domingo, 18 de septiembre de 2011

Últimos descubrimientos musicales

Hace tiempo que no pongo ninguna canción por aquí. No he dejado de escuchar música y descubrir nuevos grupos, pero me parecía que esas entradas con únicamente el vídeo de youtube quedaban un poco sosas y decidí no seguir haciéndolo.

Hoy cambio de opinión y voy a llenar esto de los últimos vídeos que he descubierto y que corresponden a lo que he estado escuchando últimamente.

Ian Perkins y Brian Fallon, integrantes de The Horrible Crowes.

Comenzamos con una ausencia, la de The Horrible Crowes, el proyecto paralelo de Brian Fallon, líder de The Gaslight Anthem. Es, sin ninguna duda, lo que más he oído en los últimos días. Su primer disco, Elsie, salió a la luz el pasado día 6 de septiembre y desde entonces lo he oído cuanto he podido por el Spotify y, desde entonces y hasta que me llegué (lo compré por Amazon ese mismo día), sobrevivo a base de vídeos de youtube. Digo que lo dejo aparte porque supongo que me dará para escribir una entrada sólo para él cuando lo tenga aquí. Además, existe la posibilidad de que pueda disfrutar de alguna de esas canciones en directo el próximo mes.

Siguiendo la estela punk de The Gaslight Anthem me he sumergido en dos grupos del estilo. El primero, The Bouncing Souls, tiene sus orígenes en la misma ciudad de la que provienen Fallon y sus chicos: New Brunswick, NJ. Aquí abajo dejo su canción Kids and Heroes.


El segundo son los veteranos Social Distortion, de los que he oído grandes covers de clásicos del rock y el folk como Under my Thumb (de los Rolling Stones), Rings of Fire (Johnny Cash) o Don’t Think Twice It’s Allright (Bob Dylan). Aquí va su Story of my life.


La semana que viene pretendo ver en el cine PJ20, la película-documental que ha hecho Cameron Crowe sobre Pearl Jam, conmemorando su vigésimo aniversario sobre los escenarios. Soy un completo inculto al respecto, ya que durante años sólo he conocido su versión del Can’t Help Falling in Love de Elvis, aunque en los últimos meses he profundizado un poco más gracias al State of Love and Trust (descubierto gracias a una versión acústica de The Gaslight Anthem) y a este Betterman:


Ahora bien, esta semana no he parado de escuchar Blessed, el último disco de Lucinda Williams. Buttercup o Copenhagen son imprescindibles.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Page One: un año en el New York Times



Ayer me tropecé con un documental que echaban por Canal + y que resultó bastante interesante: Page One: Inside the New York Times. Se trata de un trabajo muy reciente, presentado este año en el Festival de Sundance y estrenado en los cines norteamericanos este verano.

Me puse a verlo sin demasiada motivación, ya que temía que contuviese el tradicional discurso, bastante repetido en los últimos tiempos, acerca de la importancia de la prensa en una sociedad libre y democrática como la nuestra. Aunque no pueda decirse que me equivocase, porque ese mensaje subyace durante los noventa minutos de duración, lo cierto es que es un documental recomendable.

Se grabó a lo largo de un año, durante el cual el director del mismo, Andrew Rossi, accedió prácticamente sin restricciones a la redacción del diario neoyorquino pudiendo el espectador sentirse casi uno más en la plantilla (podíamos observar llamadas telefónicas de los periodistas, reuniones con el editor de la sección, reunión de los editores con el director del periódico para decidir qué noticias aparecerían en portada día siguiente, etc.), algo parecido a lo que uno siente – al menos así fue en mi caso – cuando ve la última temporada de The Wire, en este caso en la redacción del Baltimore Sun. Todo esto salpicado con entrevistas a personajes que indudablemente tienen algo que decir, como David Renmick (director del New Yorker, del que ya hablé aquí), Jimmy Wales (fundador de Wikipedia), el escritor Gay Talese o Carl Bernstein (Watergate).

