada día.


Cuando parece que la película se está estropeando – tanto surrealismo no es bueno – se produce un giro inesperado que permite la finalización con una sonrisa, al menos en mi caso. Y es que se trata de una película sin pretensiones, divertida, con buena música, que, además, se puede ver bien en inglés ya que los diálogos no son ni muy rápidos ni muy enrevesados.

lunes, 11 de julio de 2011

Mellencamp & Manchester

Como amenacé en su momento, he hecho una escapada a Manchester con ocasión del concierto que allí dio John Mellencamp en el marco de la gira europea en la que está presentando su trabajo No better than this. Así que las próximas líneas serán una recopilación de idas y venidas de la ciudad y del concierto.

John Mellencamp, en los viejos tiempos.

Tengo cierta predilección por aquellas ciudades de segunda fila pero con historia que, como Manchester, mantienen su identidad a rebufo de otra hermana más agraciada: prefiero Amberes a Bruselas, Munich a Berlín o Burdeos a Paris (que fea es Paris, por cierto). Con Manchester me pasa igual, no es que la prefiera sobre Londres, pero tiene algo más de sosiego y tranquilidad que la dan un toque especial.

Es una ciudad pequeña, muy pequeña, que se puede recorrer andando sin ningún problema, quizá sólo haya que coger el transporte público para ir a las afueras, a la zona de los Quays (Salford), refugio del Imperial War Museum North, Old Trafford, un Outlet, una sede de la BBC y unos edificios de apartamentos bastante elegantes.

Llegué allí un viernes a media tarde, con el tiempo justo para dejar los bártulos en el hotel, hacer una rápida merienda cena y dirigirme, sin apenas ver nada de la ciudad (un poco de Piccadilly Gardens y de la estación de tren de Manchester Piccadilly), hacia las afueras por una amplia avenida rodeada de espacios residenciales. Muchos ventanales grandes y pocas rejas, buena señal. Y es que en las afueras estaba el recinto – Manchester Apollo – en el que el señor Mellecamp daba el recital. Me tome un helado en el McDonald’s adyacente, convenientemente decorado con fotos de los músicos de la zona, y me puse en la cola de la entrada, rodeado de gente que me sacaba unos veinte o treinta años, todos ellos con camisetas del artista. 


El Manchester Apollo me pareció bastante bonito por fuera. Está situado en una medio curva de la avenida y es imposible no verlo según se sale de Manchester hacia el sur. Una vez dentro la opinión del local no puede sino aumentar. Caben casi mil personas sentadas – como era la ocasión – y más de dos mil quinientas de pie, en un espacio de dos plantas, coqueto y sin dar sensación de agobio.

Tras un documental de una hora sobre la gira americana del cantante comenzó el espectáculo. He de decir que, a parte de sus mayores éxitos (Small Town, Jackie Brown o Jack & Diane), no conocía ninguna canción más de él. Punto. Me gusta lo que había oído hasta entonces y, como digno representante del llamado Heartland Rock, no podía perderme el concierto. Fueron dos horas que se me pasaron volando: guitarras eléctricas, teclados, parte acústica, violín, momento banjo y, finalizando, de nuevo la parte más rockera. Otra muesca más al revólver de las experiencias y, de vuelta al hotel, sorpresa al constatar como en Manchester cerraban la mayoría de los pubs a las once de la noche (estoy hablando de pubs en el centro de la ciudad).



El día siguiente era día de turismo, totalmente reservado para conocer la ciudad. La preparación no había sido buena en absoluto por cuestiones de tiempo, pero unas cuantas ideas sí tenía claras: el barrio de Malasaña (Northern Quarter), las bibliotecas (Chetham – luego descubrí que cerraba el fin de semana, una pena pues es aquí donde Engels y Marx escribieron gran parte de sus obras -, John Reylands (una joyita en Deansgate donde, junto con estudiantes de la Universidad de Manchester que aprovechan la tranquilidad del sitio para conectarse a sus portátiles puedes contemplar un ejemplar de 1611 de la Biblia del Rey Jorge) o la Central Library…cerrada por obras hasta 2013), la zona comercial, la catedral y el ayuntamiento. Según se diese el día, se podrían afrontar otras empresas como el Museo de Ciencia y Tecnología o la Universidad).