 David Carr, periodista del Times y uno de los protagonistas de Page One.

Durante este año, el periódico no fue inmune a la crisis que vive el sector y hay espacio en el documental para entrevistas con varios de los cien periodistas que tuvieron que ser despedidos para asegurar la supervivencia del diario. Este es sin duda el tema principal del documental, relacionada con diversas cuestiones, algunas contemporáneas a su grabación: la primera aparición de información clasificada a través de Wikileaks (y la posterior elección del Times como uno de los periódicos a los que Wikileaks les proporcionó los cables diplomáticos de EE.UU. hace prácticamente un año), la relación con los blogs, la conveniencia o no de cobrar por el acceso a páginas web, la aparición del iPad o la declaración de quiebra de la compañía propietaria, entre otros, del Chicago Tribune y el Los Angeles Times.

domingo, 4 de septiembre de 2011

The Wrestler



Ayer vi en el Cine Doré The Wrestler, la película de 2008 dirigida por Darren Aronofsky y protagonizada por Mickey Rourke, Marisa Tomei y Evan Rachel Wood que, entre otros, ganó el León de Oro del Festival de Venecia.

A pesar de que el nombre no dejaba lugar a dudas, entré al cine convencido de que iba a ver una película de boxeo. Lo cierto es que el protagonista no es boxeador sino, evidentemente, luchador profesional (de aquella mítica lucha libre que tanta fama tuvo en los años noventa, con Hulk Hogan y compañía).

Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke) es un viejo luchador al que su tiempo de gloria – los años ochenta – le queda ya muy lejos. Sobrevive luchando en circuitos independientes, en pueblos pequeños de Nueva Jersey, con pocos asistentes y, por tanto, pocos ingresos y con un trabajo a tiempo parcial de reponedor en el supermercado del pueblo. Vive en una casa pórtatil aunque las deudas le acechan y más de una vez ha tenido que pasar la noche en su furgoneta. Su casero no le fía y el supervisor del supermercado se mofa de sus combates de fin de semana, parece que sólo los niños del barrio sienten aún admiración por el héroe que, en su momento, fue.

Randy está viejo para combatir pero no sabe hacer otra cosa. La espalda, las rodillas, los codos; no hay calmante que le alivie el dolor y, además, hace uso de esteroides para mantener el cuerpo. Tras un duro combate recibe la señal – un infarto – que le obliga a replantearse su vida. Tras el bypass debe dejar la lucha libre. Consigue un empleo a tiempo completo en el supermercado en el que ya trabajaba e intenta retomar el contacto con su hija a la que hace años que no ve. Los últimos veinte o treinta minutos son para mí apoteósicos. Él intenta “socializarse”, pero el rechazo de Cassidy, una stripper con la que tiene amistad, tras sus acercamientos desata una tormenta que le hace retomar aquello que le hizo feliz.

Gran papel de Mickey Rourke, que comparte características con Randy ya que, por una parte, fue boxeador en los años noventa (gracias a ello y a un cirujano torpe debemos su rostro) y, por otra, The Wrestler era su segunda película en los círculos comerciales en casi veinte años tras retirarse por primera vez, protagonizando una “vuelta” como la de Randy tras veinte años de su último gran combate. Lo dicho, película que hace pensar, con momentos graciosos (Randy de charcutero no tiene desperdicio) y buena, muy buena música. Sólo el discurso final (que incluyo a continuación) merece ver la película:

sábado, 27 de agosto de 2011

Too Big To Fail: una historia de la crisis financiera internacional.



Too Big To Fail es un documental estrenado en la cadena televisión HBO a principios de este año que trata sobre la crisis financiera internacional iniciada en 2007 centrándose en la crisis alrededor del banco de inversión norteamericano Lehman Brothers.

Como todo lo que sale de esa casa, este producto está muy cuidado. Está basado en un libro del mismo nombre de Andrew Ross Sorkin (un periodista del New York Times que, que yo sepa, no guarda relación con el guionista Aaron Sorkin) y dirigada por Curtis Hanson (director de L.A. Confidential). En el reparto hay que destacar a William Hurt (bordando el papel de Hank Paulson, secretario del Tesoro), Paul Giamatti (brillantemente caracterizado como Ben Bernanke – presidente de la Reserva Federal – y que a mí me sorprendió por primera vez hace ya unos años en su papel de John Adams en la serie del mismo nombre, también de la HBO), James Woods (como Dick Fuld, jefe de Lehman que no quería ver la realidad), Bill Pullman (Jamie Dimon, jefe de JP Morgan Chase) o Cynthia Nixon (asesora del secretario del Tesoro).

Como decía, el documental narra la crisis del 2008 focalizando su atención en la caída de Lehman Brothers desde la perspectiva de la actuación de la secretaría del Tesoro estadounidense. Las idas y venidas de Paulson con su equipo, con Ben Bernanke, con Timothy Geithner (presidente en ese momento de la Reserva Federal de Nueva York – la mayor de las doce que componen el sistema – y posterior sustituto de Paulson como secretario del Tesoro en la administración Obama), la relación con sus homólogos extranjeros (reguladores en Reino Unido y con la Ministra de Finanzas de Francia) y con la cúpula de los grandes bancos de Wall Street ocupan la práctica totalidad de la película.

Ya desde el principio, cuando vemos a los presidentes Reagan, Clinton y Bush hijo durante la firma de leyes consideradas beneficiosas para la banca o dando discursos contrarios a la excesiva regulación del sector, queda claro el hilo argumental que se repetirá varias veces a lo largo de la película. Estoy cansado de oír siempre la misma historia en la que sólo hay un malo, la banca, que además está forrada de dinero. Siendo evidentes los errores que se cometieron en los años anteriores a la crisis, me cuesta pensar que todo el mundo hiciese la vista gorda ante lo que se venía encima “porque estaban ganando mucho dinero”. Podían haber ganado menos dinero y seguir ganándolo ahora, digo yo. Por supuesto que lo hicieron mal, que se evaluó mal el riesgo de lo que había en balance de los grandes bancos y que eso trajo el caos. Todos los días vimos, vemos, como la culpa es de Wall Street, pero me gustaría ver más a menudo como se glosan los pecados de main street que, evidentemente, los hubo también. Todo ello, no olvidemos, en el seno de un sector que, a nivel mundial, puede ser el más regulado que existe: yo mismo podría poner un bar hoy en día – si tuviese ahorros para ello – y cobrar las cañas a lo que quisiese; lamentablemente no puedo poner un banco – tengo que cumplir unos requisitos especiales para ello y reunir una serie de características – ni, mucho menos, tengo libertad absoluta a la hora de poner precio a los servicios que ofrezco (¿por qué si nos parece una extralimitación que el Estado regule el precio de las cañas no tenemos la misma opinión cuando ese mismo sujeto fija – arbitrariamente – el precio del dinero?). Bueno, que yo venía a comentar la película y no a soltar bilis sobre el sistema y/o la sociedad (hay una escena bastante concluyente en la que el presidente de General Electric – un conglomerado estadounidense que tiene prácticamente de todo – llama a Hank Paulson tras la crisis de crédito producida por la quiebra de Lehman exigiéndole que tome alguna medida ya que General Electric no está consiguiendo liquidez para financiar sus operaciones diarias; cuando nuestro sistema está basado en el crédito para la más simple o rutinaria de las actividades es que algo está fallando).


Dejando a un lado todas estas consideraciones, la película me parece bastante buena. En general se entiende bien sin subtítulos – aunque para alguien que no esté habituado al lenguaje financiero le será difícil comprender algunas partes – y la tensión se mantiene durante los poco más de noventa minutos de duración fruto, supongo, del caos e incertidumbre que se vivió en esos días. Todo ello aderezado con alguna nota de humor (protagonizando Warren Buffet una de ellas).

jueves, 25 de agosto de 2011

Siguiendo con las hamburguesas...