El día, no sé si bien o mal, empezó pronto. Estaba en pie y ya desayunado cuando aún faltaba una hora y media para que las primeras tiendas comenzasen a abrir y la gente empezase a inundar las arterias de la ciudad. Había que improvisar. Y sólo tenía un plano del centro bastante flojo. Tras hacer un paseo por el Northern Quarter – que sirvió también para calcular distancias y ver las tiendas que luego abrirían – me dirigí al este, hacia el City of Manchester Stadium, que está dentro de un complejo polideportivo construido con ocasión de los juegos de la Commonwealth que se celebraron en Manchester en 2002. Me di la vuelta de rigor por el campo, entré en la tienda oficial del equipo que allí juega (Manchester City, no tan conocido como sus vecinos del United) y volví, paso ligero, al centro. El Northern Quarter es un mini-malasaña repleto de tiendas con ropa vintage y discos de segunda mano. Affleck’s, un edificio lleno de tiendas de este estilo, es parada obligada si se va a visitar el barrio.

Affleck's

Sin hacer ninguna compra pues no había nada del otro jueves, paseé por las calles comerciales en dirección a la catedral. Algunas de estas calles, como por ejemplo Market Street, recuerda bastante a la calle principal de Amberes (no recuerdo el nombre pero es la calle que va desde la estación de trenes hasta el mar…aunque la calle de Amberes es mucho más grande y señorial). Entre el bullicio de los consumidores te encontrabas con remansos de paz como la plaza de St. Ann, donde un músico y un mercado de productos italianos le daban un toque completamente distinto al panorama que, hasta entonces, estaba viendo.


Una potente bomba del IRA en 1996 destruyó todo el centro de Manchester y constituyo una oportunidad para la revitalización del mismo. Los centros comerciales, la noria, los cines y edificios modernos que se mezclan con la catedral o la Chetham Library son herencia de ese esfuerzo. No soy muy amigo de esas mezclas de modernidad con antigüedad pero aquí en Manchester tengo que hacer una excepción. 


Como voy bastante bien de tiempo me dirijo por Deansgate hasta el Museo de Ciencia e Industria (Manchester y Liverpool fueron la cuna de la Revolución Industrial). El museo, gratuito, me pareció muy bueno, aunque creo que lo hubiera aprovechado mejor si aún recordara mis clases de historia del instituto. 

Tras ver unas seudo ruinas romanas bajo toda Oxford Street (con sus edificios de ladrillo rojizo – como el del Palace, frente a la estación de tren – que me recuerdan a Saint Pancreas o King Cross, que nunca me aclaro) paseando entre los edificios de la Universidad de Manchester. Está bien, pero me vuelvo al centro, que alguna compra tenía que hacer (todo sensiblemente más barato que aquí, en fin). 

El último día estaba reservado para Salford, una zona de las afueras recientemente revitalizada. Había varias torres de apartamentos muy, muy interesantes pero por lo demás, no mereció mucho la pena (Old Trafford me dejó igual y el Imperial War Museum North me pareció desaprovechado, aunque imponente desde fuera). Seguramente la mañana se hubiese aprovechado mejor en Liverpool, pero no me quejo, así hay excusa para otra visita a la zona.

sábado, 25 de junio de 2011

London Feis 2011



No sé cómo comenzó esto. Bueno sí. Me compré el DVD Live in Hyde Park de Bruce Springsteen hará un año por estas fechas. Un directo de tres horas en pleno Hyde Park. Grabado en el año 2009. Es el turno de No Surrender. Y Bruce llama a un tal Brian Fallon a escena. Aparece un chico joven, con camisa de leñador remangada que deja a la vista sus múltiples tatuajes. Y la interpretación del tema es soberbia. The boss is outbossed.



Y esto empezó así, no sé si por Brian Fallon o por la envidia que me dio ver a tanta gente en un festival en el centro de Londres. Brian es el líder de la banda de punk-rock The Gaslight Anthem, que ya lleva unos añitos en escena y cuenta con varios trabajos publicados. Muchos les consideran, por la temática de sus letras, los claros sucesores de Springsteen. Además, provienen del mismo estado y son amigos.

Es al final del 2010 cuando me adentro más en The Gaslight y escucho prácticamente toda su discografía. Aquí es cuando me pongo como objetivo ir a verles tocar en el nuevo año que va a empezar. En esos momentos ellos están de gira por Australia y Japón, luego en primavera tocarán en Estados Unidos y para el verano vendrán a Europa tocando en la mayor parte de festivales existentes.

Pongo el punto de mira en Rock Werchter, un festival belga que, bien aprovechado, me permite visitar Holanda, un país que me encanta. Pero el día que tocan The Gaslight Anthem también lo hace Coldplay y las entradas se agotaron ya en febrero. La siguiente opción es Pinkpop, en Holanda, donde tocan el mismo día que los Kings of Leon. Por diversas cuestiones tampoco es factible esta opción. Soy bastante exigente en cuanto a fechas porque no quiero gastar días de vacaciones en esto.

Pasan los días y, de pronto, me entero de que telonearán a Foo Fighters en Madrid, así que no pierdo el tiempo (las entradas volaron) y compro mi ticket to the promised land. La cosa está ya solucionada. Y entonces aparece él. Robert Zimmerman. Y es que me entero también que en Junio hay un festival de música irlandesa en la que tocan The Gaslight Anthem y, entre otros, Bob Dylan. Qué mejor oportunidad de ver a estos dos personajes en directo, sobre todo por la parte de Dylan, puesto que el maestro de Duluth tiene ya setenta años y no creo que tenga muchas más oportunidades de verle en directo. La decisión está tomada: Junio 2011, London Feis Festival.


El festival durá dos días pero sólo tenía entradas para el sábado. El domingo, entre otros, tocaban Van Morrison (al que me hubiera gustado ver) y Thin Lizzy. Se celebra en un parque del norte de la ciudad, Finsbury Park, cercano al estadio de fútbol del Arsenal. Para ir hacía allá monto en un autobús de dos plantas, cómo no, en la zona de Whitechapel y que me llevará hasta la puerta del parque en aproximadamente tres cuartos de hora. El trayecto me confirma que Londres sigue siendo una desconocida para mí y que, por más feo y soso que me parezca el centro (salvo la zona de Whitehall, se puede decir que odio el resto: Picadilly, Trafalgar, Regent Street, Oxford Circus, etc.), las afueras son siempre una sorpresa: calles residenciales, mercados de frutas, tiendas con productos de diversas partes del mundo, parques, etc.


Llegó al festival a la hora de comer y, hacer alguna parada técnica por ese barrio (lleno de bares y tiendas), entramos al parque, embarrado tras la lluvia continuada de toda la semana. En seguida vemos que el escenario principal (hay otros dos), va a ser nuestro centro de operaciones. En ese momento están tocando The Undertones pero luego, sin solución de continuidad, será el turno de The Waterboys, The Gaslight Anthem, The Cranberries, Christy Moore y Bob Dylan.

El tiempo pasa rápido, aún no estoy muy cansado, y The Gaslight Anthem empieza a tocar. Salvo clásicos como Here’s Looking at you kid, 59’ Sound o Old White Lincoln lo estoy pasando mal porque no me sé las letras de las canciones del último disco, que es el que más están tocando. El sonido creo que no es lo más nítido del mundo pero lo estoy disfrutando bastante. Me acerco un poco más al escenario para verles mejor la cara y llego hasta unos treinta metros de ellos, justo delante de mí hay unas quinceañeras francesas sentadas en el césped estudiando, supongo que tendrán exámenes finales. No me defraudan The Gaslight y tengo aún más ganas de verles la próxima vez. Además estos chicos son camaleónicos, acaban de tocar en el Download Festival (entre grupos heavies) y ahora vienen aquí, a un festival de música irlandesa. Un diez.