Tengo el blog algo abandonado, en parte por mis ausencias veraniegas y en parte porque no he encontrado temas para tratar por aquí o no me ha pasado nada interesante. Y voy  retomarlo con un tema con el que me diverti mucho al escribir de él y que es el de las hamburguesas. Ahora bien, esta entrada será más corta que la primera y tendrá un toque más internacional.

Empiezo con el In Dreams Café, en el que he almorzado hoy mismo. Se trata de un local pequeño, antiguo y que no está preparado para ser restaurante, si no que es más un bar tranquilo – tiene pocas mesas y algunos sillones – pensado más para tomarse algo en la tarde/noche y que ha sido recientemente adecuado para servir comidas, de momento, en horario de 13.30 a 16 horas. Está situado en la calle San Mateo de Madrid, por la zona de la calle Fuencarral, al lado del metro de Tribunal.

La decoración del local no es profesional – al estilo del Tommy Mel’s o el Peggy Sue – pero es bastante buena: posters de la ruta 66, fotografías de Elvis y John Wayne, etc. La música, de los años cincuenta y sesenta, está muy bien escogida y ayuda a que te sumerjas en la experiencia americana.


Respecto a lo importante, he de decir que he acabado muy contento con la calidad de la comida. En este enlace dejo la carta para consultar la oferta actual. Yo me he tomado una hamburguesa Elvis, que quizá llevaba demasiada salsa, pero no tengo queja alguna de la carne ni del pan, que no era industrial. Además, venía acompañada de unas patatas fritas cortadas en trozos más grandes de lo habitual, que a mí me suelen gustar más. No sé, pero me ha recordado a alguna hamburguesa que me hecho en casa con pan chapata. En mi clasificación de hamburguesas madrileñas pasan directamente al segundo lugar, por debajo del New York Burger pero, en mi opinión, no tienen nada que envidiar a las del Peggy Sue (local que me encanta pero creo que en tamaño y “naturalidad” del producto no supera a esta hamburguesa) o al cercano TM Burger. Es una mezcla extraña, porque estás comiendo un producto típicamente yanqui en un local que está decorado con esos motivos pero, al mismo tiempo, lo ves más de la casa. Junto a la hamburguesa me pedi una naranjada que se me quedó algo corta (en la carta sólo tenían cocacola, naranjada y limonada y esto debería ser uno de los puntos a mejorar), un brownie con helado de vainilla (rico,  pero pequeño y aquí el resto de hamburgueserías tienen buenos  productos) y un café con hielo. ¿El precio? 10 euros. Todo. Increíble.

 Hamburguesa Elvis.

Y abrimos la sección internacional con el Great American Disaster, un diner americano en pleno corazón de Lisboa que me habían recomendado hace ya tiempo y al que tuve la oportunidad de acudir la semana pasada.

El continente lo tienen muy bien cuidado: posters antiguos sillas y mesas acordes a la situación, camareros vestidos como en las películas, etc. Igual o mejor que el Peggy Sue o el Tommy Mel’s. En lo que gana de calle este restaurante es en la selección musical (allí descubrí esta versión del Don’t Think Twice, It’s Alright de Dylan por parte de The Seekers) aunque quizá abusaban mucho de Elvis. En cualquier caso, nada comparable al Peggy Sue, en el que da la impresión de que tienen 15 canciones que están sonando siempre.




El menú es muy completo, con ensaladas, hamburguesas, pizzas  y carnes, además de batidos y postres. Las hamburguesas vienen acompañadas de ensalada – ¡aunque sin aliño! – y patatas fritas (algo industriales) y, aunque el pan también es industrial y es bastante malo, la carne de la hamburguesa lo compensa. Probé también un batido que no estaba muy conseguido y varios postres – tarta de manzana y bollo de chocolate – que sí estaban ricos, especialmente la tarta de manzana.

 Hamburguesa Legendary Lisbon, bañada en salsa de café.

El restaurante está situado en la Plaza del Marqués de Pombal, y tiene unas vistas espectaculares del Parque Eduardo VII, más aún, al atardecer, con el sol dando al parque y a la avenida.

Voy acabar hablando del Ed’s Easy Diner, una cadena de restaurantes del Reino Unido en los que he tenido la ocasión de cenar un par de veces. Lo he hecho concretamente en el situado a la salida de la estación de tren de London Euston (que está cerca de Regent’s Park o de King’s Cross).

Quizá por las circunstancias que rodean mis visitas – suelo cenar allí cuando vuelvo cansado de trabajar todo el día – me parece el mejor restaurante: unas patatas con salsa de queso azul, la hamburguesa original y una cocacola de cereza ayudan a que te cambie el humor para el resto de la tarde. El continente – yo lo valoro casi más que el contenido – además acompaña: gramolas en la barra, mensajes graciosos en las paredes (idénticos a los del Tommy Mel’s) y música acorde. Un día tuve que comer en la barra – como el típico camionero que viene de Nebraska – y los cocineros (se les puede ver mientras te preparan los platos ya que la cocina no es cerrada) se pusieron a cantar y bailar la canción que sonaba.

 Having dinner at the counter!

¡Vaya! Escribir esto me ha devuelto las ganas de ir allá a zamparme otra hamburguesa…

sábado, 23 de julio de 2011

Wristcutters: a love story

A veces me pregunto qué es lo que pasa por la mente de los suicidas. Creo haber leído que, en España, hay más muertos por suicidios que por accidentes de tráfico (el silencio de los medios sobre este asunto puede hacernos olvidar su existencia). Quizá por ello o tal vez porque actuaba el gran Tom Waits me decidí a ver la película independiente Wristcutters: a love story, del director croata Goran Dukic. No tenía muchas expectativas de encontrar una respuesta sobre mi pregunta inicial ya que sabía de antemano que la película era una comedia negra pero, una vez vista, he quedado bastante satisfecho con la misma. De vez en cuando apetece ver algo que no tiene ninguna aspiración y que, sin embargo, consigue transmitirte algo.

La película comienza con el protagonista, Zia, poniendo en el tocadiscos Death and Lonely del mencionado Waits tras despertarse. Ordena su cuarto que está hecho una pocilga y, una vez acabado, hace honor al título del filme.

¿Y qué sucede después? ¿Adónde va? Pues a un mundo idéntico al que acaba de dejar, solo que más triste (nadie sonríe), anodino y gris. Ah, y sólo poblado por suicidas. Aquí Zia pasa los días bien tirado en la cama o bien trabajando en la pizzería donde su compañero de piso, un austriaco grandullón con un pequeño moratón circular en la sien que da idea de la forma elegida para llegar a este mundo, le buscó una ocupación. Por las noches suele frecuentar un local donde conoce a Eugene (mientras suena Love will tear us apart, de Joy Division, cuyo cantante también cometió suicidio; posteriormente compruebo en la wikipedia que también estaba sonando Deathwish de Christian Death, cuyo líder corrió la misma suerte que Ian Curtis) un cantante de rock – menuda forma más original de suicidarse – que está acompañado por toda su familia en esta nueva etapa (sus padres y su hermano menor).

En una visita habitual al supermercado, Zia se encuentra con un viejo amigo que le informa de que su ex novia, Desiree (probablemente la causa del suicidio de Zia), está también aquí con ellos. Así que Zia tarda poco en convencer a Eugene a emprender un viaje en el viejo y destartalado coche de este último para buscarla.