Me dirigo a la cola de los baños puesto que pensé que The Cranberries era un grupo venido a menos (todo ello porque la cantante se tiñó el pelo de negro y se lo cortó, y yo en los carteles pensé que era un hombre y que ella había abandonado el grupo). Craso error. La función comienza con Zoombie y con Animal Instint. Creo que es la mejor voz de todo el día. Tras darnos una vuelta por otros escenarios (estaba Shane Mcgowan en ese momento) volvemos al principal y disfrutamos los últimos coletazos de The Cranberries, su Just my Imagination y su Dreams.



Tras otro paseo para relajar las piernas – y ver a los chicos de Afro Celt Music System – que también me sirve para perderme toda la actuación de Christy Moore (no se puede tener todo), cogemos, no sin dificultad, la posición para disfrutar de Dylan. Tengo algo de miedo porque he leído/oído que suele ser bastante arisco con la gente y me vienen pesadillas: quizá toque una canción y se vaya, o toque cosas poco conocidas (no soy muy fan así que sólo conozco los grandes éxitos). 

Es verdad que es algo seco y no habla con el público – algo que, por otro lado, no me importa lo más mínimo – pero el ambiente está animado y la gente está disfrutando de la actuación. Es curioso pero cambia totalmente el ritmo de las canciones (quizá lo haga para poder cantar algunas, ya que la edad no perdona). Esto es algo que descubro cuando estoy oyendo la letra de Tangled Up in Blue con otro ritmo totalmente distinto. Posteriormente toca también Ballad of a Thin Man, Highway 61 y A Hard Rain is Gonna Fall. En el turno de los bises llega el apoteosis. Creo que toco el cielo con Like a Rolling Stone al que luego siguen All Along The Watchtower y, para cerrar, Blowing in the Wind.


En definitiva, una experiencia única: por haber visto por primera vez a The Gasligth Anthem, por haber estado en un festival de música y por haber disfrutado de Bob Dylan. 

El festival en sí a mi me gustó bastante. Había gente de todas las edades, no sólo jóvenes, sino también padres con sus niños y gente mayor y el ambiente, quizá por eso, me gustó. Si es cierto que el alcohol hace mella y a última hora se podía ver a alguno que otro bastante perjudicado pero creo que, en general, la situación estaba bajo control. Además, fue en fin de semana, con lo que no hay que perder días de vacaciones y está en Londres por lo que, si no eres muy de acampar (como es mi caso) el alojamiento no es problema ya que a la finalización de cada día aún hay transporte público.

¿Repitiré? Pues no lo sé. Supongo que para siguientes ocasiones uno es más exigentes y, por tanto, quizá dependa de quiénes toquen en próximas ediciones, pero es una opción nada descartable. Otras posibilidades son acudir a festivales europeos con más caché como Werchter, Pinkpop o Roskilde. De hecho, incluso me estoy planteando Glastonbury para el 2013 (no hay edición el próximo año) tras ver el cartel de esta edición, que se está celebrando este fin de semana, y que cuenta con Morrisey, Radiohead, U2 o Coldplay. Pero bueno, no hay que hacer planes tan a largo plazo. El London Feis ha sido una experiencia única como dije antes que se ha disfrutado mucho.

jueves, 23 de junio de 2011

Clarence Clemons (1942 - 2011)

Great sidemen like Clarence Clemons don't get the full appreciation they deserve until they're gone. Slash 

Pasan ya unos días desde la triste noticia pero no puedo dejar de dedicar aquí unas líneas a Clarence Clemons, el saxofonista de la E Street Band. Se veía ya en la última gira – 2009 – como su cuerpo había dicho basta, estaba lento, cojeaba, no se acercaba al micrófono sino que éste iba a él y, también, su sonido no era tan espectacular como antes.