El grado de surrealismo del viaje no para de crecer, especialmente con la incorporación de Mikal, una chica a la que ambos recogen haciendo autostop y que no para de explicar a todo el que se encuentra que está en este mundo por error y que quiere hablar con quién este al mando (people in charge o, simplemente, P.I.C.). El zénit del viaje coincide con la aparición de Kneller (Tom Waits), una especie de líder de una pequeña comunidad donde los milagros (gente levitando, colores que cambian, cerillas que vuelan) son el pan nuestro de cada día.


Cuando parece que la película se está estropeando – tanto surrealismo no es bueno – se produce un giro inesperado que permite la finalización con una sonrisa, al menos en mi caso. Y es que se trata de una película sin pretensiones, divertida, con buena música, que, además, se puede ver bien en inglés ya que los diálogos no son ni muy rápidos ni muy enrevesados.

lunes, 11 de julio de 2011

Mellencamp & Manchester

Como amenacé en su momento, he hecho una escapada a Manchester con ocasión del concierto que allí dio John Mellencamp en el marco de la gira europea en la que está presentando su trabajo No better than this. Así que las próximas líneas serán una recopilación de idas y venidas de la ciudad y del concierto.

John Mellencamp, en los viejos tiempos.

Tengo cierta predilección por aquellas ciudades de segunda fila pero con historia que, como Manchester, mantienen su identidad a rebufo de otra hermana más agraciada: prefiero Amberes a Bruselas, Munich a Berlín o Burdeos a Paris (que fea es Paris, por cierto). Con Manchester me pasa igual, no es que la prefiera sobre Londres, pero tiene algo más de sosiego y tranquilidad que la dan un toque especial.

Es una ciudad pequeña, muy pequeña, que se puede recorrer andando sin ningún problema, quizá sólo haya que coger el transporte público para ir a las afueras, a la zona de los Quays (Salford), refugio del Imperial War Museum North, Old Trafford, un Outlet, una sede de la BBC y unos edificios de apartamentos bastante elegantes.

Llegué allí un viernes a media tarde, con el tiempo justo para dejar los bártulos en el hotel, hacer una rápida merienda cena y dirigirme, sin apenas ver nada de la ciudad (un poco de Piccadilly Gardens y de la estación de tren de Manchester Piccadilly), hacia las afueras por una amplia avenida rodeada de espacios residenciales. Muchos ventanales grandes y pocas rejas, buena señal. Y es que en las afueras estaba el recinto – Manchester Apollo – en el que el señor Mellecamp daba el recital. Me tome un helado en el McDonald’s adyacente, convenientemente decorado con fotos de los músicos de la zona, y me puse en la cola de la entrada, rodeado de gente que me sacaba unos veinte o treinta años, todos ellos con camisetas del artista. 


El Manchester Apollo me pareció bastante bonito por fuera. Está situado en una medio curva de la avenida y es imposible no verlo según se sale de Manchester hacia el sur. Una vez dentro la opinión del local no puede sino aumentar. Caben casi mil personas sentadas – como era la ocasión – y más de dos mil quinientas de pie, en un espacio de dos plantas, coqueto y sin dar sensación de agobio.

Tras un documental de una hora sobre la gira americana del cantante comenzó el espectáculo. He de decir que, a parte de sus mayores éxitos (Small Town, Jackie Brown o Jack & Diane), no conocía ninguna canción más de él. Punto. Me gusta lo que había oído hasta entonces y, como digno representante del llamado Heartland Rock, no podía perderme el concierto. Fueron dos horas que se me pasaron volando: guitarras eléctricas, teclados, parte acústica, violín, momento banjo y, finalizando, de nuevo la parte más rockera. Otra muesca más al revólver de las experiencias y, de vuelta al hotel, sorpresa al constatar como en Manchester cerraban la mayoría de los pubs a las once de la noche (estoy hablando de pubs en el centro de la ciudad).