 Portada del Born to Run, hace 36 años.

Llegué tarde a Bruce Springsteen puesto que es prácticamente desde hace dos años que le considero como mi artista favorito. Anteriormente simplemente me gustaba, tenía varios discos suyos – principalmente un Grandes Éxitos – pero no había nada que lo diferenciase de Dire Straits o Bob Dylan, por citar sólo a otros dos artistas que también me gustan. El hecho es que en estos últimos dos años he escuchado y leído todo lo que he podido sobre él y, claro, sobre la E Street Band, donde el bueno de Clarence era, sin lugar a duda, el miembro más destacado de ella. Se trata de la segunda baja en la formación tras el fallecimiento por cáncer del pianista Danny Phanton Federici en el año 2008. Dani fue sustituido y, aunque este no es el momento más apropiado para hablar de ello, yo no veo forma en la que Big Man pueda serlo. Seguramente Bruce y la banda volverán a componer y a tocar, pero ahora ya nada será igual.


Sólo cinco días desde su fallecimiento y la cantidad de homenajes que está recibiendo Clarence dan muestra del tipo de persona que era, de su importancia en la E Street Band y de su influencia en uno de los artistas más destacados del panorama cultural norteamericano en el último cuarto de siglo veinte. Sin querer ser exhaustivos ya se han visto muestras de respeto por parte de U2, Bon Jovi, Coldplay, Eddie Vedder o Phish.

 
Hoy, no su estado natal, pues él nació en Virginia, pero sí el estado que más llora su ausencia, Nueva Jersey (tantas veces puesto en evidencia por temas tan variados como la corrupción política o la mafía, pero que cuenta con una escena musical envidiable) vive un día de luto con las banderas a media asta. Born to Run, The Promised Land, Thunder Road, Bobby Jean o Jungleland no volverán a sonar nunca igual. Pero la vida sigue. A disfrutar este Tenth Avenue Freeze-Out que cuenta la historia de la formación de esta magnífica banda:

 Cruce de la calle E con la Décima Avenida en Belmar, NJ. Aquí comenzó la historia.




Hasta la vista, Big Man.

sábado, 11 de junio de 2011

Into the Wild (2007)

“Rather than love, than money, than fame, give me truth.” Thoreau



El fin de semana pasado, en un momento de aburrimiento, me puse a cotillear el twitter de Esteban Granero, canterano del Real Madrid. La verdad es que la imagen de dandy que cultiva – le llaman el pirata por su barba y su aire desaliñado – le hace justicia. En los últimos días había realizado en la red social comentarios sobre el programa Redes, citado a San Juan de la Cruz y había enlazado vídeos de Bob Dylan (con ocasión de su cumpleaños), Leonard Cohen (y su mítico Hallelujah, que fue objeto de una de mis primeras entradas aquí) y una canción de Eddie Vedder que se llama Society.

La canción quizá sea la más conocida de la banda sonora de la película Into the wild, íntegramente compuesta por Vedder, el líder de la banda Pearl Jam. Leí un poco sobre esa película y tarde poco – no hace ni una semana que descubrí el twitter de Granero, repito – en bajármela y verla. 

La película está basada en la historia real de Christopher McCandless quien, tras graduarse en la Universidad de Emory, decide romper con su vida, con su familia y, en definitiva, con la sociedad, y lanzarse a la aventura, viviendo por si mismo y combinando pequeños trabajos esporádicos que le llevarán por lugares tan variopintos como Arizona, Dakota del Sur, México (en una travesía en kayak por el río Colorado), Los Ángeles y el norte de California para llegar, finalmente, a Alaska.

 McCandless en su "casa" de Alaska

Me gustó la película si bien me parece algo larga (dos horas y media), recreándose demasiado para mi gusto en aspectos triviales de la aventura. McCandless estaba influenciado por escritores como Jack London y Henry Thoreau y, a semejanza de este último, intentaba con esta aventura hacer un ejercicio de separación del mundo que le rodea para así poder conocerse más a sí mismo. 

Este viaje, especialmente en la etapa de Alaska, muestra a mi parecer cómo nos complicamos la vida nosotros mismos, con lo fácil que es vivir prácticamente sin nada. No creo que haya que llevar las cosas al extremo como ocurre en la película (no hace falta irse a Alaska prácticamente sin nada: sin mapas, víveres, etc.) pero muchas veces nos complicamos la existencia y sufrimos por cosas superfluas. 

No obstante, como se muestra en la película, la naturaleza no es siempre amable y al final nuestro protagonista descubre que la verdadera felicidad sólo puede encontrarse cuando es compartida, cosa con la que estoy bastante de acuerdo.

domingo, 5 de junio de 2011

La chica más guapa de la ciudad

Llevo varios días escuchando a Más Birras casi sin descanso. Se trata de un grupo aragonés de rockabilly de los años ochenta y principios de los noventa, con una serie de temas que a mí me parecen bastante buenos, siendo uno de ellos Apuesta por el Rock & Roll, que versionaron sus paisanos de Héroes del Silencio en un disco recopilatorio.

 Mauricio Aznar con su tupé de rocker

El grupo estaba liderado por Mauricio Aznar – ya fallecido – y por Gabriel Sopeña, gracias al cual supe de la existencia del mismo. Sopeña, una especie de humanista, trabajó en los años noventa con Loquillo, participando en varios discos suyos (La vida por delante y Con Elegancia). Estos discos fueron un descubrimiento para mi hace ya año y medio, con ocasión del lanzamiento de una caja conmemorativa de los 30 años de carrera del rocker de Barcelona. Estaba más habituado a los grandes clásicos – Cadillac Solitario, Rock & Roll Star o El Rompeolas, por quedarme sólo con tres – y, aunque había asistido a un concierto hace ya algunos años en el que interpretó sus temas del disco Balmoral, esa otra faceta suya me era desconocida. Gracias a esos discos he descubierto piezas cumbres de personajes como Jaime Gil de Biedma, Luis Alberto de Cuenca o Manuel Vázquez Montalbán. De ahí que me interesase saber más quién era este señor, Gabriel Sopeña.

 Sopeña y Loquillo

Gracias a Google no costó nada descubrir a Más Birras. Lo que no he podido ya es hacerme con grabaciones suyas, no estoy muy puesto en las descargas pero no he encontrado nada. Los discos, supongo, estarán ya descatalogados y por Spotify no hay nada. Así que sólo me queda el youtube.

Aparte de la canción popularizada por Héroes, me parece que Cass es la que más he escuchado. Basada en un relato del escritor maldito Charles Bukowski, estaba compuesta por Gabriel Sopeña y contiene una mezcla de melancolía y felicidad que, creo, me impide parar de escucharla.


Nos gustaba Cass
la chica mas guapa de la ciudad
su forma angelical de pisar la nieve
mientras tararea la última estrofa de Dylan.
Su manera tan dulce de guiñar
como si estuviera recitando un poema
o pintándose los labios
en el espejo de cualquier fotografía.
Nos gustaba que tuviera las piernas morenas
y se riera como un Sábado.
Pobre Cass, tenía que morir como una Diosa, nuestra.
Arrollada por un Chevrolet
y un repartidor de Coca-Colas
y ahora un policía nos robó todas las lágrimas.

 Y ahora la lloramos
 todos y enviamos violetas
 a direcciones inventadas
 todas dirigidas
 todas dirigidas
 todas dirigidas a Cass,
 la chica mas guapa de la ciudad.