El día siguiente era día de turismo, totalmente reservado para conocer la ciudad. La preparación no había sido buena en absoluto por cuestiones de tiempo, pero unas cuantas ideas sí tenía claras: el barrio de Malasaña (Northern Quarter), las bibliotecas (Chetham – luego descubrí que cerraba el fin de semana, una pena pues es aquí donde Engels y Marx escribieron gran parte de sus obras -, John Reylands (una joyita en Deansgate donde, junto con estudiantes de la Universidad de Manchester que aprovechan la tranquilidad del sitio para conectarse a sus portátiles puedes contemplar un ejemplar de 1611 de la Biblia del Rey Jorge) o la Central Library…cerrada por obras hasta 2013), la zona comercial, la catedral y el ayuntamiento. Según se diese el día, se podrían afrontar otras empresas como el Museo de Ciencia y Tecnología o la Universidad).

El día, no sé si bien o mal, empezó pronto. Estaba en pie y ya desayunado cuando aún faltaba una hora y media para que las primeras tiendas comenzasen a abrir y la gente empezase a inundar las arterias de la ciudad. Había que improvisar. Y sólo tenía un plano del centro bastante flojo. Tras hacer un paseo por el Northern Quarter – que sirvió también para calcular distancias y ver las tiendas que luego abrirían – me dirigí al este, hacia el City of Manchester Stadium, que está dentro de un complejo polideportivo construido con ocasión de los juegos de la Commonwealth que se celebraron en Manchester en 2002. Me di la vuelta de rigor por el campo, entré en la tienda oficial del equipo que allí juega (Manchester City, no tan conocido como sus vecinos del United) y volví, paso ligero, al centro. El Northern Quarter es un mini-malasaña repleto de tiendas con ropa vintage y discos de segunda mano. Affleck’s, un edificio lleno de tiendas de este estilo, es parada obligada si se va a visitar el barrio.

Affleck's

Sin hacer ninguna compra pues no había nada del otro jueves, paseé por las calles comerciales en dirección a la catedral. Algunas de estas calles, como por ejemplo Market Street, recuerda bastante a la calle principal de Amberes (no recuerdo el nombre pero es la calle que va desde la estación de trenes hasta el mar…aunque la calle de Amberes es mucho más grande y señorial). Entre el bullicio de los consumidores te encontrabas con remansos de paz como la plaza de St. Ann, donde un músico y un mercado de productos italianos le daban un toque completamente distinto al panorama que, hasta entonces, estaba viendo.


Una potente bomba del IRA en 1996 destruyó todo el centro de Manchester y constituyo una oportunidad para la revitalización del mismo. Los centros comerciales, la noria, los cines y edificios modernos que se mezclan con la catedral o la Chetham Library son herencia de ese esfuerzo. No soy muy amigo de esas mezclas de modernidad con antigüedad pero aquí en Manchester tengo que hacer una excepción. 


Como voy bastante bien de tiempo me dirijo por Deansgate hasta el Museo de Ciencia e Industria (Manchester y Liverpool fueron la cuna de la Revolución Industrial). El museo, gratuito, me pareció muy bueno, aunque creo que lo hubiera aprovechado mejor si aún recordara mis clases de historia del instituto. 

Tras ver unas seudo ruinas romanas bajo toda Oxford Street (con sus edificios de ladrillo rojizo – como el del Palace, frente a la estación de tren – que me recuerdan a Saint Pancreas o King Cross, que nunca me aclaro) paseando entre los edificios de la Universidad de Manchester. Está bien, pero me vuelvo al centro, que alguna compra tenía que hacer (todo sensiblemente más barato que aquí, en fin). 

El último día estaba reservado para Salford, una zona de las afueras recientemente revitalizada. Había varias torres de apartamentos muy, muy interesantes pero por lo demás, no mereció mucho la pena (Old Trafford me dejó igual y el Imperial War Museum North me pareció desaprovechado, aunque imponente desde fuera). Seguramente la mañana se hubiese aprovechado mejor en Liverpool, pero no me quejo, así hay excusa para otra visita a la zona.
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