Pero solo hemos aprendido
a silbarte una nueva canción
es para tí Cass,
que estabas tan harta de la vida
que te tumbabas desnuda bajo el sol
de las cinco de la tarde.
Es para ti,
que nos reprochaste tantas veces
nuestro aire de perritos derrotados

 Y ahora la lloramos
 todos y enviamos violetas
 a direcciones inventadas
 todas dirigidas
 todas dirigidas
 todas dirigidas a Cass,
 la chica mas guapa de la ciudad
 la chica mas guapa de la ciudad
 la chica mas guapa de la ciudad.

viernes, 3 de junio de 2011

El periódico de ayer

We have the illusion that people have conversations in order to communicate ideas; they communicate ideas in order to have conversations.   Nassim Nicholas Taleb

Tengo pendiente escribir una entrada sobre Fooled by Randomness, un libro de Nassim Nicholas Taleb (más conocido por un libro posterior llamado The Black Swan, sobre los fenómenos de gran impacto – como las crisis financieras – pero cuya frecuencia es muy baja). No sé si la escribiré, porque el libro hace ya más de mes y medio que lo acabé y, no sé si esto le pasa a más gente, pero tengo una capacidad increíble para olvidar rápidamente todo aquello que leo (a veces es algo frustrante). En cualquier caso, si finalmente escribo algo sobre el libro, no será más allá de la semana que viene, porque posteriormente me vienen ciertos compromisos que seguro harán que me olvide del tema. Es un libro altamente recomendable, en mi opinión.

 
Pero quería escribir aquí de otra cosa que he hecho a raíz de leer este libro y que ha sido suscribirme a la revista The New Yorker. Ya llevaba tiempo con esa intención pero me echaba para atrás el poco tiempo libre que tengo y no me apetecía pagar una suscripción para no poder leer nada luego (aquí viene al pelo esta noticia publicada en el diario satírico norteamericano The Onion, referida al semanario británico The Economist).

Una de las ideas que desarrolla Taleb en este libro es la excesiva importancia que prestamos al “ruido”, a elementos aleatorios, fuera de nuestro control, pero que afectan a las circunstancias en las que se desarrolla nuestra vida. Ponemos la radio y un “experto” indica que la bolsa ha subido en la sesión de hoy un 0.4% debido a la incertidumbre con el suministro de petróleo derivado del conflicto en Libia. Pero mañana es ese mismo conflicto – sin que haya habido ningún avance evidente – el que sirve al comentarista radiofónico para justificar una subida de los mercados. Leo – o leía – el periódico y me pregunto si es necesario saber al dedillo el nombre del Presidente de la Región de Murcia y las medidas que está llevando a cabo. O que músculo le duele a Ronaldo.

Ya llevaba algunos meses mascando esta idea, como comenté anteriormente, y creo que fue leyendo esta entrevista al editor de la revista, David Remnick, la que volvió a dar impulso a mis intenciones (como veis, soy de pensarme las cosas mucho). Aquí decía eso de no hay nada más viejo que el periódico de ayer o la revista Time de la semana pasada.

 
Leyendo Fooled by Randomness, Taleb afirmaba que, a pesar de ser un trader (es decir, que se dedica a operar en los mercados financieros comprando y vendiendo activos como parte de un fondo de inversión o un banco), prefería leer The New Yorker al Wall Street Journal (salvo la sección de obituarios, que no se la perdía). Esto y un tipo de cambio bastante atractivo hicieron que me convirtiera en lector de esta revista desde hace un mes aproximadamente.

Aún no la he cogido el tranquillo del todo, pero estoy bastante contento. Generalmente la revista contiene entre 5 y 6 piezas largas así como algunos artículos más cortos (The Talk of the Town y artículos sobre libros, cine y teatro) y también la – superflua mientras no viva en Nueva York – agenda cultural de la Gran Manzana. 

Lo que me gusta es que se trata de artículos atemporales, en el sentido de que no pasa nada si los lees el mes que viene, siguen siendo igual de interesantes y oportunos. Estoy seguro de que lo que vaya leyendo en esta revista me dará ideas para escribir aquí en el futuro.

Ahora os dejo con este artículo que acabo de leer y que mezcla el mundo de las relaciones personales…con el beisbol (hay también en la revista textos de ficción, artículos humorísticos como este y multitud de viñetas):

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